Papelito Amarillo

Con el boleto entre los dientes, los libros en una mano y la barra del techo en la otra me deslizo buscando un asiento que respete mis preferencias: al lado de la ventana, opuesto al conductor y sin obstáculos para mirar la vereda, lo único que entretiene mis viajes desde que comenzaron los mareos al leer. Así voy hacia atrás cuando me cogen del brazo.

-Hola, ¿dónde vas tan distraído?-.

Una fantasía erótica satisfaciéndose. Una chica desconocida y muy hermosa me detiene y arrastra su culito hasta el asiento de la ventana, sugiriendo que me siente a su lado.

Lo hago. Me siento junto a ella sonriendo y no alcanzo a soltar palabra…

-Hacía por lo menos un mes que no te veía-, dice rompiendo mi esquema.

Con esa frase sé ahora que ella me conoce y soy sólo un estúpido soñador que simplemente no la recuerda e imagina que su magnífica prestancia, su sensualidad sin límites, ha llevado a esta desconocida a acercársele, a romper las barreras de la idiosincrasia hipócrita para satisfacer sus instintos… pero no… sólo soy un desmemoriado y… ella me conoce de… quizás donde… y yo no la recuerdo.

Me tenso más al tratar de recordar. Quizás algún truco para saber su nombre sin que se ofenda, algún truco para saber quién es sin quedar en el absoluto ridículo. No hace calor pero estoy sudando. No hace frío pero tiemblo. El temor me sobrecoge y enreda mis palabras. Ella dice algo de mi departamento… oh, dios, pero si yo vivo en una casa… que no ha visto a mi hermano… yo no tengo hermanos y no me atrevo a confesarlo porque es un pecado que ahora debo ocultar. Y mientras la escucho y me escucho veo que al parecer le gusto y eso lo pone todo aún peor porque ella me gusta también a mí y no sabría cómo decirle que todo esto es una mentira, que yo no soy su amigo, que ella me confunde con un hombre que desconozco. Pero ya no puedo hablar. No tengo palabras. No tengo valor para decirle que… y finalmente comienzo a hablarle de mi hermano, de lo bien que él está estudiando en España, que seguramente terminará su carrera y se irá a vivir a Alemania donde tiene a una chica; que pinté mi departamento con colores fuertes según sugerencia de una amiga que llegó de Francia y casi me obligó a redecorar más mediterráneamente, como ella dijo; que me regalaron una lámina con una obra inédita de Picasso, descubierta hace poco en un desván, un gigantesco ojo rojo flotando en un mar tormentoso y negro; que pronto terminaré de estudiar y desde ya me ofrecieron la gerencia del departamento de finanzas de una prestigiosa empresa… y hablo… hablo y sigo hablando más de lo que incluso ella habla sobre todas las cosas que jamás han sido mi vida. Ya tengo un hermano mayor. Ya puedo verlo el día que viajó a Europa con todos los parientes en el aeropuerto. Ya lo veo en las fotos que me envía desde Madrid. Ya tuve un affaire con la mujer que redecoró mi casa. Ya tengo la lámina de Picasso…

Pero debo bajar pronto y le pido rápido el número de su teléfono. Me lo da en un papelito amarillo, de esos con figurita en la esquina. Lo firma Pamela y escribe además llámame pronto. Bajo del bus casi corriendo y sigo así algunos metros con el papel transpirando en la mano. Llego hasta el edificio donde el conserje me saluda. Subo al quinto piso y me paro frente a la puerta 503. Saco temblando las llaves del bolsillo y veo el 503 impreso en el llavero. La cerradura gira. La puerta se abre.

Al fondo, un enorme ojo rojo me mira silencioso y lleno de juicios. Corro al baño y en acto único y libre dejo caer el papelito amarillo al water. Tiro la cadena y veo como el amor de mi vida me abandona entre el torbellino de agua y mierda. Ya no lo veo más.

Estoy de vuelta en mi casa.

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