La Niebla

Mis expectativas con Marcela se habían visto disminuidas de modo dramático después de que vi algunas fotos de ella haciendo ciertas cosas que antes había jurado jamás iba a hacer. Se justificó, como correspondía hacerlo, con la fuerte necesidad de calzar entre sus nuevos amigos. Aun así, a mí me parecía que vivir una vida equivocada, de uniformes apariencias, no era lo que me deparaba el destino. Por eso, cuando aquella tarde recibí una llamada telefónica de Teresa Nigredo, además de iluminárseme los ojos, no dudé en invitarla a salir esa misma noche.

El motivo de la llamada de Teresa era, por decir lo menos, curioso. Hacía algunos días que veía cierta ondulación en los muros y a figuras antropomorfas salir de éstos. No sé por qué, pero ella supuso que yo sabía de estas cosas y quiso que la aconsejara. Creo que ella se sintió al borde de la locura y yo, en ese tiempo, estaba algo loco.

Nos juntamos y con Gonzalo González fuimos a beber cervezas importadas en el Manifesto. Me contó lo que ocurría, le dije lo que yo pensaba, dejamos a Gonzalo hablando solo con quién sabe qué personaje y nos largamos de ahí, a caminar por la ciudad. Había una niebla maravillosa y espesa que construía un escenario perfecto para los sueños. La iglesia de los Sacramentinos, el Parque Forestal, Plaza Italia, mi auto estacionado a las cinco de la mañana en la puerta de su casa en el barrio Franklin, ella ronroneando entre mis brazos y un primer beso devastador que luego fue cientos al día siguiente y miles esa primera semana en que nos vimos a diario.

Dejé a Marcela con sus nuevos amigos y me embarqué en esta aventura intensa que representaba Teresa. Decidimos, de inmediato, vivir juntos. Exactamente en ese instante, en el momento preciso de aquella decisión, algo comenzó a ir mal. Primero, desapareció algunos días, luego algunos otros y todo el tiempo que tardé en pintar el apartamento en el que viviríamos. La misma noche en que invitando a algunos amigos comenzaríamos ritualmente nuestra vida juntos, ella decidió no estar ahí. Recibí solitario los regalos que nos hacían inventando alguna excusa estúpida. Mientras tanto, ella bebía en un bar cercano. A la madrugada, cuando todos se habían ido, la encontré durmiendo en la puerta de entrada, con el pelo lleno de vómito y la lengua incapaz de reproducir sonidos en castellano.

Y así fue. Un día tras otro y otro más en que regresaba alcoholizada cuando el sol comenzaba a salir, justo antes de que yo me levantase para ir a perder el tiempo trabajando, justo antes de que no existiese posibilidad alguna de encontrarnos, de vernos a la cara, de saber algo del otro.

Y así fue, hasta que sin muchas palabras de por medio, se fue.

II

No sé si fue algún ruido o simplemente la sensación de que algo andaba mal lo que me despertó. De un instante a otro, de estar completamente dormido pasaba a la lucidez absoluta, inmóvil en la cama, ligeramente sobresaltado y con los ojos bien abiertos. Eran las tres de la mañana y la luz de la calle entraba anaranjada por el ventanal. En la puerta vidriada, una silueta. La reconozco y me quedo inmóvil. Reconozco también, en su mano, uno de los cuchillos que Hernán Luna nos regaló el día de la inauguración de nuestro departamento. Abre la puerta con cuidado. La luz de la calle se refleja en la hoja del cuchillo al igual como ocurriría si esto fuese una escena de un thriller B. Tengo la certeza de que viene por mí. Espero en la cama cubierto sólo por la frazada hindú que nos regaló mi abuela. Se acerca más. Está a los pies de la cama. Levanta el cuchillo.

Sin pensarlo me lanzo sobre ella. Forcejeamos. Me muerde. El arma cae y con ella nosotros rodamos por el suelo. Estoy a su espalda, rodeándola con mis brazos, inmovilizándola. Sé que como otras veces intentará engañarme dejando de luchar para que yo la suelte. Es lo que está haciendo pero no pierdo la atención. Pasa un minuto eterno, una hora infinita. Creo que se ha dormido. Me duermo con ella.

En algún momento, entre sueños, la he soltado. Ella está ahora sobre mí. Me lame el rostro y el cuello. Nos besamos y hacemos el amor. Cuando la mañana ha llegado, ella se larga nuevamente y no la vuelvo a ver.

III

Recibo una nueva llamada. Han sido decenas de mensajes en mi contestador, todos violentos, dramáticos, suicidas. Este último decía amigo mío, sólo quería despedirme, adios. Loca de mierda, pienso al escucharlo.

Llego por la mañana a mi casa. Necesito cambiarme de ropa para ir de un trabajo a otro. Abro la puerta del closet, reviso entre los trajes y de entre el terno negro y el gris cae ella. Loca de mierda, pienso al verla en el suelo. No se le ocurrió nada mejor que venir a suicidarse a mi closet. Pienso en que tendré que llamar a la policía, que me harán preguntas, que tendré pesadillas recordando su palidez. Le tomo el pulso. Los latidos están ahí. La respiración sigue ahí. Golpeo sus mejillas y nada. La sacudo y nada. Le lanzo un poco de agua en el rostro y… ah, me había quedado dormida… es que hacía frío y dentro del closet estaba más calentito.

IV

Tengo un inquilino en casa. Es el ex novio de Joan Casanova que buscó refugio en estos lugares. Me viene bien. Paga la mitad del alquiler y me ayuda a mantener alejado a cierto personaje.

Es de madrugada y como tantas veces regreso a casa después de trabajar toda la noche. Paso por la habitación de Hernán, mi inquilino, y ahí está. Dos siluetas acurrucadas en la cama. La de él, duerme plácidamente. La de ella, se levanta un poco para saludarme. Hola, amigo, me dice sonriente.

Es el momento de huir de mi casa.

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