El Spleen de Santiago

El tedio del Santiago postdictadura nos estaba enloqueciendo poco a poco. Los que habíamos sido disciplinados militantes, ideologizados agitadores, ejemplares dirigentes, también habíamos sido dejados a un lado por el pacto entre la concertación y el dictador. Si querías seguir adelante con aquel futuro, si querías que tu nombre apareciera en la terna de negociación de las cuotas de poder, si querías tener un trabajo relajado en algún ministerio, debías olvidar –para siempre– la revolución para la que te habías preparado toda la vida. Muchos podían hacerlo. Yo no.

En ese trance conocí a Ernest Bolívar. Fue en una Spándex cuando Janis me lo presentó. Eran amigos desde hacía mucho tiempo y si bien no se veían tan a menudo, había una oscura complicidad entre ellos. Poco sabía yo de ese mundo. Había acompañado a mi novia a todos los lugares a los que me invitaba, había conocido la más completa zoografía, había comenzado a entender las mutilantes intervenciones de los performers, pero aún estaba “afuera”.

Una semana después, Ernest me llamó. –Es una sesión privada de performance–, me dijo. –En la puerta dices que vienes de parte mía… sólo hay un requisito, debes venir vestido completamente de negro–.

Cumplí con la instrucción y llegué algo atrasado al lugar. En la puerta, dos chicos de pelo oxigenado, ojos delineados y sexo indefinido me hicieron pasar. Era una especie de galpón del siglo xix, lo que quedaba de alguna fábrica, con los muros gruesos y llenos de elaboradas molduras. No había música. Tampoco mucha gente. El tiempo pasa lento. No conozco a nadie y tampoco me acerco a alguno de los grupos que conversan. El tiempo pasa lento. Se apagan los fluorescentes y todos se quedan casi inmediatamente en silencio. Un único foco se enciende. Alguien lo tiene en sus manos y apunta hacia un lugar que no alcanzo a ver. Me acerco. Un hombre y una mujer desnudos y con el cuerpo pintado de rojo cargan sobre sus espaldas un muñeco blanco. Lo cargan con dificultad como si pesara toneladas. A medida que avanzan la gente se va cerrando sobre ellos formando un círculo. Cuando llegan al centro del galpón se detienen. En el lugar hay una especie de trípode con una vara hacia arriba. El muñeco es empalado sin mucha dificultad. Noto que está hecho o al menos recubierto de cera de vela. La mujer roja está de rodillas a un costado. Algo hace pero no alcanzó a ver. Se pone de pie. Tiene un soplete encendido entre las manos y comienza a incendiar el muñeco. Primero la cabeza se desarma, luego el torso. Agujerea el pecho con la llama. Derrite los brazos y luego todo el cuerpo es una poza inflamada en el piso. El soplete se apaga. El hombre rojo carga a la mujer en su espalda y la saca del lugar. Nadie aplaude. Las luces se encienden y los grupos vuelven a conversar.

Algo me ha ocurrido. Mi estado de ánimo ha mutado por completo después de la escena. Si alguien me preguntara, no podría responder. Es como si los límites de la realidad se hubiesen difuminado, como si el muñeco de cera hubiese pedido, como última voluntad, que yo lo presenciara al desintegrarse. No suena música pero una chica pasa bailando. La reconozco y la sigo. Es Marcela, la novia de Ernest.

En la esquina, el grupo de Ernest conversa sobre la performance. Un hombre algo mayor que la mayoría dice algunas cosas. Alguien intenta discutir con él pero se calla. –Es Vicente–, me dice Marcela. Escucho poco de lo que dicen. Tampoco –por suerte– me piden la opinión.

Se escuchan gritos en la puerta. Por el pasillo entra media docena de pacos. El gordito que los lidera habla fuerte –Esta es una fiesta no autorizada, tienen que retirarse de inmediato–. Ja! Fiesta… Ja! No autorizada… Ja! Democracia… Nadie reclama. La mayoría camina en silencio hacia la puerta y deja el lugar. Yo siento ganas de escupir al paco. No lo hago. La caminata hacia la calle me trae la misma sensación de ganado al matadero que tenía cuando el furgón de los pacos se estacionaba marcha atrás y con las puertas abiertas a la entrada del Galindo y nos llevaba a la comisaría por sospecha, acusados de estar ahí.

Sigo a Ernest y al grupo hasta su casa. Desde el galpón caminamos sólo un par de cuadras por Mapocho, hacemos una parada en la botillería para comprar una botella de tequila –y robar otra– y entramos.

La casa de Ernest es una panadería. Ya no funciona como tal pero tiene aún las instalaciones para hacer el pan. No se me ocurre como alguien puede arrendar una panadería como lugar para vivir. Lo imagino mirando los avisos del día domingo… ferretería, no… verdulería, no… carnicería, menos… panadería, mmm… panadería… buenos días, lo estoy llamando por el aviso de la panadería en arriendo… ¿cuántos dormitorios… perdón… cuentos hornos tiene?

Las horas pasan y nos hemos bebido todo el tequila y no paramos de hablar en medio de la habitación y en el radiocaset no paran de sonar los Smiths. No hacemos otra cosa sino hablar y beber de pie, como si estuviésemos en una plaza amurallada a salvo de la policía. Es de madrugada y aunque no sentimos el rocío, el frío, el cansancio y el alcohol nos derrotan y vamos cayendo amontonados sobre una pila de cojines. Por la mañana me levanto y me largo sin despedirme y sin resaca.

Algunos días más tarde me llama uno de los Primos. No son realmente primos, pero usan la chapa para ocultar su homosexualidad a los vecinos. Probablemente no les creen y la gente comenta cosas a su espalda, pero no pueden probarles nada. Si supieran que son pareja, de seguro harían algo para expulsarlos del edificio en que viven. Uno de los primos me llama –hay que hacer algo contra la guerra–, me propone. –La gente se olvidó de los bombardeos–. Nos juntamos frente a su edificio en Portugal. –Digamos este poema en el metro… Bajo los autos blindados, y su teatro macabro, la tierra hambrienta, el hambre ladran, cruje el orden policial, como la galería apolillada de un viejo circo muerto, que se derrumba… es de Pablo de Rokha–, me dice, –podemos leerlos en el metro a la hora en que está más lleno–. No estoy seguro pero acepto, me quedo con una copia del poema e intento memorizarlo –la policía teatral, exaltada a la altura de un régimen, perdiendo su aserrín oscuro en el callejón de la matanza alucinada… el explotado matando al explotado, el hambriento al hambriento… el pobre al pobre, por el rico…

Por la mañana nos encontramos poco antes de las siete en la estatua de Bello. Ahí están ambos, enfundados en largos abrigos negros. El metro está repleto, esperamos en el andén y nos colamos en un vagón. No hay señal ni plan. Tengo a un oficinista a veinte centímetros de mi cara. El primo comienza. Declama fuerte, se detiene un instante, sin pensarlo continuo el poema en la cara del oficinista. Llegamos a la estación siguiente. Nos bajamos al unísono. Siento un shock de adrenalina más fuerte que cuando repartía instructivos de protesta un par de años atrás. Entramos al vagón contiguo antes de que se cierren las puertas. Aquí vamos de nuevo, otra estación y otro vagón, una y otra vez hasta Tobalaba. Las puertas del tren se abren y tres pacos nos caen encima y nos reducen con facilidad. Nos llevan al furgón y de ahí a la comisaría. –A ver, ¿qué estaban haciendo estos weones? –, pregunta el teniente. –Estaban recitando poesía en el metro, señor–, responde uno de los pacos. –Jajaja… ya, déjenlos hasta mañana en el calabozo y los pasan al juzgado por mendicidad–, ordena sin dejar de reírse. Y ahí nos quedamos, entre algunos borrachos que dormían desde la noche anterior y un par de lanzas que conocían al carcelero por el nombre. –No se preocupen, a lo más nos van a pasar una multa–, les digo a los primos que se veían más nerviosos. –No es por eso–, me responde uno de ellos al oído, –es que si cachan que somos maricones nos van a sacar la chucha–. No lo había pensado. Pero las horas pasaron y aparte de los borrachos que salían y de los lanzas que entraban nadie más se acercó al calabozo. Por la mañana, muy temprano, nos dejaron salir, sin citación al tribunal y sin relojes. En la calle, después de que nos separamos rumbo a nuestras casas, un esbozo de sonrisa se dibujó en mi rostro. Lo había decidido. La poesía era mi nueva militancia.

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