La Casta

Me rompe las bolas cada vez que Lucía me pregunta por ello. Había decidido no responderle porque estaba seguro que ella sólo lo hacía para molestarme después que interrogué de manera poco amable a su novio cuando los encontré viendo la televisión pasada la hora de menores. Ella podría hacerme vivir infamemente con sus preguntas sobre nuestra madre, por lo que decidí contarle algún día lo que le ocurrió realmente, aunque este no fuese el momento y prefiriera soportar sus interrogantes impertinentes a cada hora del día, cada vez que nos cruzamos en alguna parte de la vieja casona que nos heredó la vieja.

Lucía no cumple aún los 16. Tiene un fuerte parecido a mamá aunque el color de su pelo es más rubio e intenso. Me soborna con su sonrisa cuando quiere conseguir algo que esté prohibido o que sabe yo no autorizaré. Y muchas veces lo logra porque soy demasiado débil o tal vez ella me guste demasiado como para perder el beso que me da cuando accedo. Sólo soy inflexible cuando se trata de hombres. Ella no tiene la edad suficiente para enamorarse y los chicos son… bueno, tú sabes, son chicos. Como su hermano he de protegerla de esos chacales de sonrisas autosuficiente que actúan sin saber.

Como ya te dije, nuestra madre nos heredó la casa donde vivimos. Siempre estuvimos aquí desde que murió nuestro padre en un tiempo que no soy capaz de recordar, cuando Lucía estaba recién nacida y yo no pasaba de los cuatro años. Nos mudamos porque mi madre prefería que nos alejásemos de la ciudad para poder crecer de mejor manera, más limpios como ella decía. Y puedo decir que fue así durante largo rato, al menos hasta que murió mamá y tío Lou vendió parte de la finca a esos cretinos para que instalaran su repulsiva maquinaria con sus cañones infames que escupen serpientes de hollín durante todo el día. El primer tiempo fue duro y hubimos de acostumbrarnos para soportar el ver el sol sólo detrás de una cortina… pero cumpliría la promesa que hice a mamá antes de que ella muriese. No nos moveríamos de la casa aunque el cielo amenazara caerse sobre nuestras cabezas.

La finca iba bien y no me costó hacerme cargo de los empleados. Tío Lou era un problema al comienzo, pero tras la riña que tuvimos no volvió a aparecer por aquí. Aquella vez hube de dispararle en la mano para que dejara tranquila a Lucía. Sólo yo puedo tocarla a ella y eso él y otros lo saben bien.

Lucía no me había dejado dormir con ella desde que despedí a su novio por lo de la televisión. Lucía no me había dejado tocar su cuerpo desde que eso ocurrió y aunque no me ponía demasiado nervioso me provocaba cierta incomodidad el pensar que algo estaba tramando mi hermanita. La idea de que hacía el amor con su novio me sofocaba en serio aunque no tenía prueba alguna de ello y realmente no me atrevía a preguntarle. Lucía no me había dejado hacer el amor con ella desde que ocurrió lo de la televisión y eso me molestaba un poco, porque, bueno, es nuestra familia, ¿no?

-¿Cómo murió mamá?-, me preguntó de nuevo aquella noche. Le respondí con mi sonrisa enamorada de sus pechos jóvenes y de su cintura ínfima. Ella no dejó de mirarme y de preguntarme con los ojos, pero finalmente nuestro amor, sé que nuestro amor, se impuso y caminó hasta su habitación. Cuando estuvo en el umbral, vio que yo la había seguido y tomándome de la mano me invitó a pasar y me sentó finalmente en su cama. Esa noche hicimos el amor como deben hacerlo los hermanos, muy despacio y llenos de ternura. Despertamos por la mañana casi al mismo tiempo y Lucy me preparó el desayuno antes de que yo me levantase. Hicimos nuevamente el amor.

Tras esa noche mis dudas desaparecieron. Lucía mantenía a su novio a raya y yo era a quien verdaderamente amaba. De eso estaba seguro.

La noche siguiente tuvimos una escena similar, sólo que esta vez Lucía no me preguntó por nuestra madre, sino que por nuestro padre. Ella no podía enterarse aún, era muy pequeña y no entendería que nuestra familia no era una familia como cualquier otra, que las cosas que para nosotros eran ley, para los hombres, allá afuera, podían ser un pecado extraño que dejaría que nos quemasen vivos. Hicimos el amor lentamente y nos dormimos abrazados.

Por la mañana Lucía partió al pueblo a comprar ciertas cosas que necesitaba para sus labores. Casi al mediodía, y yo esperándola con impaciencia, volvió con los ojos muy rojos y con su pañuelo en la mano. No quiso confirmarme que había estado llorando pero yo estaba seguro de ello. El cretino de su novio –pensé-. Algo le hizo el muy canalla.

Lucy se encerró en el cuarto. Le hablé casi durante todo el día a través de la puerta y no me contestó. No estuve más preocupado que por lo del llanto, ya que cuando mi hermanita se disgusta suele encerrarse en el cuarto y no volver a abrir la puerta hasta que se ha calmado.

Ya eran casi las siete cuando tocaron la puerta. Empezaron suavemente con golpes pequeños y siguieron incrementando la potencia con furia. Ya había puesto la tranca y me demoré un poco en abrir la puerta. Tras ella, el novio de Lucy, quien entra caminando rápido y se para junto a mi con mirada amenazante. Sonrío al verlo tan seguro de una superioridad que, obviamente, no posee. Yo tengo casi cuatro años más que él y el trabajo de la finca me ha dado músculos fuertes y me ha hecho crecer la espalda. En cambio él es un jilguerito pequeño, de músculos fláccidos de tanto estar sentado. Aún así me increpa y me dice cosas que no alcanzo a comprender y ya sin que termine estoy pensando en echarlo a la calle con un buen par de patadas en el maldito culo.

Los gritos del infame se multiplican cuando alcanzo a ver que Lucy camina por el pasillo y viene hacia acá con unos papeles en la mano –su diario de vida, creo- justo cuando me descuido y no me percato de que el muchacho saca de entre sus ropas una escopeta –se la sacó a su padre, pienso- y me apunta al tiempo que Lucy, mi amada hermanita corre por el pasillo y grita un no infinito que se confunde con el trueno del disparo.

Ya desde el piso puedo verla como corre hasta mi sin preocuparse, hasta que se arrodilla a mi lado y me acaricia y me dice cosas inmensas al oído, como un susurro largo y suave.

-Leo, mi hermano. No te preocupes-, me dice al oído –todo estará muy bien cuando te sanes porque, sabes… estoy esperando un hijo tuyo-.

La miro con mis ojos y puedo imaginar como brillan. El dolor en el pecho se hace insoportable pero aún así puedo mirarla fijamente con dulzura. –Como nuestros padres-, alcanzo a decir.

Ella me mira extrañada. –Nuestros padres eran hermanos, y nuestros abuelos…-, digo ya con más dificultad. –Si muero, tío Lou podrá engendrarte un segundo hijo para conservar la sangre-, digo como una exhalación en su oído.

Sin preocuparse y con una mirada distante, el muchacho carga de nuevo la escopeta y siento como nuestra casta se extingue con la vida de la última mujer viva de nuestra familia, como murió nuestra madre y nuestro padre, y cierro los ojos.

1 comentario


  1. que belleza que bien escrito con tanta dulzura es un tema fuerte profundo y delicado ….

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