Relatos Biolentos

La Niebla

Posted by admin on febrero 01, 2010
Prosa, Relatos Biolentos / No Comments

Mis expectativas con Marcela se habían visto disminuidas de modo dramático después de que vi algunas fotos de ella haciendo ciertas cosas que antes había jurado jamás iba a hacer. Se justificó, como correspondía hacerlo, con la fuerte necesidad de calzar entre sus nuevos amigos. Aun así, a mí me parecía que vivir una vida equivocada, de uniformes apariencias, no era lo que me deparaba el destino. Por eso, cuando aquella tarde recibí una llamada telefónica de Teresa Nigredo, además de iluminárseme los ojos, no dudé en invitarla a salir esa misma noche.

El motivo de la llamada de Teresa era, por decir lo menos, curioso. Hacía algunos días que veía cierta ondulación en los muros y a figuras antropomorfas salir de éstos. No sé por qué, pero ella supuso que yo sabía de estas cosas y quiso que la aconsejara. Creo que ella se sintió al borde de la locura y yo, en ese tiempo, estaba algo loco.

Nos juntamos y con Gonzalo González fuimos a beber cervezas importadas en el Manifesto. Me contó lo que ocurría, le dije lo que yo pensaba, dejamos a Gonzalo hablando solo con quién sabe qué personaje y nos largamos de ahí, a caminar por la ciudad. Había una niebla maravillosa y espesa que construía un escenario perfecto para los sueños. La iglesia de los Sacramentinos, el Parque Forestal, Plaza Italia, mi auto estacionado a las cinco de la mañana en la puerta de su casa en el barrio Franklin, ella ronroneando entre mis brazos y un primer beso devastador que luego fue cientos al día siguiente y miles esa primera semana en que nos vimos a diario.

Dejé a Marcela con sus nuevos amigos y me embarqué en esta aventura intensa que representaba Teresa. Decidimos, de inmediato, vivir juntos. Exactamente en ese instante, en el momento preciso de aquella decisión, algo comenzó a ir mal. Primero, desapareció algunos días, luego algunos otros y todo el tiempo que tardé en pintar el apartamento en el que viviríamos. La misma noche en que invitando a algunos amigos comenzaríamos ritualmente nuestra vida juntos, ella decidió no estar ahí. Recibí solitario los regalos que nos hacían inventando alguna excusa estúpida. Mientras tanto, ella bebía en un bar cercano. A la madrugada, cuando todos se habían ido, la encontré durmiendo en la puerta de entrada, con el pelo lleno de vómito y la lengua incapaz de reproducir sonidos en castellano.

Y así fue. Un día tras otro y otro más en que regresaba alcoholizada cuando el sol comenzaba a salir, justo antes de que yo me levantase para ir a perder el tiempo trabajando, justo antes de que no existiese posibilidad alguna de encontrarnos, de vernos a la cara, de saber algo del otro.

Y así fue, hasta que sin muchas palabras de por medio, se fue.

II

No sé si fue algún ruido o simplemente la sensación de que algo andaba mal lo que me despertó. De un instante a otro, de estar completamente dormido pasaba a la lucidez absoluta, inmóvil en la cama, ligeramente sobresaltado y con los ojos bien abiertos. Eran las tres de la mañana y la luz de la calle entraba anaranjada por el ventanal. En la puerta vidriada, una silueta. La reconozco y me quedo inmóvil. Reconozco también, en su mano, uno de los cuchillos que Hernán Luna nos regaló el día de la inauguración de nuestro departamento. Abre la puerta con cuidado. La luz de la calle se refleja en la hoja del cuchillo al igual como ocurriría si esto fuese una escena de un thriller B. Tengo la certeza de que viene por mí. Espero en la cama cubierto sólo por la frazada hindú que nos regaló mi abuela. Se acerca más. Está a los pies de la cama. Levanta el cuchillo.

Sin pensarlo me lanzo sobre ella. Forcejeamos. Me muerde. El arma cae y con ella nosotros rodamos por el suelo. Estoy a su espalda, rodeándola con mis brazos, inmovilizándola. Sé que como otras veces intentará engañarme dejando de luchar para que yo la suelte. Es lo que está haciendo pero no pierdo la atención. Pasa un minuto eterno, una hora infinita. Creo que se ha dormido. Me duermo con ella.

En algún momento, entre sueños, la he soltado. Ella está ahora sobre mí. Me lame el rostro y el cuello. Nos besamos y hacemos el amor. Cuando la mañana ha llegado, ella se larga nuevamente y no la vuelvo a ver.

III

Recibo una nueva llamada. Han sido decenas de mensajes en mi contestador, todos violentos, dramáticos, suicidas. Este último decía amigo mío, sólo quería despedirme, adios. Loca de mierda, pienso al escucharlo.

Llego por la mañana a mi casa. Necesito cambiarme de ropa para ir de un trabajo a otro. Abro la puerta del closet, reviso entre los trajes y de entre el terno negro y el gris cae ella. Loca de mierda, pienso al verla en el suelo. No se le ocurrió nada mejor que venir a suicidarse a mi closet. Pienso en que tendré que llamar a la policía, que me harán preguntas, que tendré pesadillas recordando su palidez. Le tomo el pulso. Los latidos están ahí. La respiración sigue ahí. Golpeo sus mejillas y nada. La sacudo y nada. Le lanzo un poco de agua en el rostro y… ah, me había quedado dormida… es que hacía frío y dentro del closet estaba más calentito.

IV

Tengo un inquilino en casa. Es el ex novio de Joan Casanova que buscó refugio en estos lugares. Me viene bien. Paga la mitad del alquiler y me ayuda a mantener alejado a cierto personaje.

Es de madrugada y como tantas veces regreso a casa después de trabajar toda la noche. Paso por la habitación de Hernán, mi inquilino, y ahí está. Dos siluetas acurrucadas en la cama. La de él, duerme plácidamente. La de ella, se levanta un poco para saludarme. Hola, amigo, me dice sonriente.

Es el momento de huir de mi casa.

Crash

Posted by admin on febrero 01, 2010
Prosa, Relatos Biolentos / No Comments

Habíamos decidido juntarnos con Joan Casanova después de su trabajo. No teníamos un plan específico, sólo conversar, beber un par de botellas de vino y luego decidir qué hacer. Llegué al punto de encuentro algunos minutos tarde pero ella aún no aparecía. Compré una lata de cerveza y me senté a mirar como cambiaban los números verdes del reloj de la Sony que está sobre uno de los edificios de la remodelación. Uno tras otro avanzaban los minutos. Se me terminó la cerveza. Joan no aparecía. Pensé en contar las micros. Si la 45 pasa la tomaré. Joan viene caminando rápido. Está hermosa, con el pelo crespo, brillante y suelto. No se ha cambiado la ropa con la que trabaja, parece una elegante ejecutiva. Besa mi mejilla, me da un largo abrazo con su pelvis presionando sobre mi muslo. Se excusa: conoció a una chica que le gustó y se quedó conversando con ella todo lo que pudo. Me pareció bien.

Mientras la esperaba había pensado en que podríamos entrar al cine. Estaban pasando Crash y antes habíamos intentado entrar a verla sin éxito. Yo había leído algunas críticas que destrozaban la película con adjetivos del tipo pervertida o enajenada. Eran adjetivos que me gustaban. Se lo propuse. Compramos la entrada y nos dispusimos a esperar los cuarenta y cinco minutos que faltaban, botella de vino mediante. Así comprenderíamos mejor la película.

El Castillo era la única opción. Yo conocía bien los gustos de Joan y sin preguntarle pedí la botella de vino blanco. Conversamos como lo hacíamos siempre, con el cuerpo echado hacia adelante de la mesa, como susurrando pero con la voz en cuello pasando de la caricia al rugido. Hacía ya un tiempo en que una fuerte complicidad nos había unido. Muchos creían que éramos amantes. Su pareja lo creía pero jamás se habría atrevido a confesar que sentía celos de mí, aunque su actitud, irreprochable, era obvia.

Nuestra complicidad había surgido un par de años atrás, justo después de la muerte de Morris. En ese momento, ella era su amante y sólo un par de personas lo sabíamos. Mientras yo recibía el cariño y la comprensión de los amigos, la cercanía que me consolaba la primera vez que me rozó la muerte, ella estaba sola, sin poder pedir ayuda, sin poder llorar más que a solas. Aquella vez me acerqué a ella para compartir todo lo bueno que había recibido. Ahora ocurría algo similar. Un velo misterioso y mágico nos cubría.

El vino se acabó justo a tiempo para entrar al cine. Lo hicimos. La película comenzó intensa. Escucho a Joan susurrar algo en mi oído. Vuelvo la vista al frente. Una pareja haciendo el amor en un hangar, otra pareja en un estudio. Digo algo en su oído, nos derretimos en las butacas. Ella está tan excitada como yo. Van tres minutos de película. Seguimos hundiéndonos en las sillas de la tercera fila.

Las escenas se suceden. Un accidente de automóviles da pie para que los involucrados terminen cogiendo en un estacionamiento. El esposo de la mujer ha muerto en el accidente, su amante conducía el otro coche. Un experto en accidentes se divierte reproduciendo la muerte de los famosos. Dos mujeres hacen el amor en el asiento trasero de un auto. El protagonista y su pareja hacen el amor y se imaginan siendo penetrados por el experto. Los cuerpos se mutilan, la reconstrucción de la ortopedia los excita. A mí también. Y a Joan.

Estoy al límite del orgasmo. Pienso en meterle mano pero prefiero seguir con la película. Puedo escuchar la excitación en el público y en el tono de los susurros que son nuestros comentarios.

El protagonista y el experto se besan en un coche. El primero recorre todo el cuerpo lleno de cicatrices. Cuando va más abajo de la cintura, la cámara se congela. Pienso en la censura. Están en un cementerio de automóviles. El experto choca con su auto al vehículo en que se refugia el protagonista. Con cada embestida se masturban más fuerte, sin piedad. Un choque más y ambos acaban.

Sigo diciendo cosas a Joan. Ella sigue susurrando en mi oído. Sé que más tarde haremos el amor.

El experto muere en un accidente al tratar de volcar a la mujer del protagonista. Están en busca de una modificación del cuerpo, de una prótesis sobre la prótesis que es el cuerpo mismo. El protagonista vuelca a su mujer en una carretera. Ella está tendida al costado del auto humeante. –Estás bien–, pregunta él. –Creo que sí–, responde ella. –Maybe next time, maybe next time, se dicen en la última escena.

El público se ha puesto rápidamente de pie. Escucho a alguien compartir la crítica que leí en alguna parte. –Qué mala película–. Los créditos corren con la sala a media luz. Quedamos seis personas, dos parejas y dos solitarios. –Parece que les falto beber algo de vino blanco antes de entrar–, me dice Joan. Asiento con una sonrisa. No han comprendido al director.

Paso por el baño a refrescarme. Sin mediar palabra vamos al Castillo por otra de vino. Mil ideas sobre la mesa. Mil locuras sobre la mesa. Le propongo que llame a Hernán Luna, su ex esposo. Ella quisiera ser su amante pero él sólo aceptaría una relación formal. En la barra hay un teléfono. Llama. Él le corta. Bajo la mesa nos acariciamos con las piernas. El vino se acaba lentamente y nos vamos de ahí.

El Samara está estacionado al otro lado de la calle, justo frente a una botillería. Paso a comprar algo. –¿Tiene Dentyne canela? – El mejor antídoto contra el aliento alcohólico. –Dame uno–, me dice Joan. –¿Cómo lo quieres, puede ser de varias maneras? – No entiende mi pregunta. –Así es más peligroso–, digo, y poniendo el chicle entre mis dientes se lo ofrezco. Ella lo toma con cuidado. Los labios apenas se rozan pero una gota de su humedad ha quedado como una marca en mi labio. Puedo sentir el aroma de su saliva

Subimos al auto y sin excusa nos besamos continuando la escena del vino y el cine. –¿Dónde vamos? Ella no responde. Bajamos por Merced, tomamos Santo Domingo y nos detenemos en la puerta del Catacumbas. Ella se baja, negocia con el portero pero queda sólo una hora hasta que cierren y nos echen del lugar. Seguimos por Santo Domingo, pasamos la carretera y bajamos por Rozas. En la esquina de Cummings un motel. Es una buena opción pero no tengo dinero. Ella paga con un cheque. Nos dejan solos en la habitación.

Joan entra al baño. Yo me quito los zapatos y recibo la botella de champaña incluida en el valor. Tengo la botella en la mano cuando ella sale y me besa. La ropa cae velozmente. Llegamos desnudos a la cama, la estoy besando, recorro su piel en extremo suave. Me detengo en su vagina disfrutando su rosada dulzura. Hemos perdido la razón. –Hagamos Crash–, digo. Ella responde que sí.

Me acomodo detrás y la penetro con suavidad. Es un momento que me gusta disfrutar con lentitud. Me muevo rítmicamente durante mucho rato. Ella tiene un orgasmo justo mientras nos susurramos el cómo hacemos el amor con nuestras parejas. Cambiamos de lugar. Sobre mí tiene un nuevo orgasmo. Me besa, baja del cuello al torso y directo al pene. Se queda ahí sólo unos instantes y sube nuevamente.

¿A Teresa le gusta que le chupen las tetas cuando está sobre ti? – me pregunta. –Sí, le encanta que lo haga, respondo. –Házmelo entonces, chúpame las tetas con fuerza, sí, así, más fuerte. Ardemos. Me pongo sobre ella y derramo el champagne en sus tetas. Bebo lo que no alcanza a caer a la cama. Tenemos un nuevo orgasmo. Esta vez, mi semen se derrama en su vagina y lo inunda todo. Ahora gime diferente, más despacio. La estoy conociendo, está satisfecha.

Son las siete de la mañana. Ella debe estar en su trabajo en una hora más. En casa la esperan y no sabemos cómo justificarlo todo. La dejo en la puerta de su departamento. Nos besamos un poco antes de que se baje.

El motor del Lada se esfuerza cuando viajo sobrerrevolucionado por Providencia camino a mi casa. Doblo en Holanda para ver si están aún las putas en la esquina. Intento seguir derecho luchando contra el sueño. Pienso en Joan y en el largo día que le espera. Estoy a punto de dormirme. Los ojos me pesan demasiado y no puedo sostener el volante. Me desvío hacia la izquierda y la rueda golpea el canto de la cuneta. Sin frenar logro controlar el auto. Avanzo unas cuadras más. Los párpados se cierran. El auto se sube a la vereda rápidamente. Cuando me doy cuenta estoy girando, las ruedas chirrean, el auto se detiene a un par de metros de un poste.

Habría sido el final perfecto para esta historia. Una llamada al trabajo de Joan contando que había muerto en un accidente de tránsito.