Onli Guan Kis

Hacía ya unos meses de que nos habíamos separado con Janis. No pude resistir los encantos de Carla Narváez y como decía el Loro Ruz, al encanto de sus jugos derramándose en mi boca. Una tarde, a pesar de la misma Carla, decidí dejar a Janis, indiferente, diciéndole que ya no la amaba. No le mentí, le dije que otra mujer me había cautivado y que ella estaría siempre en un lugar privilegiado de mi corazón y de mis recuerdos. Menos no podía obtener la mujer con quien perdí la virginidad de cuerpo y alma. Habían pasado algunos meses después de ese crudo incidente. Nos habíamos echado algunos polvos entre medio, algunos memorables, nos habíamos besado casi todas las veces que nos encontramos al borde de la inconciencia etílica en el Jaque Mate, pero por sobre todo, habíamos vuelto a ser amigos. Ella tenía un nuevo amante y yo seguía empapándome en los fluidos de Carla.

Después de pasar aquella tarde con Gabriel Cid, Morris y yo compramos varias botellas de cerveza y decidimos visitar a Janis. Ella estaba cuidando la casa de la hermana de Wendy Virgo, una psicóloga egresada en los tiempos en que los psicólogos no sobraban. Podía darse esos lujos, tener una casa para ella sola, mientras nosotros apenas podíamos compartir un alquiler entre media docena. En la casa había otro grupo de huéspedes, unos amigos norteamericanos de la dueña de casa: Steve, su pareja Donna, y otro gringo, Michael.

Compartimos las cervezas que nos quedaban y convencimos a los gringos para que compraran un par de botellas de pisco. Steve y Donna partieron a la botillería. Claramente no conocían la proporción porque regresaron con siete botellas para siete personas.

Con Morris, desde hacía un tiempo veníamos perfeccionando el juego que nos hermanaba al superar el instinto más intenso del hombre, la posesión. Cada vez que una mujer nos gustaba, cosa que ocurría casi a diario, era una misión irrenunciable hacer todo lo posible para que ella, el objeto del propio deseo, se fuese esa noche precisamente con el otro. Era una verdadera locura, considerando que no pocas veces ellas, mujeres hermosas, jóvenes y deseables, sentían que de alguna extraña manera estaban siendo rechazadas por el galán al que intentaban seducir. Mayor era el pecado, pues no sólo nos negábamos a cualquier acercamiento sino que nos deshacíamos en extraños halagos para con nuestro amigo.

Ella era una gringa típica, bastante blanca, bastante rubia, de nariz aguileña, ojos claros, algo delgada pero de formas gruesas. No era el tipo de mujer que me gusta, así que decidí ayudar a Morris de otra forma. Me acerqué a Steve y Michael, que hablaban apoyados en una especie de bar instalado en una esquina, y después de explorar sus intereses inventé una acalorada discusión en la que se vieron obligados a intervenir, no tanto por el peso de mis argumentos sino por la insolencia con la que yo hablaba de temas de los que no tenía idea. Me instalé al interior del barcito para poder mirar a Morris y obligar a los muchachos a dar la espalda a la escena. Y hablé, hablé y hablé huevadas sin parar logrando mantener la atención de los muchachos mientras veía como Janis desaparecía con su amante, y más tarde, la misma Donna desaparecía tambaleándose hacia las habitaciones. Morris se quedó mirándome un rato mientras sonreía agradeciendo mi estrategia. Dejó pasar un par de minutos, me cerró un ojo, se puso de pie y desapareció por el pasillo. Era el momento más riesgoso.

–*–

Morris entra a la pieza donde dormía Donna. Está todo oscuro y sólo por la silueta abultada de la cama se puede suponer que ella está dentro, posiblemente desnuda o con el mínimo de ropa. Sin decir palabra, Morris se desviste cuidadosamente y como acostumbra a hacer, deja el pantalón de lino blanco colgado en una silla, la camisa de seda y la chaqueta del mismo lino cubriendo el respaldo, los zapatos ordenados uno junto al otro al costado de la cama conteniendo los calcetines, delicadamente enrollados. Es un extraño ritual de orden en medio del desorden de nuestras vidas. Levanta las sábanas y se desliza dentro de la cama. Donna presiente el cuerpo caliente a su espalda. Morris se acerca lentamente hasta la piel de la gringa, se acerca a su cuello y con sus enormes labios, comienza a besarla.

Steve?

Morris no responde. Busca su boca. Ella se gira y en la penumbra sospecha que no es su hombre el que se acostó semidesnudo a su lado.

Steve? You are not Steve!!

Onli guan kis, le replica Morris en su tarzanesco inglés.

No! Go out!

Onli guan kis, Onli guan kis, insiste Morris.

No! STEEEEEEEEVE!!!

–*–

Escucho un grito que proviene de las habitaciones. Los gringos lo han escuchado y logro distraerlos un instante más con mi idiotez.

STEEEEEEEEVE!!! se vuelve a escuchar. Ya nada puedo hacer y sólo consigo seguirlos cuando parten hacia la habitación de Donna. Al fondo del pasillo, veo a Morris pasar corriendo desnudo, con sus ropas en las manos. Cruza velozmente y se encierra en el baño.

Pasan algunos minutos. Se escuchan discusiones en la habitación. Janis y su amante han oído el escándalo y salen a ver qué ocurre. El regresa a acostarse mientras ella hace de mediadora. Morris mientras tanto, encerrado en el baño, debe estar pensando como escapar por la ventana enrejada. Yo, desde el living escucho a Steve diciendo que debe llamar a la policía. Lo imagino rosado de rabia mientras recupero algunos casetes que Janis me había robado antes. Steve se está calmando, no vuelve a salir de la habitación. Janis está junto a la puerta del baño pero dice algo que no alcanzo a entender. Morris sale, ya vestido, digno en su traje blanco. Janis me mira, se ríe con una lejana complicidad y me dice aquella frase que he escuchado demasiadas veces: será mejor que se vayan de aquí.

¿Podemos llevarnos esto? pregunta Morris aludiendo a un par de botellas de pisco cerradas. Janis se ríe sin responder. Morris las toma y salimos a la calle en silencio. Afuera nos espera mi leal Lada Samara. Entramos al auto, pongo las llaves en el contacto pero no lo giro. Escucho el clac característico de la rosca del pisco rompiéndose. Veo el brazo que me extiende la botella, giro la cabeza hasta que nuestras miradas se cruzan y explota la carcajada.

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