Inn Outt Hotel

Habíamos llegado a la puerta del hotel. Una pareja se nos adelantó y tocó el timbre antes que nosotros. La puerta la abrió el mismo vejete de la semana anterior, cuando descubrimos el lugar: una noche en un motel por 990 pesos. No era lujoso, no era limpio, no estaba sanitizado ni desratizado y con suerte las sábanas eran cambiadas una vez por semana. Era sí, mejor que pasar la noche en la calle, hacer el amor en un parque y amanecer resfriado por el rocío de la mañana que te había empapado.

La primera pareja entró y el viejo nos miró con cierta desconfianza. –No quedan habitaciones–, dijo.

Yo me había acostumbrado a no aceptar respuestas negativas de ningún empleado de cualquier cosa. Todos te dirán que el trámite no se puede hacer si les representa un mínimo de esfuerzo adicional.

Queremos una habitación por la noche–, insistí.

La respuesta del viejo fue la misma, aunque menos tajante. Está cediendo, pensé.

Pero algo se podrá hacer–, aseguré con la certeza de que el tipo comprendería que seguir discutiendo conmigo le reportaría más trabajo que “hacer el trámite”.

Está bien. Pueden pasar a la sala y esperar a que se desocupe una habitación. Varias se desocupan en 1 hora más–, respondió resignado.

Entramos triunfales por el arco de la puerta. Sonreí cuando cruzábamos el pasillo rumbo al cuarto que el hombre llamaba sala. Nos invitó a sentarnos frente a la televisión y la encendió. Puso una cinta en el vídeo y nos quedamos mirando la porno.

A los dos minutos se puso de pie. Dijo algunas cosas graciosas y comprendí algo sobre su filiación sexual. Se fue y regresó en segundos.

Había olvidado que tengo una habitación desocupada atrás, pasen por acá–, indicó.

Corrimos una cortina gruesa y pesada, caminamos por un patio antiguo lleno de puertas y nos mostró la habitación.

Era peor que la última vez. La puerta medio caída, el water junto a la cama, una palangana oxidada para lavarse y por encima de todo un gran forado en medio del techo amenazaba con tirar encima de nosotros los restos que aún se sostenían inexplicablemente.

Aceptamos. Entregué al encargado los 1000 pesos, cerramos la puerta levantando un costado y pusimos las chaquetas y bolsos en una silla. Nos besamos un poco antes de que el tipo volviera con los 10 pesos de vuelto y una bandeja con dos minúsculos vasos de licor de menta. –Buenas noches–, dijimos todos cuando se fue.

Janis se tendió sobre la cama y comenzamos a acariciarnos y besarnos. Lentamente la ropa fue cayendo a los costados hasta que quedamos desnudos y moviéndonos con suavidad, frotándonos el cuerpo.

Pasé de besar su boca a besar su cuello, de ahí hasta sus pechos donde estuve mucho rato concentrado. Gemíamos cada vez con más fuerza y entrecortadamente, cada vez más excitados. Ardiendo.

Lentamente dejé sus pezones y comencé a dibujar un hilo de saliva… hasta el ombligo, un poco más abajo… otro poco más y estaba besando su vagina como nunca lo había hecho antes. Jugué con sus labios, los separé, descubrí su clítoris.

Pasaron varios minutos y me encontraba ensimismado en la labor. Ella pedía que siguiera haciéndolo, más fuerte, con más presión de la lengua. Entonces fue cuando gritó.

No escuché el grito la primera vez. No quise escucharlo o preferí pensar que se trataba de una expresión del placer en el que estábamos sumidos. Mi ilusión duró poco. Janis se sienta en la cama y me coge del pelo para que le preste atención.

Mira ahí, por favor, mira eso–, dijo sollozando.

Giré la cabeza, miré hacia arriba y lo vi. Justo en el forado del techo estaba el más grande de los ratones que había visto en mucho tiempo. Por lo menos 40 centímetros de cabeza a cola. Me puse de pie y me acerqué un poco. El ratón me miró a los ojos, puedo asegurar que me miró a los ojos, y de un salto se descolgó de su refugio hasta caer al suelo y esconderse ahora bajo la cama.

La cama no era precisamente una cama. Era más bien una construcción de madera y cemento empotrada en el piso, con muchas grietas y huecos por todos lados. Mi pareja estaba histérica sobre la silla. Levante el colchón y no encontré nada. Revisé por todos lados y no encontré nada.

Espera un poco aquí, voy a buscar al encargado–, le dije a Janis.

Ella asintió con un movimiento de cabeza. No creo que hubiese podido hacer algo más.

Encontré al tipo en la sala. Veía su porno tranquilamente mientras bebía algún elixir alcohólico. Sentí un olor extraño en el lugar, un olor muy penetrante que impregnaba los muros. Tuve una imagen terrorífica: un gran caldero lleno de semen en el que eran hervidos los clientes disconformes…

Oiga amigo, tenemos un huésped en nuestro cuarto–, bromeé.

No le entiendo–, dijo.

Hay una rata durmiendo en nuestra cama. Quiero que nos cambie el cuarto–.

Usted sabe que no tengo más piezas. En todo caso la situación me aterra. Tengo mucho miedo a las ratas, ¿sabe?–.

Mire. Tendremos que hacer algo porque ya es muy tarde y no podemos irnos. Vamos a matar al ratón. Usted me ayudará–.

Es que me dan mucho miedo… espere, voy a pedir algo de ayuda–.

El tipo no me permitió hacer nada, cuando ya había tocado a todas las puertas que daban al patio. En dos o tres minutos les había explicado a media docena de tipos semidesnudos que asesinaríamos la rata, aunque muchos de ellos lo habrían asesinado a él. Repartió escobas y palos mientras algunas mujeres salían de los cuartos a curiosear. Cubiertas con una sábana, una camisa o cualquier cosa empezaban a conversar entre ellas.

Nuestra legión avanzó hacia mi cuarto. Janis se unió al grupo de mujeres. Levantamos el colchón nuevamente sin obtener mejores resultados. Revisamos las grietas y las hendiduras y nuestro amigo no se asomaba. Entonces uno de los tipos llamó nuestra atención. Se trataba de un corte de 20 centímetros en el colchón. –Por ahí se introdujo el muy canalla–, dijo.

Lo que siguió debió ser filmado. Apaleamos el colchón con furia durante diez minutos. Con cada golpe saltaba un poco más del polvo acumulado en la lana durante quizás cuánto tiempo. Con cada golpe la habitación se transformaba más y más en un escenario de sueños. Casi no podíamos vernos las caras.

Parecía que el ratón nunca se había metido al colchón. Tal vez estaba entre las sábanas, acurrucado en medio de las frazadas disfrutando de la tibieza mientras nosotros nos acercábamos al surrealismo con nuestra paliza. El encargado se cansó de apalear. Tras él un tipo flaco de lentes lo imitó y se apoyó contra el muro. Más tarde un tercero y luego todos descansábamos. El polvo se disipaba del ambiente.

Conversábamos animadamente y nos reíamos de la estúpida situación. El viejo dueño de casa llegó con una bandejita cromada con varios vasos de licor de menta. Los bebimos de un trago sentados en el colchón que reposaba en el suelo. Reíamos cuando veloz, por entre nuestras piernas pasa el descarado ratón. Sube por una viga caída, se cuelga entre unos pedazos de cielo y se para a observarnos discretamente.

Un par de segundos y alguien reaccionó. No alcanzó a atacarlo cuando el ratón desapareció en la oscuridad. Todos volvieron a sus cuartos frustrados.

Janis y yo esperamos el amanecer despiertos. No hicimos el amor aquella noche y partimos rápidamente del hotel por la mañana. En la puerta nos cruzamos con una de las parejas de la noche anterior quienes se despidieron cordialmente.

Estoy seguro que antes de desaparecer el ratón me miró a los ojos. Puedo asegurar que me miró a los ojos… con lástima. Durante un tiempo, Janis y yo volvimos a disfrutar del rocío de la mañana.

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