Memoria, Identidad y Geografía

INTRODUCCION

El presente ensayo tratará separadamente tres temas en torno a los que he estado reflexionando el último tiempo. Las reflexiones comenzaron con un pequeño descubrimiento que fue a mi juicio central: la importancia de la pregunta como constructora de conocimiento inapelable. El dar respuestas supone la existencia de un momento histórico o contexto social en el que esas respuestas tienen un determinado valor que les es ajeno en otro momento histórico o en otro contexto social. La formulación de preguntas, en cambio, permite que el conocimiento sea construido simultáneamente a la recepción de la pregunta, con lo que el conocimiento se hace personal y al mismo tiempo universal, ejercicio de la reflexión y del sentir. Pero más allá de este descubrimiento, las preguntas se fueron centrando en torno a los temas de la identidad, la geografía y la memoria. Estos temas surgieron de las lecturas proporcionadas durante el curso de Literatura y Estudios Culturales, fundamentalmente del texto Las Ciudades Literarias de Guadalupe Santa Cruz. Gracias a aquel texto pude concebir por primera vez la real trascendencia del entorno en la construcción de cultura, y desde ahí y en virtud de una pequeña observación telúrica, la trascendencia del entorno en la memoria. En esa dirección y anexando distintos elementos pude visualizar un concepto general en el que se cruzan y determinan mutuamente la identidad, la memoria y la geografía. Esa es la idea que pretendo transmitir en el presente texto.

IDENTIDAD

Cuestionarse sobre la denominación que nos damos o que nos es dada como habitantes de América del Sur parece abrir otras interrogantes en torno al conflicto de la identidad. 2Más allá de la división de América en norte, centro y sur, o de la desaparecida denominación de Nueva España acuñada tras el descubrimiento del continente por parte de los europeos, los conceptos de Latinoamérica, Iberoamérica e Hispanoamérica sobreviven como si se tratase de sinónimos. Aún así, las tierras conquistadas por ingleses y franceses, Canadá, Haití o Estados Unidos, no fueron denominadas Francoamérica o Britanoamérica. Tampoco son Latinoamericanos a pesar de que el francés tiene raíz latina igualmente al español, ni los estadounidenses germanoaméricanos por la raíz del inglés, ni los hispanohablantes somos denominados árabeamericanos por la importante influencia, tanto o mayor que la latina, del árabe en nuestro idioma.

La existencia de un multilingüismo en los Estados Unidos ayuda a observar como el conflicto de identidad se presenta entre los inmigrantes, quienes aunque viven en el país se distinguen claramente de los estadounidenses nacidos o nacionalizados. Ese grupo de casi cincuenta millones de personas se enfrenta a la denominación de latinos, enmarcados menormente en lo que a sus nacionalidades específicas respecta: mexicanos, cubanos, panameños, etc. El bajo mestizaje que se da entre la población blanca mayoritaria de origen europeo y la población latino-africana permite la aparición de una generación que, conviviendo con el bilingüismo y el rescate de sus raíces tiene un marcado interés por integrarse como norteamericanos, amparados en el haber nacido en tierra estadounidense. Las leyes del país del norte hacen eco de lo anterior aduciendo razones para acceder a la nacionalidad sin apelar a la sangre o a la tierra, por simple permanencia, legal o ilegal, en territorio federal. Asume también la doble nacionalidad para los mexicanos o restringe el habla del español para los círculos privados, como la ley del “English only” de California.

El fenómeno de esta aculturación forzada y sostenida por el accidente se destaca en la existencia de la segregación, en la intención de latinificar o hispanificar a los ciudadanos extendiendo incluso las fronteras de los Estados Unidos a nuestros países, haciéndonos ciudadanos de segunda clase para nuestras propias leyes y de acuerdo a nuestras relaciones sociales. El rescate de la tradición étnica como una respuesta al desmembramiento del estado nacional y por ello de los nacionalismos decadentes propios de tiempos de crisis podría significar el enriquecimiento de las relaciones entre nuestros propios pueblos y al mismo tiempo la construcción del sentido de pertenencia que define quienes somos de acuerdo a nuestros propios cánones.

MEMORIA

De acuerdo a la tradición podemos pensar que la historia, y por ello la memoria, tienen que ver con el tiempo y con el transcurso espacio temporal de los acontecimientos . Se transforma así en necesidad la medición y racionalización de ese tiempo, que para los distintos pueblos resultan diferentes, más allá del intento de homogeneizar los sistemas calendáricos de cristianos, musulmanes, chinos, etc., sobre todo al comprender que el concepto de duración es diferente para cada cultura. El tiempo se transforma en un artificio humano que entrega utilidad para quienes lo crearon, distante del concepto físico del tiempo que aún más distante de la visión newtoniana presenta a éste como el sentido del universo, el motor que soporta la existencia física .

El despliegue del sujeto que piensa su existencia termina incorporando la técnica para desarrollar el espacio o límites de su acción. Así, se extiende en prótesis (pro-tesis: poner delante de) que no sólo amplían el escenario sino que además reacondicionan conceptualmente, reconstruyen la cultura. El hombre, a través de la prótesis que termina siendo la misma cultura, reinventa el mundo, el espacio y el tiempo, le da sentido a la letra .

En ese sentido, queda claro que el modelo de conocimiento asociado a la objetividad y que si bien se encuentra altamente desgastado en los ámbitos científicos si goza de plena salud en el uso colectivo. El conocimiento objetivo, o más específicamente aún, esa forma de ver el mundo que supone la existencia de un fenómeno que existe y al mismo tiempo niega su antípoda pertenece a una interpretación con un interés específico.

Queda claro que uno no percibe que la tierra gire alrededor del sol; lo que uno percibe es que la tierra esta quieta y el sol se mueve de Oriente a Occidente. Se sabe que no es así, pero eso no es lo que se registra ¿Cómo lograr que el registro coincida con la realidad y no con lo que percibo de esa realidad? Lo que se percibe se impone, no se trata de que las representaciones de cómo son las cosas se impongan a la percepción de las cosas, se trata de tener un campo de creencias acorde con la realidad que se quiere construir que equilibre la percepción ilusoria que puede tenerse de esa realidad.

Las disciplinas sociales y humanas, degradadas frente a la contundencia de los datos aportados por las ciencias puras que ya desde su nombre dan cuenta de una estructura metrópolis-periferia, han reabordado el problema y buscado anclar su conocimiento en datos expuestos a verificación. Se enfrenta entonces con la construcción que hacemos como sujetos de nuestras circunstancias, es decir, la imaginería del tiempo y la memoria en nuestra conciencia.

Nos hacemos humanos en la medida en que a través de un lenguaje somos depositarios del conocimiento de infinitas generaciones de humanos que delegaron en nosotros la responsabilidad de conservar el espíritu de ese conocimiento reconstruyéndolo, así como nosotros debemos al futuro esa delegación. Pero la objetividad impuesta, las interpretaciones monolíticas de la existencia, entregan un conocimiento frustrado y parcial a nuestro futuro, mermado por nuestro propio intento de uniformar el destino, de quebrar el temor de nuestra pequeña hazaña rota. Como la cápsula de pirex enterrada a los pies del obelisco de Washington conteniendo el material básico para entendernos, para saber del siglo XX y de lo que el hombre del siglo XX supo y entendió de sus antepasados. Esa cápsula representa el temor de la civilización de ser nada, de desaparecer sin rastro de la faz de la tierra y haber sido un proyecto abortado a los ojos del universo.

Somos los seres vivos los que transmitimos aquel espíritu. Somos nosotros incomunicados entre el tiempo transcurrido y el tiempo deseado, que reconstruido, se transforma finalmente, quizás compensatoria o negligentemente, en el tiempo transcurrido. Es lo que pudo suceder lo recuperado. Aquel ser vivo, deliberante, reconstruye la historia recreando sus intenciones. La memoria vuelve a la historia a su visión aristotélica de búsqueda de información, superando el solo relato, veraz o falsamente objetivo, del que se acusa la historiografía. La memoria recupera o incluso postula arbitrariamente, sin por ello restársele sentido, aquel futuro anterior que es el pasado, el devenir transcurrido inocentemente a nuestros ojos.

La historia se reestructura como una reflexión sistemática que deviene una reconstrucción conjetural con arreglo a fines. Se transforma en memoria, que es fuerza comprensiva y útil para seguir viviendo partícipe. Excluir la memoria de la historia, pretender aislar el acto y la conciencia del acto, excluye al sobreviviente, refuerza el sin sentido de la existencia . El tránsito humano entre la nada y la nada se trasciende en el todo social. La sociedad sin memoria marcha entre un pasado ajeno, que es el hecho histórico alejado del hombre, y el futuro desconocido, ambas ausencias de sentido para un destino común de la humanidad.

Desde aquel futuro que imaginamos redirigimos la mirada sobre el presente y se nos hace historia. Algunos elementos resaltan en el cumplimiento del deseo, del núcleo de ensueño, y son elegidos como representativos en desmedro de otros . El ensueño traza direcciones de acción que en muchos casos no llegan al ensueño pero si hacia otros objetivos adecuados, que si bien no satisfacen el ensueño adquieren utilidad.

En ese sentido, percatarse que cuando el hombre hace su historia, está eligiendo entre opciones no necesariamente presentadas por el mismo, es darse cuenta que nos movemos en un terreno incierto. La historia trasciende los cauces que le son impuestos en escenarios acumulativos y electivos. La memoria busca trascender la historia, más allá de lo que podría significar una revelación causal, abarca desde el determinismo hasta la libertad. Quien escribe la historia es un pequeño dios que cercena la memoria de un pueblo. Quien revive, pervive, rescata la memoria, se hace humano porque extiende el campo de su acción a un pasado que antes le fue ajeno.

La conservación cultural, multicultural y superpuesta que significa la memoria nos convence con la sabiduría del recuerdo (re-cordar: volver al corazón). La tradición oral, la comunicación constante de viejos a jóvenes, el saber que los padres y los padres de tus padres se continúan en tí, son a modo de relevo, la continuación de las vidas de otros. El relato de la historia enfrentado al discurso de la historia haciéndose fuerza viva, cambio constante, resistencia.

Concebir a la historia como comprensión, hacerla memoria, alejarla de la causa para que sea conciencia y acto de conciencia es una reflexión imaginativa y crítica que no puede rendir cuentas del pasado si no se asienta en el proyecto de futuro que anidamos como deseo. Independientemente de los cauces que tomen los acontecimientos, asegurar y negar al mismo tiempo es saltar del campo del determinismo al campo de la libertad. Es recuperar la capacidad de soñar es honrar a la memoria y porque no decirlo, de enterrar a nuestros muertos.

“La memoria es un espejo viejo, con fracturas en el estaño y sombras detenidas: hay una nube sobre la cabeza, un borrón en el lugar de la boca, el vacío donde los ojos debían estar. Cambiamos de posición, ladeamos la cabeza, buscamos, por medio de yuxtaposiciones o por movimientos laterales sucesivos de los puntos de vista, recomponer una imagen que sea posible reconocer como todavía nuestra, encadenable como ésta que hoy tenemos, casi ya de ayer. La memoria es también una estatua de arcilla. El viento pasa y le arranca, poco a poco, partículas, granos, cristales. La lluvia ablanda las facciones, hace decaer los miembros, reduce el cuello. Cada minuto lo que era dejó de ser, y de la estatua no restaría más que un bulto informe, una pasta primaria, si también cada minuto no fuésemos restaurando, de memoria, la memoria. La estatua va a mantenerse de pie, no es la misma, pero no es otra, como el ser vivo es, en cada momento, otro y el mismo. Por eso deberíamos preguntarnos quién de nosotros, o en nosotros, tiene memoria, y qué memoria es ésta. Más aún: me pregunto qué inquietante memoria es la que a veces se impone de ser yo la memoria que tiene hoy alguien que ya fui, como si al presente le fuese finalmente posible ser memoria de alguien que hubiese sido.”

GEOGRAFIA

Los Centros: Geografía e Identidad

La fundación de ciudades durante la conquista de América por parte de españoles y portugueses dio cuenta de una formación centralista, aunque aquello a lo que se llame centro –como un objeto o posesión- tuviese una realidad recuperable de parte del conjunto. Así se fundaron las ciudades en torno a dos modelos empleados en la época: el damero, una plaza central cuadrada (la plaza de armas de todas nuestras ciudades) en torno a la que se dimensionan parcelas; o el de planta octogonal, con un centro semicircular rodeado de circunvalaciones unidas por ocho calles nacientes del origen.

Aquel centro indefinido tiene un contenido social cuyo correlato es el aspecto físico. La voluntad supuesta del centro es dar coherencia a la masa más amorfa, a la periferia que se delata en su ausencia de contenido. Aún así, y como ha ocurrido en muchas ciudades de Latinoamérica, el centro deja de ser centro, se transforma en periferia, pero manteniendo el status del concepto que le dio origen. La colonia sigue siendo colonia después de que se independiza. El imperio mantiene un control neutral sobre sus ex colonias por el sólo peso del concepto de centro y probablemente por la inercia histórica, la grabación social de la imaginería popular periférica que sigue emplazándose tal y como nació.

Las cuatro preguntas a hacerse entonces tienen directa relación con el cómo designamos el centro, designamos por centro algo que no puede serlo, cómo designamos la forma urbana (y su posición en las representaciones de la conciencia) por la posición, cómo se desplaza el centro sin perder su fuerza conceptual, y cómo el nombre “centro” surge como discriminación de la periferia .

El centro, a pesar de su amorfia conceptual, viene a representar la convergencia de la energía, el espacio de concentración que le confiere el poder de una mayor densidad . El contenido es designado metafóricamente, más esencial aún que su posición. El centro es el punto de declinación que da a la ciudad su identidad (¿define por ello a la periferia, sea en una relación de oposición, similitud o contraste?). Entre la geometría y los contenidos políticos y administrativos existe una discontinuidad que la existencia de un centro cubre abusivamente. La pura geometría da cuenta de la cristalización de lo esencial en el centro, aún como pura densidad funcional.

Los Signos: Geografía y Memoria

La carga conceptual que adquiere la ciudad se va integrando a la memoria colectiva de una cultura. La ciudad es un testigo de la historia de los pueblos, un testigo aparentemente mudo. Pero la ciudad nos habla. Habla con su rostro simbólico-intencional, la voluntad de los hombres de un tiempo de legar un momento a sus sucesores en la forma de un parque, de un monumento, del nombre de una calle; o habla con su rostro de pasado-presente en las calles que transitaron otros, en las acciones de otros plasmadas colectiva o individualmente, como las huellas de balas alrededor de La Moneda, que el alcalde del olvido pretende borrar, o el Hotel que habitaran los protagonistas de nuestra literatura de mediados de siglo, hoy convertido en un edificio de servicios municipales.

El olvido o la desmemoria es también voluntad humana. Borrar los rastros, eliminar las evidencias del pasado es eliminar también el pasado. Pero no sólo somos los habitantes de la ciudad quienes ayudamos a olvidar. Nuestra geografía telúrica nos transforma en víctimas del derrumbe y baluartes de modernidad. Un país en que difícilmente se mantiene en pie una construcción de principios de siglo, una ciudad antisísmica de aluminio y vidrio, carece del patrimonio cultural físico que permite la construcción de una identidad permeable a la recuperación de las raíces. Europa levanta su pasado orgullosa, muestra en sus plazas la memoria de lo que la hace ser Europa. Nuestra América oculta su raíz india y maldice no haber sido la cuna de la civilización .

Olvidamos porque borramos las pocas huellas que nos deja viva la geografía.

(1) San Agustín formula una concepción del tiempo precisa en sus Confesiones. Para el cartaginés, “todo tiempo es tiempo presente, ya que sólo existen por convención analítica los otros modos de la duración”. Así tendríamos, el presente del pasado que es la memoria; el presente del presente que es la atención, y el presente del futuro que es la expectación. (San Agustín. Confesiones. Ercilla. Chile. 1989)
(2) Cuando Karl R. Popper se detuvo a desentrañar los misterios de la cosmología newtoniana en el pensamiento de Immanuel Kant, el problema central de si el universo tenía o no un comienzo en el tiempo, no pudo menos que glosar la conclusión paradójica del filósofo de Königsberg: “Nuestras ideas de espacio y tiempo son inaplicables al universo como un todo. Podemos, por supuesto, aplicar las ideas de espacio y tiempo a los objetos físicos ordinarios y a los sucesos físicos. Pero el espacio y el tiempo mismos no son objetos ni sucesos: ni siquiera se los puede observar, son más huidizos. Son una especie de armazón para las cosas y los sucesos, algo semejante a un sistema de casillas, o un sistema de registro, para las observaciones. El espacio y el tiempo no forman parte del mundo empírico, real, de cosas y sucesos, sino que son parte de nuestro equipo mental, de nuestro aparato para captar el mundo.” (Karl Popper, Conjeturas y Refutaciones: El Desarrollo del Conocimiento Científico. Paidos. España. 1994.
(3) Illia Prygogine. El Sentido del Universo. Cuerpo de Artes y Letras del Mercurio, sin fecha.
(4) “El hombre ha llegado a ser, por así decirlo, un dios con prótesis: bastante magnífico cuando se coloca todos sus artefactos, pero éstos no crecen de su cuerpo y a veces aun le procuran muchos sinsabores”. Sigmund Freud. El Malestar de la Cultura. Alianza. España. 1979.
(5) “Es en ti, alma mía, donde yo mido el tiempo. No me molestes, porque es así. Y no te alteres ante la cantidad de impresiones que transtornan. Repito que yo mido el tiempo en ti. La impresión que las cosas al pasar producen en ti y que perdura una vez que han pasado, es todo cuanto yo mido presente, no las cosas que han pasado y que produjeron esa impresión. Cuando yo mido el tiempo, es esta impresión la que mido. Luego o esta impresión es el tiempo o yo no mido el ttempo.” (San Agustín. Confesiones. Ercilla. Chile. 1989)
(6) “La historia, es decir, eso que le ha pasado al hombre en su andar por el tiempo, en lo que él ha participado vulgar o genialmente, siendo protagonista o simple comparsa, a veces como héroe, a veces como criminal, es una realidad muy peculiar en nada semejante a la de la naturaleza. Sus leyes no obedecen, como las de ésta, a la lógica ni a la ley de los grandes números, porque influyen en ella las pasiones humanas, el modo de ser masculino y el modo de ser femenino, el ímpetu de un pueblo y la suerte y la adversidad.” (José Ortega Spottorno. La historia y las Historias. El País. 1997)
(7) José Saramago. Cuadernos de Lanzarote. Alfaguara. España. 1997
(8) Sylvia Ostrowetzky, Los Centros Urbanos. Revista Memoria Nº109, marzo de 1998. México
(9) Sylvia Ostrowetzky, Op. Cit.
(10 Carlos Guzmán Cárdenas. La Ciudad como Objeto de Consumo Cultural. En “El Consumo Cultural”. Fundación Centro Gumilla. México. 1998.

BIBLIOGRAFIA

• Friedmann, John: “Donde estamos: Una decada de desarrollo de la ciudad”. Cambridge University Press. Inglaterra. 1997
• Gandarilla Salgado, José Guadalupe. Señas de Identidad del Nuevo Orden del “Desorden Mundial”. Revista Memoria Nº105, noviembre de 1997. México
• Guzmán Cárdenas, Carlos. La Ciudad como Objeto de Consumo Cultural. En “El Consumo Cultural”. Fundación Centro Gumilla. México. 1998.
• Ostrowetzky, Sylvia, Los Centros Urbanos. Revista Memoria Nº109, marzo de 1998. México
• Popper, Karl, Conjeturas y Refutaciones: El Desarrollo del Conocimiento Científico. Paidos. España. 1994
• Prygogine, Illia. El Sentido del Universo. Cuerpo de Artes y Letras del Mercurio. Chile. Sin fecha.
• Sáenz, Luis Ignacio. Eso que denominamos historia. Del recurso del tiempo y del arte de la Memoria. Revista Memoria Nº108, febrero de 1998. México.
• San Agustín. Confesiones. Ercilla. Chile. 1989
• Saramago, José. Cuadernos de Lanzarote. Alfaguara. España. 1997
• Spottorno, José Ortega. La historia y las Historias. El País. España. 1997

2 comentarios


  1. creo que esta muy incompleta la idea falta mucho sobre todo en la identidad y en la geografía

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    1. lo hace mejor? o entonces porque no intercambiar ideas al invés de solamente apuntar el dedo?

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