Primer Manifiesto del Realismo Cuático

Santiago, noviembre de 2003

Algunos creen ingenuamente que el mundo ha cambiado. Otros creen de igual forma que la tecnología y la ciencia han avanzado lo suficiente como para construir en la tierra un paraíso de horizontalidad. Más de alguno se atreve a proponer un desarrollo de la cultura que da paso a un salto cualitativo en el nivel de conciencia de la especie. Por ahí no falta el que se siente integrado ontológicamente con la experiencia cotidiana y arcaica de los pueblos o revolucionada su presencia lineal en el mundo.

Pero en la esquina mis ex vecinos siguen macheteando para conseguir la pasturri, mis ex compañeros de colegio trabajan quince horas diarias para alcanzar la satisfacción de comprar el domingo en el mall, mis ex compañeros de universidad tienen cientos de obreros educados en institutos a los que pagan una migaja para hacerse ellos un sueldo que les permita pagar la cuota del departamento en la comuna en la que nunca antes vivieron, y lo peor de todo, mis ex compañeros de partido, hoy tan finamente renovados son citados al tribunal porque sin duda y lo supe siempre, son los corruptos que dan la espalda al pueblo.

Es un lindo escenario, hay que decirlo sin pena. Una hermosa ecuación que camina lentamente hacia el indeterminado caos. Tan realista como lo que tenemos que aceptar por presión de la evidencia y tan cuático como lo que nos negamos a aceptar en la sorpresa. Y aún si nuestra pobre forma de mirar el mundo sea la que determine esta construcción, si nuestro cerebro estuviera obligado a armar las cosas entre un lejos y un cerca o un antes y un después que no comprendo, aún si fuéramos todos tan cretinos como para mirarnos el ombligo antes de aceptar la derrota y ponernos de pie con las mismas banderas de la sagrada y alquímica respuesta, aún así, seguiríamos paseando el miedo que la muerte, y no sólo la de guadaña y capucha, nos dejó de herencia.

Pero el hombre que acecha en sus ojos de tigre aún no pierde esa libertad de soñar y de volar que no puede fundarse ni refundarse porque la llevamos en los huesos y en la genética misma y retorcida del desenfreno. Son esas las garras que rasgan los tapices y las pieles y aún beben directo la sangre de los corazones. Ellos son los que forjan la cultura transformándose en símbolo, en mito y aún en ritual desesperado.

Debe ser porque secretamente nunca creímos en la religión de la física y por cierto, pensamos que volar nunca debería de ser seguro.

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