Prólogo a Cantos a la Pampa

cantos-a-la-pampaTRES POEMAS DEL SALITRE:

LAS PAMPAS SALITRERAS, LA PAMPA ESCLAVA
Y CANTO A LA PAMPA

 

Las Pampas Salitreras de Clodomiro Castro, publicado en 1896 por la Imprenta Tipográfica de Rafael Bini, es considerada una obra fundacional de la literatura del ciclo del salitre. Sin pretensión literaria, tal como el mismo Clodomiro lo declara en la introducción, busca construir un poema descriptivo de la topografía, riqueza, costumbres y elaboración del salitre. Incluía, por lo mismo, un glosario de términos pampinos que favorecieran la lectura. El poema, producto de su estadía en el norte, fue escrito mientras comenzaba a desarrollarse la industria, mientras se entregaban los primeros títulos de dominio de las calicheras –la mayoría ilegales– y aumentaban las absurdas diferencias entre las ganancias de los inversionistas ingleses y los obreros chilenos, peruanos y bolivianos, todo a costa de la dura vida de los pampinos y enganchados.

Diez años más tarde, Alejandro Escobar y Carvallo, conocido anarquista, escribe La Pampa Esclava, poema que se aleja de la pretensión descriptiva de Clodomiro Castro y, coherente con la táctica anarquista, pedagogiza en torno a los conflictos políticos y económicos asociados a la explotación del mineral. El poema, fechado en Tocopilla en 1906, fue publicado recién el 21 de diciembre de 1909 –segundo aniversario de la matanza de la escuela Santa María– en el periódico El Pueblo Obrero de Iquique, bajo el título de La Pampa de Chile, como se le conoce hasta hoy. Para su publicación Escobar y Carvallo modifica el poema original agregando una última estrofa[1] y aumentando el tono de la protesta y la denuncia, convocando al pueblo a alzarse para conseguir un país igualitario. La pampa ha dejado de ser el paisaje en el que, a juicio de Castro, se hermanan obreros y patrones; la pampa es, ahora, el infierno en el que el extranjero es responsable que el chileno viva / esclavo mísero en su tierra amada.

La estrategia adoptada por la oligarquía en torno a la cuestión social, implica negarla. Los gobiernos de Germán Riesco y Pedro Montt –ambos con interesas accionarios en la industria del salitre– ordenaron numerosas masacres contra un pueblo que se movilizaba por lograr las mínimas condiciones de existencia: la masacre de Valparaíso y Coronel, en 1903; la de la salitrera Chile, en 1904; la del mitín de la carne, en 1905; la de Plaza Colón de Antofagasta, en 1906; y la de la escuela Santa María de Iquique, en 1907.

Un año antes de la masacre de Santa María, un grupo de anarquistas decide extender el movimiento obrero de resistencia hacia el norte del país. El primero de ellos en viajar es Luis Olea, quien se traslada hasta Iquique y funda el Centro de Estudios Sociales Redención. Más tarde, en su condición de trabajador de la oficina Agua Santa, es nombrado vicepresidente del comité de Huelga de la escuela Santa María[2], desde donde se le pierde el rastro tras los sucesos del 21 de diciembre.

A ese grupo de anarquistas, además de Alejandro Escobar y Carvallo, Magno Espinoza y Eduardo Gentoso también pertenecía Francisco Luis Pezoa, tipógrafo que se hace parte del movimiento popular desde su temprana juventud como obrero panificador. Pezoa era un autodidacta metódico que, gracias a su facilidad para las lenguas, fue traduciendo las obras del pensamiento político desde el francés, el inglés y el italiano. En el norte, instalado en el pueblo de Dolores funda el periódico La Ajitación, pero tras los sucesos de 1907 y producto de la poca penetración del ideario ácrata en la zona decide regresar a Santiago, donde es juzgado y encarcelado –en 1912– por su supuesta participación en el atentado al convento de las monjas descalzas, aunque se trató, más bien, de un castigo a su condición de activista y a la persecución que los gobiernos liberales emprendieron contra los anarquistas. Tras su paso por el norte escribe Canto de Venganza, obra que será más conocida como Canto a la Pampa y que, al igual como otras obras de su autoría –de vuelta al mitín o el guitárrico libertario–, se entonaba con la música de algún tema conocido, en este caso, el vals La Ausencia[3]. El texto es publicado íntegro, por primera vez, en el periódico La Protesta, en junio de 1908.

Estas tres obras que presentamos ahora reunidas en un solo volumen dan cuenta, a través de la mirada de sus autores, de un proceso histórico y social que no debe ser mirado con superficialidad o con ingenuidad de mártir. Son tres estadios de un proceso que culmina con las masacres de los obreros y sus familias, y el regreso obligado de los sobrevivientes y custodiado por el ejército –como los esclavos que, concretamente, eran– hacia las salitreras. Son tres estadios que se repiten –y se seguirán repitiendo– en la historia de las luchas obreras, en la historia del ser humano por su libertad.

Esperamos contribuir con este libro hacia esa total emancipación.

 

Adrián Barahona

Isla de Maipo, enero de 2015

 

[1]                      La versión que publicamos incluye las modificaciones que fueron incorporadas en la edición de 1909. En 1913 vuelve a ser publicado en El despertar de los trabajadores, esta vez, con decenas de nuevas modificaciones.

 

[2]                      La acción de Luis Olea durante la matanza, relatada por uno de los testigos, Leoncio Marín, lo ha inmortalizado como un héroe. Dice Marín: El Vice-Presidente del Comité Luis Olea fué un verdadero héroe, pues con una valentía digna de su raza avanzó por entre sus compañeros y descubriéndose el pecho, dijo: ‘Apuntad, General, aquí está también mi sangre’. Después no se le vio más ignorándose la suerte que haya corrido ese valiente obrero [Leoncio Marín. 21 de diciembre : compendio y relación exacta de la huelga de pampinos desde su principio hasta su terminación, 1908].

 

[3]                      Las obras de Francisco Pezoa fueron publicadas en forma de cancionero. Manual Rojas nos cuenta sobre el asunto: (…)utilizando la música de algunas canciones en boga, había escrito letras que calzaban con esa música, letras de espíritu revolucionario, que tuvieron, entre los trabajadores y gente preocupada de asuntos gremiales, sociales o ideológicos, un tremendo éxito (…) Pancho le cambió los versos y quedó una canción que el proletariado chileno, principalmente el del norte, hizo suya, cantándola en todas las ocasiones posibles, en los mitines, en las marchas, en los campamentos mineros y salitreros, en las huelgas, en los calabozos y a veces después de unas copas [Manuel Rojas, La Oscura Vida Radiante, 1971]. Así, Canto a la Pampa se entonaba con la música de La Ausencia, del peruano Eduardo Recavarren.

 

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