Treinta y Un Años de Juventud

Recibí hace algunos días atrás un email de una buena amiga, en el que después de enumerarse el paisaje de los años ochenta, se invitaba a compartir el sentimiento de vejectud con tus amigos. Reflexioné un poco y preferí escribir esta breve nota para compartir con ustedes mi aún vivo sentimiento de juventud. Un fuerte abrazo. Adrián. Diciembre de 2003.

TREINTA Y UN AÑOS DE JUVENTUD
(AÚN NO SON OCHENTA, PERO EMPEÑO SE LE HACE)

Hace quince años atrás, cuando tenía dieciséis, me enfrenté a la pregunta sobre el futuro. Pensé en cuál era el mundo en el que quería vivir y pacté conmigo mismo mantenerme firme fuese cual fuese el desenlace de los acontecimientos. Ya había escuchado muchas veces a los viejos decir “son cosas de la juventud, cuando uno tiene tu edad quiere cambiar el mundo, pero después…” pero no me desanimaba porque a mi lado tenía a dos grandes amigos “mayores” en quienes podía ver el indisimulable brillo en la mirada que te otorga la capacidad de soñar. Era posible entonces llegar a mayor y no ser vencido. Era posible enfrentar a la muerte sin haber sido derrotado.

Pasaron algunos años, compartí mis sueños con muchos compañeros y al calor de un par de copas juramos infinitas veces que estábamos de pie y seguiríamos luchando porque de nuestro lado estaba el mismo universo respirando al compás de nuestras vidas. Y así como esa escena se repitió mil veces, novecientas hube de ver también la caída y la traición del propio futuro. ¡Cuánta severidad Adrián! ¡No te lo tomes tan en serio! me decían mientras nadie podía explicarme como lo que ayer era de todos hoy se hacía propiedad, lo que ayer era solidario hoy se hacía egoísta, lo que ayer era pura rebeldía hoy se hacía ansiosa sumisión. Escribí entonces ese largo poema que posiblemente leíste, “hubo gente vestida de negro en mi cocina”, y que cantaba sobre lo fácil que es ser revolucionario mientras estudias, te mantienen y el futuro se abre seguro con la profesión exitosa que elegiste; sobre lo fácil que reniegas cuando te ofrecen la primera posibilidad de ser parte de ese sistema de privilegios. ¡Pero Adrián, como tan soberbio, no seas tan severo con tus amigos que ya te tocará a ti!

Este año, mientras cruzaba la frontera entre Chile y Argentina exactamente a la hora en que se cumplían treinta años desde que había nacido, cuando se cerraba aquel viaje mítico por América con el que tanto había soñado y cuando se cerraba un capítulo de aquel otro viaje que había empezado el dieciocho de marzo del setenta y tres, reflexionaba sobre estos años y sobre mis sueños y por encima de todo, sobre el futuro. Recordé con cariño a todos quienes me han acompañado y agradecí la vida que me ha tocado vivir.

Recordé entonces mi promesa adolescente de seguir siendo “joven” hasta el día de mi muerte, de seguir soñando con los ojos abiertos, de vibrar irresponsablemente con cada nuevo desafío y con cada nuevo proyecto y con cada nueva aventura que algún loco llegara a proponerme. Y entre risas y lágrimas me dije ¡vaya, creo que lo he hecho bastante bien!

Es por eso que he decidido no envejecer. No creer que el mundo es como era cuando crecías, ni creer que el mundo en que crecí era mejor, ni creer tampoco que lo nuevo es peligroso o feo. Opté creer en cambio que todo hay que cambiarlo y que el pasado hay que enterrarlo después de aprenderle y prenderle fuego. Creer por sobre todo que aquello que soñé cuando aprendí a pensar era la más pura expresión de lo que verdaderamente soy. A fin de cuentas, todos sabemos desde niños lo que se debe hacer y lo demás “es perder el tiempo y perderse”.

Así las cosas, no me queda más que despedirme con las puertas de mi casa abiertas a todos los irresponsables e ingenuos que quieran acompañarme en este camino de perpetua juventud.

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