El Niño

El niño me mira a los ojos. Me sonríe. No estoy seguro de su sonrisa, no sé lo que quiere decir con ella. A veces los niños ríen porque les da gusto hacerlo y otras veces es una máscara contra la inseguridad que sienten, una protección más que otra cosa. Pero este niño me mira y se ríe, sonríe. A mi los niños no me gustan demasiado, desde que yo era niño que no me gustan los niños, cuando gritan o lloran de alegría o pena me descontrolan y siento que el mundo se viene encima si no hay alguien cerca que los calle. Pero este niño me mira silencioso y me sonríe silencioso, casi haciéndome cómplice de alguna de sus travesuras, precisamente esa que no quiero relatar ahora porque pensé que sería cien veces, infinitamente mejor contar algo que no fuera la travesura de un niño. Aunque éste esté junto a mi y me mire cómplice de su travesura, obligándome a hablar de él sin más razón que la que me dan sus ojos y su boca. ¿Cuántas vueltas diste al Sol pequeño niño? ¿Cuántas veces giró la tierra sobre si misma y te encontraste nuevamente encarando a la luna? Yo no puedo saberlo si no te lo preguntó y si te lo pregunto borraré por un instante tu sonrisa de niño y no me sentiré por ese instante niño como me siento ahora, porque ¿sabes? ahora me siento niño como seguramente no te sientes tu niño ahora. Eres mayor, eres ajeno o incluso anciano como niño. Tus ojos, si sonríen con tu boca y… no me había fijado niño que tus ojos son los de un anciano. ¿Cuántos años hay en tus ojos de niño, más que vueltas y vueltas al sol?

Te miro a los ojos y te sonrío. ¿Cómo me miras a través de tu lente, cómo me inquieres, me preguntas por lo que soy con tu mirada? Sí, yo puedo ser sabio y ser viejo y pisar esta misma tierra por un tiempo que ahora tu no puedes entender. Pero tú eres más anciano que yo, aunque seas yo mismo mirándote o mirándonos. Eres más viejo aunque no más sabio porque lo perdiste. Sí, eso que ves ahora en mis ojos es lo que perdiste y no pudiste ser más cretino un momento porque fuiste todo lo cretino que pudiste ser, siendo infantil como grande y no como yo que soy infantil siendo chico y el mundo me perdona la crueldad como un pecado que no me pertenece. En cambio a ti, a ti no te lo perdonarán tan fácil, hasta que caigan lágrimas sinceras de tus ojos en un bar (si, obviamente puedo saber eso que ocurrió en el bar, y puedo saber de tu vida tanto que llorarías ahora). Llorarás amigo mío, sincero y lleno de errores, llorarás. Eso si, vuelve a mi un instante, te presto mis ojos un instante para que veas ¿puedes ver aún como veo yo?

Mi niño, mi niño. Una ternura extraña se ha apoderado de mi a medida que miro este niño. Recordé al hijo que no tuve y me sentí un poco triste, como me siento cada vez que lo recuerdo. Este niño… no, no puede ser. Ja, soy un soñador. Me creerías que pensé por un instante que este niño era yo cuando era niño. Pero si es imposible, yo estoy acá y han pasado veinte años desde que tenía la edad que debe tener este niño. Debe ser el encierro que me atrapó por un momento y sin que me diese cuenta caí en su trampa. Pero el niño me mira y aunque no me conoce me sonríe en esta situación ridícula e incómoda que no debe ser para él más que un juego. Pronto nos sacarán de acá y recordaremos esto… como recuerdo lo que ocurrió… sí, es cierto… esa vez me quedé atrapado en el ascensor por casi dos horas y nos sacaron los bomberos por la puertita pequeña que hay en el techo. ¿Nos sacaron? ¿Estaba con mi madre esa vez? No recuerdo bien si había más gente. Sólo recuerdo que mis pensamientos se hicieron extraños, como si lo hubiera soñado todo, y luego el médico dijo que se debía a la falta de oxígeno y a la experiencia traumática, que con un poco de terapia lo olvidaría todo y no tendría temor a los ascensores. Y tu niño que me estás mirando ahora ¿temerás a los ascensores después de esto?

Puedo ver como tus ojos han dado paso a una expresión distinta de tu mirada de cazador. Estás dejando de ser cazador ¿lo sientes? Tu cabeza se llena de ideas confusas como dirás que fueron tus ideas aquella vez que te quedaste con el extraño encerrado en el ascensor. ¿Qué has hecho con mi vida como para que yo no te guarde rencor y esté aquí mirándote con ternura esperando que cambie una mirada o que comprendas que… olvidaste. No voy a conseguir en estas horas que recuerdes lo que fue tu vida y lo que fueron tus sueños, incluso antes de que nacieras. Sólo voy a mirarte y seguir pensando en lo que será nuestra vida… porque de seguro ya te diste cuenta de que tu eras yo y yo seré tu. Te miro, te miro y me aguanto esa lágrima de futuro para que no te pongas estúpido y creas que empiezo a tener miedo por el solo hecho de estar contigo encerrado en un ascensor y te acerques y me consueles. No debes consolarme, consuélate o espera a que yo lo haga porque estoy en una posición de ventaja respecto de tu vida, de la que fue mi vida.

Suenan unos golpes en el techo. Las luces del ascensor se apagan y se prenden nuevamente. Me pongo eufórico. El niño me mira y me sigue sonriendo logrando aumentar la tensión en mis venas. Abro con fuerza la puerta del techo y veo a un grupo de gente un poco más arriba en una salida abierta. De un salto y con el niño en mis brazos me levantó por los aires y me encuentro de pie sobre el techo del ascensor. El cable de acero que lo sostiene me sirve para no perder el equilibrio y caer al vacío dejado por el hueco del ascensor gemelo a un costado. Con los pies y el brazo libre empiezo a escalar con dificultad. Un poco, algunos centímetros, muy lentamente. Escucho voces que me ruegan me detenga pero estoy sordo y enrojecido por la tensión. Unos centímetros, un poco más. El ruido de maquinarias en acción me despierta del trance. El acero se enrosca sobre mi mano y un chorro de sangre lo cubre todo. No puedo sostenerme del dolor, pierdo fuerzas. ¡El niño! Dejo caer al niño en el momento preciso en que el tiempo deja de transcurrir. Mi grito se congela en el aire y mis movimientos se hacen más lentos. Me aferro al cable con ambas manos mientras veo como la pequeña sombra se va alejando devorada por los veinte pisos de siniestra oscuridad. Mis lágrimas caen como tantas veces sin sonido humano alguno. Cierro los ojos y olvido.

Las puertas del ascensor se abren. Mi jefe, el señor Bosch, está enfrente de mi. Me mira riendo e imita mi postura, tirado sobre el piso. Varios de mis compañeros de trabajo se acercan y me dan palmaditas en la espalda o me saludan desde lejos. La voz de Bosch suena fuerte tras de mi.

-Estoy seguro que hiciste algo por quedarte encerrado en el ascensor. Lo que pasa es que esta generación no valora el trabajo…-, dice y sigue diciendo mientras yo me doy vuelta de nuevo, miro mis manos intactas y mi ropa limpia y no puedo comprender. –De la que fue mi vida-, pienso.

Desde su escritorio se acerca Thalía, hermosa como siempre con un vestido lila muy ajustado.

-¿Qué hiciste en el ascensor mientras estabas ahí solo?-, me dice insinuando algo gracioso que no alcanzo a comprender.
-Algo muy distinto de lo que hubiese hecho si estuvieses ahí-, le respondí, y tomándola de la cintura caminé con ella hacia la máquina de hacer café.

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