Las Flores

como espigas se clavaban en los sueños las casitas forradas de recipol teja asfáltica y violenta angustia

eran ríos navegables de jardines y vehículos, de árboles y parabólicas, de carros llenos de supermercado

así largas esperas de ocio vacío niquelado en el anuncio luminoso que propone el sentido y la ausencia del dolor

o quizás más cajas y cajas de barbitúricos clasificados según el rango de esclavismo del sujeto ya incurable

así eran las tardes mañanas y noches que encendían el aliento floridano y su extinguirse alcohólico drogado

pero crecía la ciudad alrededor de esas líneas y en índices de macroestupidez medíamos los éxitos perdidos

crecía en violento bigbang esa ciudad desde el corazón mismo de la contradicción que se alía a la miseria

ya no era marraqueta sino neón, no era justicia sino supermercado y la dignidad se escribía con cero nueve

ay de mi!

en el límite de la vanguardía se había clavado el cardo de la ignorancia y su insensible mal aliento

y el cerco que antes habíamos elevado justo ahí en el borde para no estar allá ni acá no tuvo razón sino caerse

y como si hubiesen sacado el tapón de la gran tina en la que vivíamos fuimos arrastrados sin saberlo

y el libro y la espada cayeron hacia el infinito infierno y nuevamente sin saberlo, los mil años habían comenzado

ay de mí!

eso quedaba, una ciudad para cien años

eso quedaba, agua y sulfuro

eso quedaba, vapor y niebla

eso quedaba, mil años de encendida oscuridad

ay de mí!

lo olvidaron, la sangre de la tierra seca y todos sus nervios extinguidos gangrenados y aún no muertos

lo olvidaron, la estirpe sangrienta y su severa alegría de primer emperador casi sabio y casi mago

lo olvidaron, el metal caliente desgarrado y el viaje de la luz y el contacto de los primeros hombres afuera

lo olvidaron, a nosotros olvidando, aunque un poco menos, a nosotros olvidando

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