Los Inmortales

Morris ha muerto. Acaba de llamarme Joan por teléfono y me lo dijo. En principio no lo creí y llamé a su casa para preguntar de qué se trataba. Me contestó una amiga de Lis porque ella no podía hablar. –Tuvo un accidente, está muerto–, me dijo.

Caigo derrotado en la cama y lloro sin pensar. RK Krickberg está en Santiago. Lo llamo. Tampoco él lo puede creer, –Qué hijo de puta–, me dice dando cuenta de su forma de mirar el mundo. Cuelgo y sigo llorando en la cama, ahogado, boca abajo. Tengo veinte años, Morris un par más y hasta hace unos minutos atrás, éramos inmortales.

Recuerdo.

Es uno de los tantos viajes entre Santiago y la costa que hacemos. Voy al volante del Lada. No he dormido en toda la noche y los ojos me pesan. Me duermo en la carretera. Abro los ojos, viene una curva. La tomo. Me vuelvo a dormir. Entre tanto Morris sale del letargo y se percata que voy roncando al volante y a diferencia de lo que haría cualquier otro –despertarme– se acomoda y vuelve a cerrar los ojos. Sabe que nada nos pasará, que –tenemos los gastos pagados–, piensa.

Recuerdo.

Un grupo de cadetes de la escuela militar viaja en la parte de atrás de una camioneta. Es invierno y tienen frío. Lo comentamos. Se dan cuenta. Uno de ellos saca de entre sus ropas una pistola y nos amenaza. Morris hace un ángulo entre su pulgar y su índice y les “dispara” mientras yo piso el acelerador y los pierdo. Sabemos que nada nos pasará, que –tenemos los gastos pagados–, pensamos.

Recuerdo.

Vamos camino al eclipse de sol en Putre. Faltan pocas horas para el eclipse y estamos recién en Chañaral. No tenemos un centavo y nadie nos quiere llevar. En la gasolinera se detiene un bus a cargar. El auxiliar abre el portamaletas, acomoda algunas cosas y deja la puerta abierta. Sin decir una palabra sabemos lo que ambos pensamos. Nos colamos en silencio entre los bultos. Alguien cierra la puerta desde afuera y viajamos toda la noche, justo para llegar a destino un par de horas antes de lo necesario. Mientras comemos las meriendas que alguien echará de menos por la mañana sabemos que nada nos pasará, que –tenemos los gastos pagados–.

Recuerdo.

Durante una redada en un bar nos fumamos un hachís y el rati se despide “cuídado, este lugar es malo”. Mientras él duerme le metemos mano a la mina de nuestro trafica. Sacando la mitad del cuerpo por la ventana del auto le gritamos al paco “estoy volado” y él responde con una sonrisa ingenua el saludo. Convencemos al asaltante que no es buena idea que nos robe, sólo mencionando con fe al “tío”. Sin dinero viajamos, comemos, bebemos, fumamos, amamos, escribimos… está claro, –tenemos los gastos pagados–.

Recojo a RK en casa de su cuñada y parto con él a casa de Morris. Hablamos. Intenta consolarme, ayudarme a comprender. Me pregunta detalles. Mucho no sé. En casa de su novia se ha cortado el gas mientras se duchaba y se ha ahogado. –¿Estás enojado con él? –, me pregunta. Lo pienso. Sí, un poco. Se ha bajado del tren en marcha.

En casa de Morris hay un caos importante. Nadie llora, salvo Cristina, Lis, Miriam y yo, aparte de las lloronas que su abuela ha traído del campo y a quienes se les paga por adelantado para que se larguen. Todos conversan como lo hacen siempre, con una distancia cálida, casi humana. Karina Ponce me detiene en la puerta y con una sonrisa en la boca me pregunta –¿cómo está el yunta? –. Hago algún gesto con las cejas y ella me abraza con sus ciento veinte kilos de humanidad. Siento un calor en el pecho y le agradezco el abrazo que hasta ese momento no había recibido. El día pasa y yo quiero regresar a mi casa. Marcela me pregunta si quiero quedarme con ella. –Gracias, estoy bien, prefiero estar solo–. Javiera hace lo mismo y lo mismo le digo, igual que a María José.

Estoy en mi cuarto. Apago las luces y me meto a la cama. Recuerdo, recuerdo y sigo recordando sin pensar. Las venas de mis sienes están por reventar. Escucho el zumbido del silencio interrumpido por mis latidos. La habitación se ilumina por un resplandor que me enceguece por el instante único en que dura. En voz alta me despido de Morris. Me duermo.

No sé lo que he soñado. Sé que ha sido intenso, pero no podría contarlo porque no lo recuerdo. Tomo mi libreta de apuntes y leo. Dos de junio de 1995, estamos en el Bahal. Hay un instante de silencio en el bar. Morris se entristece. Partimos juntos al baño. –He tenido un satori–, me dice. –Moriré un mes después de mi cumpleaños, el siete de julio–. Al ver en nuestros ojos sabemos que es verdad. –Pasamos a otra etapa, hermano–, –no me voy a despedir de ti en todo caso–, –coincido–, –coincido–. Hasta ahí pude entender lo que había escrito en la libreta garrapateada. Morris ha muerto el diez. Lo había olvidado. Me siento al computador y escribo. Es hora de ir al funeral.

Han llegado unas 500 personas al lugar. A todos los conozco. Es tiempo de despedirme, me acerco al féretro y no reconozco el cadáver. Lo que Morris fue no está ahí. Miriam me hace una señal, es mi turno de hablar. Saco el papel que escribí por la mañana y lo leo:

Un guerrero no teme a la muerte. Un guerrero sabe que la muerte se sienta a su lado izquierdo y lo acaricia a diario sin tocarlo. El guerrero sabe que la muerte sigue sus pasos a la distancia porque a veces ella enciende sus luces.

Hace dos meses la muerte se mostró a Morris y él me lo dijo. Hace dos meses mi hermano anunció que moriría el 7 de julio, un mes después de su cumpleaños. La muerte siente especial predilección por los guerreros. Por eso antes de invitarlos a seguirla les concede un último baile. Dependiendo de su poder personal o de la unidad interna o como queramos llamarlo, los guerreros danzan algunos minutos y otros algunas horas. Mi hermano, como guerrero impecable, danzó 3 días completos.

Hoy te has burlado nuevamente del absurdo como lo hicimos tantas veces. Por eso quiero decirte: Morris, con la más sincera de las alegrías, adiós mi big hermano, te deseo la más grande de las suertes en esta nueva aventura, hasta que nos volvamos a encontrar.

Boto algunas lágrimas y acompaño a todos al crematorio. Camino con Javiera y RK por el cementerio. Por la noche partiremos a Concepción. Siento algo nuevo en el pecho. Poco me importa si a Morris lo mataron por meter demasiado las narices en el negocio sucio de alguien. Poco me importa si decidió largarse y se metió un par de pastillas antes de entrar a la ducha. Poco me importa si tuvo la mala raja de estar en el lugar equivocado el momento inoportuno. Sólo siento que tengo poco tiempo para corregir sus textos y publicarlos. Sólo siento que tengo poco tiempo para vivir y escribir lo que he vivido.

Lo he decidido. Desde ahora, soy mortal.

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