Introducción

Pero el hombre que acecha con ojos de tigre aún no pierde esa libertad de soñar y de volar que no puede fundarse ni refundarse porque la llevamos en los huesos y en la genética misma y retorcida del desenfreno. Son esas las garras que rasgan los tapices y las pieles y aún beben directo la sangre de los corazones. Ellos son los que forjan la cultura transformándose en símbolo, en mito y aún en ritual desesperado.

Debe ser porque secretamente nunca creímos en la religión de la física y por cierto, nunca pensamos que volar debería de ser seguro.

Extracto del Primer Manifiesto del Realismo Cuático, junio 2003

Hay veces en que un accidente nos empuja a realizar actos sublimes, como en la historia del increíble Hulk, en la que la madre de un chico podía levantar sin problemas un vehículo que lo estaba aplastando. En este caso, la falla del disco duro que contenía la totalidad de mi producción literaria fue el equivalente a una sobredosis de rayos gamma. Al perder, espero que no definitivamente, casi todo el trabajo posterior al año 2002, empecé a releer estos escritos antiguos y decidí ordenarlos y presentarlos como la primera entrega del volumen que planifiqué cuando los escribí y que hoy, como un homenaje al libro que Mauricio Valenzuela no terminó, titulo Relatos Bio–Lentos.

Sé que son, en muchos casos, ingenuos y predecibles, ensayos de escritura. Aún así, algo de lo que encierran, aunque lo intente, no podré reproducir jamás. Fueron escritos en caliente, con el recuerdo vivo –en la mente y en el corazón– de los sucesos que relatan. Hay ficcionalización de algunos hechos… aunque si lo pienso mejor, dudo si esa ficcionalización se produjo al escribir o se produce ahora, al recordar. La respuesta no la conozco aunque he elegido creer que necesitamos modificar nuestros recuerdos para hacerlos más verosímiles con el modelo de persona que creemos ser en el presente, para darle un pequeño respiro a nuestra conciencia demasiado torturada por la inconsistencia de nuestro hacer cotidiano.

A pesar de lo anterior, he seguido escribiendo intentando mantener un cierto vínculo con la realidad, relación que se consuma sin problemas en la misma proporción en la que se consuma la verosimilitud de mi propia vida. Estoy seguro que esa posibilidad, cuática y no cuántica, está dada por el extraño cruce que se produce entre mi tiempo y mi espacio, bastante atípico gracias al caos–mos en que sumergí mi vida, la síntesis pagana entre la magia y la ciencia, los dominios del realismo cuático.

Si la intuición fuera, como lo piensa Bergson, el proceso a partir del cual encontramos las diferencias, como entre los colores, la distancia a la que convergen desde la luz blanca; y si el ciclo de la explosión creativa del universo fuese repetitivo, un eterno retorno; podríamos pensar que es la diferencia entre un ciclo y otro lo que gatilla el registro de intuición clarividente en nuestras vidas.

Si tenemos  acceso a un fragmento de la realidad, ampliado en el contacto con otros fragmentos que se comunican humanamente con nosotros; si  tengo un “recuerdo” de lo ocurrido; la frecuencia e intensidad de mis intuiciones clarividentes es proporcional al campo ampliado de mi conciencia intersectado con las diferencias entre este ciclo y su anterior.

Si soy “tomado” por la intuición tengo la posibilidad de modificar el curso de los acontecimientos, me encuentro en la frontera de la posibilidad, el punto preciso en que puedo desviar aquella milésima de grado la historia y transformar la cualidad de mi existencia y la de mi campo ampliado de existencia. Puedo ser “otro” en la medida en que mis “recuerdos del futuro”, mis predicciones, fracasen.

Agradezco, entonces, al accidente que me obligó a mirar hacia atrás y dar término a este proceso forjado entre 1991 y 1997, la última cuaterna de mi primera doble rota.

Adrián Barahona

  1. 3 de agosto de 2008

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