El río (mención honrosa en concurso “Sitio del suceso II”

El río, que hasta entonces se hacía el muerto sin poder decidir su cauce, se diluye en sus orillas. Si pudiera elegir, sería un Mar Pocho, un río infinito y sin orillas.

1

Michel tiene 15 años y vive hace tres en la calle. Junto a una decena de chicos se cobija del frío, si es que se puede en esas condiciones, bajo el puente que une las dos riberas del Mapocho a la altura de Plaza Italia. Es una de las caletas entre las que vive huyendo para no ser llevado de regreso al centro de menores del que ya escapó varias veces. Michel tiene entre sus manos la bolsa con la bencina de la que respira una y otra vez, que se infla una y otra vez, intoxicando de solvente su sangre. Él conoce el rito porque lo ha repetido tantas veces que ya no recuerda. Con las primeras bocanadas cambian ligeramente los colores y luego el sonido del río se multiplica reverberante en su conciencia. El río le susurra palabras desconocidas que él no entiende pero que sabe significan algo más que el hambre que desaparece. Luego todo se oscurece y la mirada se vuelca hacia un lugar desconocido en que no hay mirada. Así, cuando el cuerpo ya no puede más, se duerme apenas abrazado de su “Rucia”, otra “cabra de río” que lo acompaña hace unos meses.

 

2

El paquete contenía un hallazgo macabro. Ismael lo había encontrado mientras limpiaba las “cajitas de agua”, el enrejado que filtraba el río antes de enviarlo a las alcantarillas justo antes que comenzara la Alameda de las Delicias. Una pierna humana, cercenada en la ingle, y, más tarde, un paquete con vísceras humanas. Puso los restos en una carretilla y caminó sin apuro hasta el cuartel de policía. Ismael no era hombre discreto. Antes de entregar los restos quiso que sus amigos lo vieran. La pierna doblada por la mitad, el pie pequeño de uñas sucias y mal cortadas, el miserable resto de calzoncillo, y sobre todo, el color grisáceo de la muerte, fueron la conversación obligada, la terrorífica noticia que corrió de boca en boca por el Santiago de 1923.

 

3

Michel nunca leyó ni leerá “El Río”, la novela en la que Gómez Morel relata los años en los que vivió, de niño, bajo los puentes del Mapocho. Comparte, eso sí, muchos de los ritos que se siguen repitiendo día a día desde esos años. Desde la ribera grita a los transeúntes que deambulan por los puentes con el mismo tono carrasposo y el acento arrastrado “Una moneeeiiiiita papito”, esperando juntar lo suficiente para comprar el desayuno, pan y mortadela para todos los cabros de la caleta. Michel nunca leyó “El Río”, pero sigue aferrado a los mismos códigos de lealtad que perviven casi intactos debajo del puente. Hacerlo es lo que le permite seguir vivo.

 

4

El subcomisario Maturana y el agente Díaz sabían que, a pesar de los rumores que circulaban por la ciudad, la pierna no era una broma macabra de un grupo de estudiantes de medicina. El corte rústico, como de un machete o cuchillo de cocina, es demasiado impreciso frente a la perfección de un bisturí. Ambos esperan junto a la puerta de la  morgue, interrogando a quienes vienen a intentar reconocer la pierna como parte de un familiar desaparecido. Suponen que el asesino vendrá, como la mayoría lo hace, a tener un último contacto con su “obra”. Han interrogado a la veintena de mujeres que buscan a su esposo perdido. Ninguno parece ser el dueño de la pierna.

A la hora del almuerzo, cuando los policías se han retirado rumbo a una de las cocinerías del barrio La Chimba, un sujeto de ropas oscuras ha escrito un nombre y una dirección falsos en el cuaderno en que se le pide se registre. El funcionario de la morgue sólo se fija en sus manos gruesas y nerviosas mientras observa la pierna mutilada. “Nada más me llamó la atención”, les dice a los policías cuando lo interrogan, ahora a él.

 

5

Nadie escapa del río, dice Gómez Morel. Él mismo lo llevó encima hasta el momento de su muerte, anónimo, solo, en la triste pensión en la que terminó sus días. El Michel ya ha cumplido los 21 y sigue viviendo la misma rutina… grita para que le lancen monedas desde el puente, sigue pegado a la bencina y ahora, a la pasta base, comparte el hambre y el frío con su Rucia.

Ahora, mientras comparte una cerveza ve un bulto negro que cae sobre ellos. Una cartera de mujer cae al río. No se sabe quien la ha arrojado. Posiblemente fue un lanza que intentó deshacerse del botín mientras lo perseguían.  Michel la recoge y descubre que adentro hay cuarenta mil pesos. No es mucho dinero, pero es una fortuna para los muchachos. Deciden repartirlo entre los pocos que la han visto. Deciden pasar por alto uno de los códigos de lealtad.

A pocos metros un grupo duerme. La Prisci se despierta y se da cuenta del engaño. Empieza el griterío. Otros que dormían se despiertan y exigen su parte. El Michel, con la cartera entre las manos, apenas evade los golpes que vienen de todas partes.

 

6

Otras partes del cuerpo aparecen. Primero la cabeza, y más tarde, el torso y la otra pierna. Los cortes calzan perfectamente. Un mantel de hule envolvía el cuerpo, amarrado con cáñamo. Varias hojas de periódico envolvían la cabeza. Los canillitas del barrio Matadero han reconocido al finado. Es Efraín Santander, el dueño del quiosco de Jofré con Lira.

El subcomisario Maturana visita a su mujer. Rosa está ebria junto a la cama. El mantel calza sobre la mesa. Un pañuelo ensangrentado aparece bajo la cama. Un charco de sangre ha dejado una marca sobre el entablado de la habitación número 12 de Santa Rosa 353. Ella sigue bebiendo y ya no niega el asesinato.

 

7

La Prisci asesta una estocada perfecta en el torso del Michel. El puntazo, preciso y rápido, deja tras de sí una mancha creciente. Los cabros de río se dispersan, salvo la Rucia, que cae de rodillas junto al cuerpo de su amante. Primero bajará un grupo de bomberos. Se encontrarán con el cuerpo ya sin vida. Luego llegará la policía, la ambulancia, los peritos, la prensa… y la rucia seguirá de rodillas junto al lugar donde cayó el Michel. Su foto, desde el puente, será portada en el diario. De fondo, un cierre de ladrillos mal pegados muestra lo que alguna vez fue el desagüe de las cajitas de agua.

 

8

Rosa Faúndez se molesta cuando le sugieren que ella no habría podido cometer el crimen sola. Lo demuestra metiendo sin dificultad a uno de los policías dentro del arcón donde ocultó el cadáver. Se niega, eso sí, a volver a mirar el cuerpo de Efraín. “Prefiero que me maten a que me sometan a este trance”, dice. El magistrado se convence. Siete años es la condena. Sólo cumple con cinco. Al salir, regresa a vender periódicos a la misma esquina, donde un hombre de manos gruesas la acompaña cada mañana.

 

 

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