Prosa

El Spleen de Santiago

Posted by admin on febrero 01, 2010
Prosa, Relatos Biolentos / No Comments

El tedio del Santiago postdictadura nos estaba enloqueciendo poco a poco. Los que habíamos sido disciplinados militantes, ideologizados agitadores, ejemplares dirigentes, también habíamos sido dejados a un lado por el pacto entre la concertación y el dictador. Si querías seguir adelante con aquel futuro, si querías que tu nombre apareciera en la terna de negociación de las cuotas de poder, si querías tener un trabajo relajado en algún ministerio, debías olvidar –para siempre– la revolución para la que te habías preparado toda la vida. Muchos podían hacerlo. Yo no.

En ese trance conocí a Ernest Bolívar. Fue en una Spándex cuando Janis me lo presentó. Eran amigos desde hacía mucho tiempo y si bien no se veían tan a menudo, había una oscura complicidad entre ellos. Poco sabía yo de ese mundo. Había acompañado a mi novia a todos los lugares a los que me invitaba, había conocido la más completa zoografía, había comenzado a entender las mutilantes intervenciones de los performers, pero aún estaba “afuera”.

Una semana después, Ernest me llamó. –Es una sesión privada de performance–, me dijo. –En la puerta dices que vienes de parte mía… sólo hay un requisito, debes venir vestido completamente de negro–.

Cumplí con la instrucción y llegué algo atrasado al lugar. En la puerta, dos chicos de pelo oxigenado, ojos delineados y sexo indefinido me hicieron pasar. Era una especie de galpón del siglo xix, lo que quedaba de alguna fábrica, con los muros gruesos y llenos de elaboradas molduras. No había música. Tampoco mucha gente. El tiempo pasa lento. No conozco a nadie y tampoco me acerco a alguno de los grupos que conversan. El tiempo pasa lento. Se apagan los fluorescentes y todos se quedan casi inmediatamente en silencio. Un único foco se enciende. Alguien lo tiene en sus manos y apunta hacia un lugar que no alcanzo a ver. Me acerco. Un hombre y una mujer desnudos y con el cuerpo pintado de rojo cargan sobre sus espaldas un muñeco blanco. Lo cargan con dificultad como si pesara toneladas. A medida que avanzan la gente se va cerrando sobre ellos formando un círculo. Cuando llegan al centro del galpón se detienen. En el lugar hay una especie de trípode con una vara hacia arriba. El muñeco es empalado sin mucha dificultad. Noto que está hecho o al menos recubierto de cera de vela. La mujer roja está de rodillas a un costado. Algo hace pero no alcanzó a ver. Se pone de pie. Tiene un soplete encendido entre las manos y comienza a incendiar el muñeco. Primero la cabeza se desarma, luego el torso. Agujerea el pecho con la llama. Derrite los brazos y luego todo el cuerpo es una poza inflamada en el piso. El soplete se apaga. El hombre rojo carga a la mujer en su espalda y la saca del lugar. Nadie aplaude. Las luces se encienden y los grupos vuelven a conversar.

Algo me ha ocurrido. Mi estado de ánimo ha mutado por completo después de la escena. Si alguien me preguntara, no podría responder. Es como si los límites de la realidad se hubiesen difuminado, como si el muñeco de cera hubiese pedido, como última voluntad, que yo lo presenciara al desintegrarse. No suena música pero una chica pasa bailando. La reconozco y la sigo. Es Marcela, la novia de Ernest.

En la esquina, el grupo de Ernest conversa sobre la performance. Un hombre algo mayor que la mayoría dice algunas cosas. Alguien intenta discutir con él pero se calla. –Es Vicente–, me dice Marcela. Escucho poco de lo que dicen. Tampoco –por suerte– me piden la opinión.

Se escuchan gritos en la puerta. Por el pasillo entra media docena de pacos. El gordito que los lidera habla fuerte –Esta es una fiesta no autorizada, tienen que retirarse de inmediato–. Ja! Fiesta… Ja! No autorizada… Ja! Democracia… Nadie reclama. La mayoría camina en silencio hacia la puerta y deja el lugar. Yo siento ganas de escupir al paco. No lo hago. La caminata hacia la calle me trae la misma sensación de ganado al matadero que tenía cuando el furgón de los pacos se estacionaba marcha atrás y con las puertas abiertas a la entrada del Galindo y nos llevaba a la comisaría por sospecha, acusados de estar ahí.

Sigo a Ernest y al grupo hasta su casa. Desde el galpón caminamos sólo un par de cuadras por Mapocho, hacemos una parada en la botillería para comprar una botella de tequila –y robar otra– y entramos.

La casa de Ernest es una panadería. Ya no funciona como tal pero tiene aún las instalaciones para hacer el pan. No se me ocurre como alguien puede arrendar una panadería como lugar para vivir. Lo imagino mirando los avisos del día domingo… ferretería, no… verdulería, no… carnicería, menos… panadería, mmm… panadería… buenos días, lo estoy llamando por el aviso de la panadería en arriendo… ¿cuántos dormitorios… perdón… cuentos hornos tiene?

Las horas pasan y nos hemos bebido todo el tequila y no paramos de hablar en medio de la habitación y en el radiocaset no paran de sonar los Smiths. No hacemos otra cosa sino hablar y beber de pie, como si estuviésemos en una plaza amurallada a salvo de la policía. Es de madrugada y aunque no sentimos el rocío, el frío, el cansancio y el alcohol nos derrotan y vamos cayendo amontonados sobre una pila de cojines. Por la mañana me levanto y me largo sin despedirme y sin resaca.

Algunos días más tarde me llama uno de los Primos. No son realmente primos, pero usan la chapa para ocultar su homosexualidad a los vecinos. Probablemente no les creen y la gente comenta cosas a su espalda, pero no pueden probarles nada. Si supieran que son pareja, de seguro harían algo para expulsarlos del edificio en que viven. Uno de los primos me llama –hay que hacer algo contra la guerra–, me propone. –La gente se olvidó de los bombardeos–. Nos juntamos frente a su edificio en Portugal. –Digamos este poema en el metro… Bajo los autos blindados, y su teatro macabro, la tierra hambrienta, el hambre ladran, cruje el orden policial, como la galería apolillada de un viejo circo muerto, que se derrumba… es de Pablo de Rokha–, me dice, –podemos leerlos en el metro a la hora en que está más lleno–. No estoy seguro pero acepto, me quedo con una copia del poema e intento memorizarlo –la policía teatral, exaltada a la altura de un régimen, perdiendo su aserrín oscuro en el callejón de la matanza alucinada… el explotado matando al explotado, el hambriento al hambriento… el pobre al pobre, por el rico…

Por la mañana nos encontramos poco antes de las siete en la estatua de Bello. Ahí están ambos, enfundados en largos abrigos negros. El metro está repleto, esperamos en el andén y nos colamos en un vagón. No hay señal ni plan. Tengo a un oficinista a veinte centímetros de mi cara. El primo comienza. Declama fuerte, se detiene un instante, sin pensarlo continuo el poema en la cara del oficinista. Llegamos a la estación siguiente. Nos bajamos al unísono. Siento un shock de adrenalina más fuerte que cuando repartía instructivos de protesta un par de años atrás. Entramos al vagón contiguo antes de que se cierren las puertas. Aquí vamos de nuevo, otra estación y otro vagón, una y otra vez hasta Tobalaba. Las puertas del tren se abren y tres pacos nos caen encima y nos reducen con facilidad. Nos llevan al furgón y de ahí a la comisaría. –A ver, ¿qué estaban haciendo estos weones? –, pregunta el teniente. –Estaban recitando poesía en el metro, señor–, responde uno de los pacos. –Jajaja… ya, déjenlos hasta mañana en el calabozo y los pasan al juzgado por mendicidad–, ordena sin dejar de reírse. Y ahí nos quedamos, entre algunos borrachos que dormían desde la noche anterior y un par de lanzas que conocían al carcelero por el nombre. –No se preocupen, a lo más nos van a pasar una multa–, les digo a los primos que se veían más nerviosos. –No es por eso–, me responde uno de ellos al oído, –es que si cachan que somos maricones nos van a sacar la chucha–. No lo había pensado. Pero las horas pasaron y aparte de los borrachos que salían y de los lanzas que entraban nadie más se acercó al calabozo. Por la mañana, muy temprano, nos dejaron salir, sin citación al tribunal y sin relojes. En la calle, después de que nos separamos rumbo a nuestras casas, un esbozo de sonrisa se dibujó en mi rostro. Lo había decidido. La poesía era mi nueva militancia.

Bailando con Marijane

Posted by admin on febrero 01, 2010
Prosa, Relatos Biolentos / No Comments

Las reuniones en su casa eran cosa habitual y placentera. Esa noche sería sólo el preámbulo porque celebraríamos en otro sitio el lanzamiento de nuestra exposición. No habíamos trabajado mucho en ella ni habíamos tenido gran éxito ni mucho menos habíamos ganado algún dinero, pero era mi primera salida a la calle, el primer golpe que creíamos le dábamos al aburrimiento. El preámbulo sería donde siempre, donde Marcela y Ernest, cerca del Mercado, rodeados de topless baratos, vagabundos y vendedores de pescado. Teníamos tres botellas de tequila, equivalente tónica, y éramos sólo un pequeño puñado sediento. Estaban por supuesto nuestros anfitriones, Ernest Bolívar y Marcela René; Janis; Natividad, una lesbi enamorada hasta la locura de Marcela junto a una chica que era su novia; el primo de Ernest, Sebastián; Cristián, el hermano de uno de mis amigos y algunos otros que no recuerdo. Con la mezcla alucinógena entre Smiths y Cecilia como banda sonora, uno tras otro corrían garganta adentro los Betty Blue, como llamábamos al tequila golpeado después de ver la película. También corrían los pitos, gruesos, bien gruesos y aromáticos, tan aromáticos como nunca más los he olido. Y la adrenalina subía y el alcohol nos hacía sentir el mundo a nuestros pies –tal como estaba con esos recién cumplidos dieciocho años– y todos nos poníamos locos y reíamos llenos de certezas. Así, en cualquier momento, cualquiera de nosotros comenzaba su espectáculo, siempre irreverentes y bellos, pero nunca tan hermosos como los de Marcela. Esa noche ella estaba más linda que nunca. Ceñida en bordados negros y transparencias, una boina roja, muy roja, que sólo cubría un poco de su cabeza y su pelo tomado atrás. Me alucinaba pensar el efecto que conseguía gastando doscientos pesos en la ropa usada de Bandera. Ella se pasaba ahí tardes enteras hasta que encontraba lo que necesitaba para su próxima performance. Esta noche nos sentó a todos en círculo y uno a uno nos fue besando con la misma pasión incendiaria que acumulaba en los labios. A Janis, a Ernest, a Cristián, a los primos, a Bonnie, a Natividad. No sé si cuando pasó por mi boca se quedó un instante más o para mí ese beso fue eterno. Luego, ya satisfecha, sabiéndose dueña del juego, se sentó en medio de nosotros y junto al macetero que contenía su planta de marihuana, comenzó a bailar.

Al principio fue una danza simple, algunos círculos en torno a la planta, algunas contorsiones y vaivenes, pero pronto y lentamente aquella danza desnuda se transformó en el más hermoso y monumental acto de amor. Ella hacía el amor con su planta y en su planta estábamos todos ardiendo mientras su jadeo se escuchaba como susurro en nuestros oídos, al tiempo que nuestras respiraciones la alimentaban y la temperatura del lugar subía tanto que era imposible no sentirse en llamas cada vez que las miradas se cruzaban cómplices.

El espectáculo terminó con algo muy parecido a un orgasmo colectivo y concluyó esa noche para siempre. Nada podía ser igual después de lo que había pasado. Comimos algo de la pizza que se quemaba en alguno de los hornos y luego caminamos en silencio hacia la casa donde nos esperaban para celebrar el lanzamiento. Aún no era la una de la mañana pero sabíamos que la noche había terminado.

Onli Guan Kis

Posted by admin on febrero 01, 2010
Prosa, Relatos Biolentos / No Comments

Hacía ya unos meses de que nos habíamos separado con Janis. No pude resistir los encantos de Carla Narváez y como decía el Loro Ruz, al encanto de sus jugos derramándose en mi boca. Una tarde, a pesar de la misma Carla, decidí dejar a Janis, indiferente, diciéndole que ya no la amaba. No le mentí, le dije que otra mujer me había cautivado y que ella estaría siempre en un lugar privilegiado de mi corazón y de mis recuerdos. Menos no podía obtener la mujer con quien perdí la virginidad de cuerpo y alma. Habían pasado algunos meses después de ese crudo incidente. Nos habíamos echado algunos polvos entre medio, algunos memorables, nos habíamos besado casi todas las veces que nos encontramos al borde de la inconciencia etílica en el Jaque Mate, pero por sobre todo, habíamos vuelto a ser amigos. Ella tenía un nuevo amante y yo seguía empapándome en los fluidos de Carla.

Después de pasar aquella tarde con Gabriel Cid, Morris y yo compramos varias botellas de cerveza y decidimos visitar a Janis. Ella estaba cuidando la casa de la hermana de Wendy Virgo, una psicóloga egresada en los tiempos en que los psicólogos no sobraban. Podía darse esos lujos, tener una casa para ella sola, mientras nosotros apenas podíamos compartir un alquiler entre media docena. En la casa había otro grupo de huéspedes, unos amigos norteamericanos de la dueña de casa: Steve, su pareja Donna, y otro gringo, Michael.

Compartimos las cervezas que nos quedaban y convencimos a los gringos para que compraran un par de botellas de pisco. Steve y Donna partieron a la botillería. Claramente no conocían la proporción porque regresaron con siete botellas para siete personas.

Con Morris, desde hacía un tiempo veníamos perfeccionando el juego que nos hermanaba al superar el instinto más intenso del hombre, la posesión. Cada vez que una mujer nos gustaba, cosa que ocurría casi a diario, era una misión irrenunciable hacer todo lo posible para que ella, el objeto del propio deseo, se fuese esa noche precisamente con el otro. Era una verdadera locura, considerando que no pocas veces ellas, mujeres hermosas, jóvenes y deseables, sentían que de alguna extraña manera estaban siendo rechazadas por el galán al que intentaban seducir. Mayor era el pecado, pues no sólo nos negábamos a cualquier acercamiento sino que nos deshacíamos en extraños halagos para con nuestro amigo.

Ella era una gringa típica, bastante blanca, bastante rubia, de nariz aguileña, ojos claros, algo delgada pero de formas gruesas. No era el tipo de mujer que me gusta, así que decidí ayudar a Morris de otra forma. Me acerqué a Steve y Michael, que hablaban apoyados en una especie de bar instalado en una esquina, y después de explorar sus intereses inventé una acalorada discusión en la que se vieron obligados a intervenir, no tanto por el peso de mis argumentos sino por la insolencia con la que yo hablaba de temas de los que no tenía idea. Me instalé al interior del barcito para poder mirar a Morris y obligar a los muchachos a dar la espalda a la escena. Y hablé, hablé y hablé huevadas sin parar logrando mantener la atención de los muchachos mientras veía como Janis desaparecía con su amante, y más tarde, la misma Donna desaparecía tambaleándose hacia las habitaciones. Morris se quedó mirándome un rato mientras sonreía agradeciendo mi estrategia. Dejó pasar un par de minutos, me cerró un ojo, se puso de pie y desapareció por el pasillo. Era el momento más riesgoso.

–*–

Morris entra a la pieza donde dormía Donna. Está todo oscuro y sólo por la silueta abultada de la cama se puede suponer que ella está dentro, posiblemente desnuda o con el mínimo de ropa. Sin decir palabra, Morris se desviste cuidadosamente y como acostumbra a hacer, deja el pantalón de lino blanco colgado en una silla, la camisa de seda y la chaqueta del mismo lino cubriendo el respaldo, los zapatos ordenados uno junto al otro al costado de la cama conteniendo los calcetines, delicadamente enrollados. Es un extraño ritual de orden en medio del desorden de nuestras vidas. Levanta las sábanas y se desliza dentro de la cama. Donna presiente el cuerpo caliente a su espalda. Morris se acerca lentamente hasta la piel de la gringa, se acerca a su cuello y con sus enormes labios, comienza a besarla.

Steve?

Morris no responde. Busca su boca. Ella se gira y en la penumbra sospecha que no es su hombre el que se acostó semidesnudo a su lado.

Steve? You are not Steve!!

Onli guan kis, le replica Morris en su tarzanesco inglés.

No! Go out!

Onli guan kis, Onli guan kis, insiste Morris.

No! STEEEEEEEEVE!!!

–*–

Escucho un grito que proviene de las habitaciones. Los gringos lo han escuchado y logro distraerlos un instante más con mi idiotez.

STEEEEEEEEVE!!! se vuelve a escuchar. Ya nada puedo hacer y sólo consigo seguirlos cuando parten hacia la habitación de Donna. Al fondo del pasillo, veo a Morris pasar corriendo desnudo, con sus ropas en las manos. Cruza velozmente y se encierra en el baño.

Pasan algunos minutos. Se escuchan discusiones en la habitación. Janis y su amante han oído el escándalo y salen a ver qué ocurre. El regresa a acostarse mientras ella hace de mediadora. Morris mientras tanto, encerrado en el baño, debe estar pensando como escapar por la ventana enrejada. Yo, desde el living escucho a Steve diciendo que debe llamar a la policía. Lo imagino rosado de rabia mientras recupero algunos casetes que Janis me había robado antes. Steve se está calmando, no vuelve a salir de la habitación. Janis está junto a la puerta del baño pero dice algo que no alcanzo a entender. Morris sale, ya vestido, digno en su traje blanco. Janis me mira, se ríe con una lejana complicidad y me dice aquella frase que he escuchado demasiadas veces: será mejor que se vayan de aquí.

¿Podemos llevarnos esto? pregunta Morris aludiendo a un par de botellas de pisco cerradas. Janis se ríe sin responder. Morris las toma y salimos a la calle en silencio. Afuera nos espera mi leal Lada Samara. Entramos al auto, pongo las llaves en el contacto pero no lo giro. Escucho el clac característico de la rosca del pisco rompiéndose. Veo el brazo que me extiende la botella, giro la cabeza hasta que nuestras miradas se cruzan y explota la carcajada.

Los Inmortales

Posted by admin on febrero 01, 2010
Prosa, Relatos Biolentos / No Comments

Morris ha muerto. Acaba de llamarme Joan por teléfono y me lo dijo. En principio no lo creí y llamé a su casa para preguntar de qué se trataba. Me contestó una amiga de Lis porque ella no podía hablar. –Tuvo un accidente, está muerto–, me dijo.

Caigo derrotado en la cama y lloro sin pensar. RK Krickberg está en Santiago. Lo llamo. Tampoco él lo puede creer, –Qué hijo de puta–, me dice dando cuenta de su forma de mirar el mundo. Cuelgo y sigo llorando en la cama, ahogado, boca abajo. Tengo veinte años, Morris un par más y hasta hace unos minutos atrás, éramos inmortales.

Recuerdo.

Es uno de los tantos viajes entre Santiago y la costa que hacemos. Voy al volante del Lada. No he dormido en toda la noche y los ojos me pesan. Me duermo en la carretera. Abro los ojos, viene una curva. La tomo. Me vuelvo a dormir. Entre tanto Morris sale del letargo y se percata que voy roncando al volante y a diferencia de lo que haría cualquier otro –despertarme– se acomoda y vuelve a cerrar los ojos. Sabe que nada nos pasará, que –tenemos los gastos pagados–, piensa.

Recuerdo.

Un grupo de cadetes de la escuela militar viaja en la parte de atrás de una camioneta. Es invierno y tienen frío. Lo comentamos. Se dan cuenta. Uno de ellos saca de entre sus ropas una pistola y nos amenaza. Morris hace un ángulo entre su pulgar y su índice y les “dispara” mientras yo piso el acelerador y los pierdo. Sabemos que nada nos pasará, que –tenemos los gastos pagados–, pensamos.

Recuerdo.

Vamos camino al eclipse de sol en Putre. Faltan pocas horas para el eclipse y estamos recién en Chañaral. No tenemos un centavo y nadie nos quiere llevar. En la gasolinera se detiene un bus a cargar. El auxiliar abre el portamaletas, acomoda algunas cosas y deja la puerta abierta. Sin decir una palabra sabemos lo que ambos pensamos. Nos colamos en silencio entre los bultos. Alguien cierra la puerta desde afuera y viajamos toda la noche, justo para llegar a destino un par de horas antes de lo necesario. Mientras comemos las meriendas que alguien echará de menos por la mañana sabemos que nada nos pasará, que –tenemos los gastos pagados–.

Recuerdo.

Durante una redada en un bar nos fumamos un hachís y el rati se despide “cuídado, este lugar es malo”. Mientras él duerme le metemos mano a la mina de nuestro trafica. Sacando la mitad del cuerpo por la ventana del auto le gritamos al paco “estoy volado” y él responde con una sonrisa ingenua el saludo. Convencemos al asaltante que no es buena idea que nos robe, sólo mencionando con fe al “tío”. Sin dinero viajamos, comemos, bebemos, fumamos, amamos, escribimos… está claro, –tenemos los gastos pagados–.

Recojo a RK en casa de su cuñada y parto con él a casa de Morris. Hablamos. Intenta consolarme, ayudarme a comprender. Me pregunta detalles. Mucho no sé. En casa de su novia se ha cortado el gas mientras se duchaba y se ha ahogado. –¿Estás enojado con él? –, me pregunta. Lo pienso. Sí, un poco. Se ha bajado del tren en marcha.

En casa de Morris hay un caos importante. Nadie llora, salvo Cristina, Lis, Miriam y yo, aparte de las lloronas que su abuela ha traído del campo y a quienes se les paga por adelantado para que se larguen. Todos conversan como lo hacen siempre, con una distancia cálida, casi humana. Karina Ponce me detiene en la puerta y con una sonrisa en la boca me pregunta –¿cómo está el yunta? –. Hago algún gesto con las cejas y ella me abraza con sus ciento veinte kilos de humanidad. Siento un calor en el pecho y le agradezco el abrazo que hasta ese momento no había recibido. El día pasa y yo quiero regresar a mi casa. Marcela me pregunta si quiero quedarme con ella. –Gracias, estoy bien, prefiero estar solo–. Javiera hace lo mismo y lo mismo le digo, igual que a María José.

Estoy en mi cuarto. Apago las luces y me meto a la cama. Recuerdo, recuerdo y sigo recordando sin pensar. Las venas de mis sienes están por reventar. Escucho el zumbido del silencio interrumpido por mis latidos. La habitación se ilumina por un resplandor que me enceguece por el instante único en que dura. En voz alta me despido de Morris. Me duermo.

No sé lo que he soñado. Sé que ha sido intenso, pero no podría contarlo porque no lo recuerdo. Tomo mi libreta de apuntes y leo. Dos de junio de 1995, estamos en el Bahal. Hay un instante de silencio en el bar. Morris se entristece. Partimos juntos al baño. –He tenido un satori–, me dice. –Moriré un mes después de mi cumpleaños, el siete de julio–. Al ver en nuestros ojos sabemos que es verdad. –Pasamos a otra etapa, hermano–, –no me voy a despedir de ti en todo caso–, –coincido–, –coincido–. Hasta ahí pude entender lo que había escrito en la libreta garrapateada. Morris ha muerto el diez. Lo había olvidado. Me siento al computador y escribo. Es hora de ir al funeral.

Han llegado unas 500 personas al lugar. A todos los conozco. Es tiempo de despedirme, me acerco al féretro y no reconozco el cadáver. Lo que Morris fue no está ahí. Miriam me hace una señal, es mi turno de hablar. Saco el papel que escribí por la mañana y lo leo:

Un guerrero no teme a la muerte. Un guerrero sabe que la muerte se sienta a su lado izquierdo y lo acaricia a diario sin tocarlo. El guerrero sabe que la muerte sigue sus pasos a la distancia porque a veces ella enciende sus luces.

Hace dos meses la muerte se mostró a Morris y él me lo dijo. Hace dos meses mi hermano anunció que moriría el 7 de julio, un mes después de su cumpleaños. La muerte siente especial predilección por los guerreros. Por eso antes de invitarlos a seguirla les concede un último baile. Dependiendo de su poder personal o de la unidad interna o como queramos llamarlo, los guerreros danzan algunos minutos y otros algunas horas. Mi hermano, como guerrero impecable, danzó 3 días completos.

Hoy te has burlado nuevamente del absurdo como lo hicimos tantas veces. Por eso quiero decirte: Morris, con la más sincera de las alegrías, adiós mi big hermano, te deseo la más grande de las suertes en esta nueva aventura, hasta que nos volvamos a encontrar.

Boto algunas lágrimas y acompaño a todos al crematorio. Camino con Javiera y RK por el cementerio. Por la noche partiremos a Concepción. Siento algo nuevo en el pecho. Poco me importa si a Morris lo mataron por meter demasiado las narices en el negocio sucio de alguien. Poco me importa si decidió largarse y se metió un par de pastillas antes de entrar a la ducha. Poco me importa si tuvo la mala raja de estar en el lugar equivocado el momento inoportuno. Sólo siento que tengo poco tiempo para corregir sus textos y publicarlos. Sólo siento que tengo poco tiempo para vivir y escribir lo que he vivido.

Lo he decidido. Desde ahora, soy mortal.

La Niebla

Posted by admin on febrero 01, 2010
Prosa, Relatos Biolentos / No Comments

Mis expectativas con Marcela se habían visto disminuidas de modo dramático después de que vi algunas fotos de ella haciendo ciertas cosas que antes había jurado jamás iba a hacer. Se justificó, como correspondía hacerlo, con la fuerte necesidad de calzar entre sus nuevos amigos. Aun así, a mí me parecía que vivir una vida equivocada, de uniformes apariencias, no era lo que me deparaba el destino. Por eso, cuando aquella tarde recibí una llamada telefónica de Teresa Nigredo, además de iluminárseme los ojos, no dudé en invitarla a salir esa misma noche.

El motivo de la llamada de Teresa era, por decir lo menos, curioso. Hacía algunos días que veía cierta ondulación en los muros y a figuras antropomorfas salir de éstos. No sé por qué, pero ella supuso que yo sabía de estas cosas y quiso que la aconsejara. Creo que ella se sintió al borde de la locura y yo, en ese tiempo, estaba algo loco.

Nos juntamos y con Gonzalo González fuimos a beber cervezas importadas en el Manifesto. Me contó lo que ocurría, le dije lo que yo pensaba, dejamos a Gonzalo hablando solo con quién sabe qué personaje y nos largamos de ahí, a caminar por la ciudad. Había una niebla maravillosa y espesa que construía un escenario perfecto para los sueños. La iglesia de los Sacramentinos, el Parque Forestal, Plaza Italia, mi auto estacionado a las cinco de la mañana en la puerta de su casa en el barrio Franklin, ella ronroneando entre mis brazos y un primer beso devastador que luego fue cientos al día siguiente y miles esa primera semana en que nos vimos a diario.

Dejé a Marcela con sus nuevos amigos y me embarqué en esta aventura intensa que representaba Teresa. Decidimos, de inmediato, vivir juntos. Exactamente en ese instante, en el momento preciso de aquella decisión, algo comenzó a ir mal. Primero, desapareció algunos días, luego algunos otros y todo el tiempo que tardé en pintar el apartamento en el que viviríamos. La misma noche en que invitando a algunos amigos comenzaríamos ritualmente nuestra vida juntos, ella decidió no estar ahí. Recibí solitario los regalos que nos hacían inventando alguna excusa estúpida. Mientras tanto, ella bebía en un bar cercano. A la madrugada, cuando todos se habían ido, la encontré durmiendo en la puerta de entrada, con el pelo lleno de vómito y la lengua incapaz de reproducir sonidos en castellano.

Y así fue. Un día tras otro y otro más en que regresaba alcoholizada cuando el sol comenzaba a salir, justo antes de que yo me levantase para ir a perder el tiempo trabajando, justo antes de que no existiese posibilidad alguna de encontrarnos, de vernos a la cara, de saber algo del otro.

Y así fue, hasta que sin muchas palabras de por medio, se fue.

II

No sé si fue algún ruido o simplemente la sensación de que algo andaba mal lo que me despertó. De un instante a otro, de estar completamente dormido pasaba a la lucidez absoluta, inmóvil en la cama, ligeramente sobresaltado y con los ojos bien abiertos. Eran las tres de la mañana y la luz de la calle entraba anaranjada por el ventanal. En la puerta vidriada, una silueta. La reconozco y me quedo inmóvil. Reconozco también, en su mano, uno de los cuchillos que Hernán Luna nos regaló el día de la inauguración de nuestro departamento. Abre la puerta con cuidado. La luz de la calle se refleja en la hoja del cuchillo al igual como ocurriría si esto fuese una escena de un thriller B. Tengo la certeza de que viene por mí. Espero en la cama cubierto sólo por la frazada hindú que nos regaló mi abuela. Se acerca más. Está a los pies de la cama. Levanta el cuchillo.

Sin pensarlo me lanzo sobre ella. Forcejeamos. Me muerde. El arma cae y con ella nosotros rodamos por el suelo. Estoy a su espalda, rodeándola con mis brazos, inmovilizándola. Sé que como otras veces intentará engañarme dejando de luchar para que yo la suelte. Es lo que está haciendo pero no pierdo la atención. Pasa un minuto eterno, una hora infinita. Creo que se ha dormido. Me duermo con ella.

En algún momento, entre sueños, la he soltado. Ella está ahora sobre mí. Me lame el rostro y el cuello. Nos besamos y hacemos el amor. Cuando la mañana ha llegado, ella se larga nuevamente y no la vuelvo a ver.

III

Recibo una nueva llamada. Han sido decenas de mensajes en mi contestador, todos violentos, dramáticos, suicidas. Este último decía amigo mío, sólo quería despedirme, adios. Loca de mierda, pienso al escucharlo.

Llego por la mañana a mi casa. Necesito cambiarme de ropa para ir de un trabajo a otro. Abro la puerta del closet, reviso entre los trajes y de entre el terno negro y el gris cae ella. Loca de mierda, pienso al verla en el suelo. No se le ocurrió nada mejor que venir a suicidarse a mi closet. Pienso en que tendré que llamar a la policía, que me harán preguntas, que tendré pesadillas recordando su palidez. Le tomo el pulso. Los latidos están ahí. La respiración sigue ahí. Golpeo sus mejillas y nada. La sacudo y nada. Le lanzo un poco de agua en el rostro y… ah, me había quedado dormida… es que hacía frío y dentro del closet estaba más calentito.

IV

Tengo un inquilino en casa. Es el ex novio de Joan Casanova que buscó refugio en estos lugares. Me viene bien. Paga la mitad del alquiler y me ayuda a mantener alejado a cierto personaje.

Es de madrugada y como tantas veces regreso a casa después de trabajar toda la noche. Paso por la habitación de Hernán, mi inquilino, y ahí está. Dos siluetas acurrucadas en la cama. La de él, duerme plácidamente. La de ella, se levanta un poco para saludarme. Hola, amigo, me dice sonriente.

Es el momento de huir de mi casa.

Crash

Posted by admin on febrero 01, 2010
Prosa, Relatos Biolentos / No Comments

Habíamos decidido juntarnos con Joan Casanova después de su trabajo. No teníamos un plan específico, sólo conversar, beber un par de botellas de vino y luego decidir qué hacer. Llegué al punto de encuentro algunos minutos tarde pero ella aún no aparecía. Compré una lata de cerveza y me senté a mirar como cambiaban los números verdes del reloj de la Sony que está sobre uno de los edificios de la remodelación. Uno tras otro avanzaban los minutos. Se me terminó la cerveza. Joan no aparecía. Pensé en contar las micros. Si la 45 pasa la tomaré. Joan viene caminando rápido. Está hermosa, con el pelo crespo, brillante y suelto. No se ha cambiado la ropa con la que trabaja, parece una elegante ejecutiva. Besa mi mejilla, me da un largo abrazo con su pelvis presionando sobre mi muslo. Se excusa: conoció a una chica que le gustó y se quedó conversando con ella todo lo que pudo. Me pareció bien.

Mientras la esperaba había pensado en que podríamos entrar al cine. Estaban pasando Crash y antes habíamos intentado entrar a verla sin éxito. Yo había leído algunas críticas que destrozaban la película con adjetivos del tipo pervertida o enajenada. Eran adjetivos que me gustaban. Se lo propuse. Compramos la entrada y nos dispusimos a esperar los cuarenta y cinco minutos que faltaban, botella de vino mediante. Así comprenderíamos mejor la película.

El Castillo era la única opción. Yo conocía bien los gustos de Joan y sin preguntarle pedí la botella de vino blanco. Conversamos como lo hacíamos siempre, con el cuerpo echado hacia adelante de la mesa, como susurrando pero con la voz en cuello pasando de la caricia al rugido. Hacía ya un tiempo en que una fuerte complicidad nos había unido. Muchos creían que éramos amantes. Su pareja lo creía pero jamás se habría atrevido a confesar que sentía celos de mí, aunque su actitud, irreprochable, era obvia.

Nuestra complicidad había surgido un par de años atrás, justo después de la muerte de Morris. En ese momento, ella era su amante y sólo un par de personas lo sabíamos. Mientras yo recibía el cariño y la comprensión de los amigos, la cercanía que me consolaba la primera vez que me rozó la muerte, ella estaba sola, sin poder pedir ayuda, sin poder llorar más que a solas. Aquella vez me acerqué a ella para compartir todo lo bueno que había recibido. Ahora ocurría algo similar. Un velo misterioso y mágico nos cubría.

El vino se acabó justo a tiempo para entrar al cine. Lo hicimos. La película comenzó intensa. Escucho a Joan susurrar algo en mi oído. Vuelvo la vista al frente. Una pareja haciendo el amor en un hangar, otra pareja en un estudio. Digo algo en su oído, nos derretimos en las butacas. Ella está tan excitada como yo. Van tres minutos de película. Seguimos hundiéndonos en las sillas de la tercera fila.

Las escenas se suceden. Un accidente de automóviles da pie para que los involucrados terminen cogiendo en un estacionamiento. El esposo de la mujer ha muerto en el accidente, su amante conducía el otro coche. Un experto en accidentes se divierte reproduciendo la muerte de los famosos. Dos mujeres hacen el amor en el asiento trasero de un auto. El protagonista y su pareja hacen el amor y se imaginan siendo penetrados por el experto. Los cuerpos se mutilan, la reconstrucción de la ortopedia los excita. A mí también. Y a Joan.

Estoy al límite del orgasmo. Pienso en meterle mano pero prefiero seguir con la película. Puedo escuchar la excitación en el público y en el tono de los susurros que son nuestros comentarios.

El protagonista y el experto se besan en un coche. El primero recorre todo el cuerpo lleno de cicatrices. Cuando va más abajo de la cintura, la cámara se congela. Pienso en la censura. Están en un cementerio de automóviles. El experto choca con su auto al vehículo en que se refugia el protagonista. Con cada embestida se masturban más fuerte, sin piedad. Un choque más y ambos acaban.

Sigo diciendo cosas a Joan. Ella sigue susurrando en mi oído. Sé que más tarde haremos el amor.

El experto muere en un accidente al tratar de volcar a la mujer del protagonista. Están en busca de una modificación del cuerpo, de una prótesis sobre la prótesis que es el cuerpo mismo. El protagonista vuelca a su mujer en una carretera. Ella está tendida al costado del auto humeante. –Estás bien–, pregunta él. –Creo que sí–, responde ella. –Maybe next time, maybe next time, se dicen en la última escena.

El público se ha puesto rápidamente de pie. Escucho a alguien compartir la crítica que leí en alguna parte. –Qué mala película–. Los créditos corren con la sala a media luz. Quedamos seis personas, dos parejas y dos solitarios. –Parece que les falto beber algo de vino blanco antes de entrar–, me dice Joan. Asiento con una sonrisa. No han comprendido al director.

Paso por el baño a refrescarme. Sin mediar palabra vamos al Castillo por otra de vino. Mil ideas sobre la mesa. Mil locuras sobre la mesa. Le propongo que llame a Hernán Luna, su ex esposo. Ella quisiera ser su amante pero él sólo aceptaría una relación formal. En la barra hay un teléfono. Llama. Él le corta. Bajo la mesa nos acariciamos con las piernas. El vino se acaba lentamente y nos vamos de ahí.

El Samara está estacionado al otro lado de la calle, justo frente a una botillería. Paso a comprar algo. –¿Tiene Dentyne canela? – El mejor antídoto contra el aliento alcohólico. –Dame uno–, me dice Joan. –¿Cómo lo quieres, puede ser de varias maneras? – No entiende mi pregunta. –Así es más peligroso–, digo, y poniendo el chicle entre mis dientes se lo ofrezco. Ella lo toma con cuidado. Los labios apenas se rozan pero una gota de su humedad ha quedado como una marca en mi labio. Puedo sentir el aroma de su saliva

Subimos al auto y sin excusa nos besamos continuando la escena del vino y el cine. –¿Dónde vamos? Ella no responde. Bajamos por Merced, tomamos Santo Domingo y nos detenemos en la puerta del Catacumbas. Ella se baja, negocia con el portero pero queda sólo una hora hasta que cierren y nos echen del lugar. Seguimos por Santo Domingo, pasamos la carretera y bajamos por Rozas. En la esquina de Cummings un motel. Es una buena opción pero no tengo dinero. Ella paga con un cheque. Nos dejan solos en la habitación.

Joan entra al baño. Yo me quito los zapatos y recibo la botella de champaña incluida en el valor. Tengo la botella en la mano cuando ella sale y me besa. La ropa cae velozmente. Llegamos desnudos a la cama, la estoy besando, recorro su piel en extremo suave. Me detengo en su vagina disfrutando su rosada dulzura. Hemos perdido la razón. –Hagamos Crash–, digo. Ella responde que sí.

Me acomodo detrás y la penetro con suavidad. Es un momento que me gusta disfrutar con lentitud. Me muevo rítmicamente durante mucho rato. Ella tiene un orgasmo justo mientras nos susurramos el cómo hacemos el amor con nuestras parejas. Cambiamos de lugar. Sobre mí tiene un nuevo orgasmo. Me besa, baja del cuello al torso y directo al pene. Se queda ahí sólo unos instantes y sube nuevamente.

¿A Teresa le gusta que le chupen las tetas cuando está sobre ti? – me pregunta. –Sí, le encanta que lo haga, respondo. –Házmelo entonces, chúpame las tetas con fuerza, sí, así, más fuerte. Ardemos. Me pongo sobre ella y derramo el champagne en sus tetas. Bebo lo que no alcanza a caer a la cama. Tenemos un nuevo orgasmo. Esta vez, mi semen se derrama en su vagina y lo inunda todo. Ahora gime diferente, más despacio. La estoy conociendo, está satisfecha.

Son las siete de la mañana. Ella debe estar en su trabajo en una hora más. En casa la esperan y no sabemos cómo justificarlo todo. La dejo en la puerta de su departamento. Nos besamos un poco antes de que se baje.

El motor del Lada se esfuerza cuando viajo sobrerrevolucionado por Providencia camino a mi casa. Doblo en Holanda para ver si están aún las putas en la esquina. Intento seguir derecho luchando contra el sueño. Pienso en Joan y en el largo día que le espera. Estoy a punto de dormirme. Los ojos me pesan demasiado y no puedo sostener el volante. Me desvío hacia la izquierda y la rueda golpea el canto de la cuneta. Sin frenar logro controlar el auto. Avanzo unas cuadras más. Los párpados se cierran. El auto se sube a la vereda rápidamente. Cuando me doy cuenta estoy girando, las ruedas chirrean, el auto se detiene a un par de metros de un poste.

Habría sido el final perfecto para esta historia. Una llamada al trabajo de Joan contando que había muerto en un accidente de tránsito.

De Cómo Facebook Arruinó mi Vida

Posted by admin on septiembre 12, 2009
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Cuando tenía unos 15 años, tuve la suerte de tener una novia de esas que todos desean tener. Ella no poseía una belleza tradicional, sino que sus rasgos eran más bien marcados, algo así como una “belleza exótica”. Su metro ochenta de estatura, sus tetas firmes y perfectas, su trasero moldeado bajo los jeans, pero por sobre todo, sus ojos verdes ligeramente orientales y su piel obscenamente blanca, me habían cautivado al punto de sentirme enamorado de ella desde el momento en que la conocí.

Con uno de mis amigos de la época bromeábamos sobre el cómo me había transformado yo en “el imbécil”, porque antes, cada vez que veíamos una chica guapa caminando por la calle junto a un hombre, no tardábamos en decir, o al menos, pensar, “¿cómo es posible que semejante belleza ande con ese imbécil?”. El caso es que gracias a afortunados acontecimientos, al menos en esa ocasión, el imbécil comencé a ser yo.

En el par de meses que duró nuestro romance fui todo lo lento que podía ir a pesar de mis hormonas salpicando por las orejas. Aún así, algunas veces que nos apasionamos un poco más y deslicé sugerentemente mi mano a su culo o insinué un camino hacia sus tetas, fueron excusa suficiente para que me cortara con un “he perdido la confianza en ti”. Era la forma en que se vivía nuestra pacata sexualidad quinceañera a mediados de los ochenta. Y me dejó. Y aunque tardé varios años, varios, en olvidarla, dejé de verla definitivamente a principios de los noventa, cuando yo tenía unos veinte años y ella se acercaba a los dieciocho.

Y así fue, nunca la volví a ver en persona, aunque en estos quince años de ausencia le he dedicado un centenar de pajas. Imaginaba su cuerpo revolcándose bajo el mío o su culo levantado recibiendo mis embistes mientras yo me extasiaba mirando su perfil perfecto con los ojos cerrados y la boca húmeda y jadeante ligeramente abierta. Cuánto placer me regaló el olor imaginario de su entrepierna pegándose a mis barbas, imborrable después de horas de excursión a su pubis cobrizo.

Y así fue, hasta la mañana infeliz en que aún con la taza de café en la mano presioné sobre la condena que sin saberlo aún sería aquel “Confirmar a Paulina Sobarzo como Amigo”. Ansioso, presioné sobre la foto, todavía ambigua, y una docena de latigazos destrozaron el recuerdo. Doce fotos, doce miniaturas que hicieron real el paso del tiempo, que transformaron el recuerdo de esa quinceañera perfecta en una señora gorda, con poco pelo, con la piel suelta por las alzas y bajas de peso. Una a una, doce fotos que me llevaron embriagado por la decadencia, por las estrías, por la grasa de más, por la mirada apagada del fracaso y el miedo.

Desde entonces, mis pajas ya no son las mismas.

Olivier

Posted by admin on mayo 22, 2009
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Olivier se sienta a la mesa y come con la mirada perdida mientras su amiga, tan íntima, le cuenta el secreto que ha guardado estas semanas. Tendremos un hijo, le dice con un aliento a pollo frito que no es de ella sino del local donde se encuentran. Olivier sigue con la mirada perdida mientras su amiga, tan íntima, sonríe con nerviosismo esperando que él se detenga en sus ojos o pronuncie una sentencia o simplemente se ponga de pie y se marche. Es un hombre me dijo el ginecólogo, y se va a parecer a ti, agrego yo. Olivier mastica y mastica porque sabe que alguna vez llenó la matriz cuando el placer lo abandonaba sabiendo que olería a pollo frito en algún local del futuro. Olivier mastica y traga porque sabe que esa, tan íntima su amiga, es tan frágil como él y no soportará saber que él nunca bajó del bus que lo llevaba esa tarde camino a la maternidad.

Las Tejas

Posted by admin on mayo 21, 2009
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Claudio, la mujer que buscas no la encontrarás jamás, porque la mujer que buscas eres tú.

Instante

Posted by admin on mayo 21, 2009
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Miro alrededor y estás tú, a mi costado, esperando el instante preciso, el momento mágico en que me mires y digas con los ojos que sí y tu amiga y mi amiga se queden ambas con las bocas abiertas cuando salgamos por la puerta. Entre palabras, entre escucharte y escucharme, puedo saber que también lo sabes y que la ingenua realidad se marea entre uno y otro litro de cerveza porque jamás, y digo jamás, tú y yo haremos lo que realmente quisimos hacer en ese instante que se perdió irreversible en el tiempo. Sólo sé que ahora, mientras escribo estas breves líneas que serán mi recuerdo de tu rostro de niña, estarás soñando que un desconocido te besa justo después de tomar tu mano y salir junto a ti a la fría calle.