La Primera Vez

Las Prietas

Posted by admin on enero 12, 2011
La Primera Vez, Prosa / No Comments

Había esperado todo el año por ese momento. Sus amigas me lo habían confirmado, me diría que sí cuando le pidiera pololeo. La situación sería perfecta y volvería el lunes a clases con ella tomada de la mano. Tenía todo el día para descansar y prepararme para la fiesta de aniversario de nuestro colegio, arreglar algún detalle o sentarme a ver televisión todo el día sobre la camisa amasada para que se acentuaran sus arrugas. A medio censurar pasaban los clips por la pantalla mientras me la imaginaba bailando como hacían esos fetiches gringos. En eso estaba cuando mi abuela me llama a almorzar.

En la mesa me espera el plato del día, prietas con puré. Las devoré, con el goce ansioso de quien ha descubierto su sabor oxidado sólo un par de semanas atrás. Quedaba una prieta guacha en la olla y me la zampé sin preguntar si alguien quería compartirla. El festín surtió su efecto y saltándome el postre me fui a dormir.

Desperté cuando oscurecía. La fiesta empezaba a las 8, tenía aún un par de horas para prepararme. Me senté en la cama con algo de dificultad y ocurrió por primera vez. Un flato  hediondo a prieta. Puta, se me está repitiendo la prieta, pensé. Esperé un poco. Antes de ponerme de pie, otro flato más hediondo que el primero, y con un pequeño chorrito de jugo gástrico quemándome la garganta. Mierda,  definitivamente se me está repitiendo la prieta.

Sintiendo el peso en el estómago me preparé para salir. La camisa estaba perfecta, el cuero incrustado en los jeans iba a matar. Y claro, sin calcetines, aunque me cagara de frío. Agarré una tira de antiácidos del botiquín y me tragué uno. Poco después de las 8 estaba saliendo de casa camino al colegio. Pasé a recoger a Pez y nos fuimos caminando despacio entre los blocks de la villa.

La fiesta estaba fome. El gimnasio estaba medio vacío y los grupos caminaban de un lado a otro buscándose. Pez se fue a bailar con una compañera. Carlos Ruz me golpeo el hombro. Cáchate esta, me dijo. Lo miré avanzar hacia los parlantes y meter la cabeza en la salida de aire de uno. Aguantó unos segundos y la sacó con cara de enfermo. Apuesto que no puedes hacerlo, me dijo. No me interesaba tampoco. Sentí el flato que venía y lo retuve. Agarré otra tableta y la mastiqué.

Sobre una gradería estaba la Tere. Hablaba, si es que podía escuchar algo, con un grupo de amigas de su curso. Agarré a Carlos y le dije que fuéramos. Reclamó un poco pero fuimos hasta ellas. En el camino nos agarró Antonio Rozas. Nos mostró el cuello de la botella dentro de su chaqueta. Había entrado una de pisco. Nos desviamos para comprar tres vasos de bebida, botamos la mitad y preparamos la piscola. Las chicas seguían en el mismo lugar. Repartimos besos para saludar y ofrecimos el brebaje. Tere tomó un poco y sus amigas también. Estaba ansioso. Vamos a bailar. Salimos a la pista.

Faltaban 10 minutos para las doce. La primera tanda de lentos era a las doce en punto. Tenía dos canciones por delante antes de que pudiera abrazarla y besarla en la oscuridad. Ella sonríe todo el tiempo, sabe lo que planeo y está de acuerdo. Falta sólo una canción y siento el rumor en mi estómago. Debo ir urgente al baño o me cago en los pantalones. Le pido perdón y salgo corriendo hacia los camarines. Mientras el chorro maloliente no para de salir, escucho como pasa el último tema lento y con ello mi primera opción. Mientras digo adiós al pañuelo que llevaba al cuello pienso que no todo es tan malo, que tengo una nueva opción en una hora más.

Salgo del baño y las chicas siguen ahí, igual que Carlos y Antonio. Ya están medio borrachos y todos nos reímos con sus estupideces. Una chica regresa con dos vasos más de bebida, la repartimos entre los vasos vacíos y preparamos las piscolas. Alguien dice que tengamos cuidado, que anda un profesor cerca y nos van a suspender. No me importa, necesito valor para acercarme más a Tere y mantenerla entretenida todo este tiempo eterno. Ya estoy medio borracho cuando faltan diez minutos para la una. Es el momento, vamos de regreso a la pista. Se ríe, como antes, sabiendo lo que hago. Un silencio, se apagan las luces y sólo queda el giro de los espejos multiplicando el chorro de luz. La tomo de la cintura, ella se cuelga de mis hombros y bailamos un instante abrazados con las cabezas una junto a la otra. Me cuesta decidirme pero lo hago. Me pongo frente a ella mirando sus ojos pardo. La voy a besar pero siento el flato avanzando lentamente por el esófago. Se detiene en mi garganta y se queda ahí un instante, sólo un instante antes de pasar a mi boca. Aguanto la respiración pensando en que el olor se va a absorber de alguna manera en mis mucosas. Ella me mira ansiosa, esperando. Lentamente voy soltando la respiración por la nariz. Ella hace un gesto extraño, luego una mueca de asco y finalmente el giro de su cara y el alejarse veloz de su cuerpo. Con la mano en la boca me mira desconcertada negando con la cabeza ante de salir llorando hacia el baño.

Carlos y Antonio miraban la escena. Debía salvar mi honor de alguna manera. Se enojó porque le toqué el poto, les dije mientras me empinaba el último vaso de piscola.

La Primera Vez

Posted by admin on diciembre 12, 2010
La Primera Vez / No Comments

Llegamos donde el Pelado junto a varios amigos. Recorrimos el largo camino que había entre la reja de calle y su casa, como siempre, riéndonos de cualquier estupidez. A diferencia de otras oportunidades, el Pelado no se reía con nosotros. Al llegar a su casa supimos por qué. En el patio, asoleándose,  con una enorme mancha café en el centro, su colchón. Cuando lo vimos, bajó la cabeza y esperó las burlas. Llegaron de inmediato: ¡Te cagaste, Pelado!

Después que la tormenta se detuvo, el Pelado, con la mirada todavía baja, nos contó lo que le había pasado:

–Anoche me quedé con la Ale después de la fiesta–, nos dijo introductorio.

La Alejandra era su polola, a la que como a toda quinceañera de los ochenta, no había podido meter mano, ni otra cosa, aún. Llevaban varios meses juntos y a lo sumo había llegado a conquistar algo de sus tetas.

–Estaba medio curada y nos vinimos con su hermana a la casa. Cuando veníamos llegando pasaron unos locos en un auto y nos gritaron “échate una cacha con dos”.

La Alejandra, que es enferma de cuica, les gritó el peor insulto que pudo articular en ese momento: “rotos”. Llegaron a la casa y la hermana, casi cómplice, se acostó en otra habitación y los dejó compartir la cama. El Pelado, enfermo de caliente, empezó a meter mano a su polola, que a esta altura, estaba ya dañada por la borrachera. No importa, pensó. Soltó los botones de la blusa y descubrió bajo los sostenes los pezoncitos que varias veces había podido chupar. Con dificultad, por el peso muerto de la mina, logró separar el broche trasero del sostén. Liberó las tetas y las besó sin que su novia soltara gemido alguno. Aprovechándose de la circunstancia, soltó el botón del jeans. Nunca antes lo habían dejado llegar tan lejos. Con cuidado deslizó el cierre y con la misma o incluso más dificultad de la que tuvo con el sostén, pudo desplazar el pantalón, primero hasta las rodillas, y con un poco más de esfuerzo, hasta que pasara entre los pies. Se detuvo a mirarla sólo un instante. Faltaba quitarle el calzón. Quizás porque era más pequeño y flexible o porque en las maniobras anteriores se había expertizado, casi sin dificultad lo tuvo entre sus manos. Como un aprendiz de fetichista, buscó el lugar de la tela que se impregna con los jugos y lo olió. Sólo faltaba acometer el delito final.

El Pelado se puso sobre Alejandra y con el pene hinchado la penetró. Le dolió un poco porque, obviamente, ella no estaba preparada.  De todas formas se dio cuenta que le había mentido: no era virgen.

La embistió una tiempo y otro más. Era la segunda vez que estaba dentro de una mina, pero la primera en que no tenía que pagar. La inexperiencia era absoluta. Sin darse cuenta acabó dentro de Alejandra y se derrumbó sobre ella. Intentó besarla pero ella no respondió. Se quedó así, quieto, inmóvil, hasta que ella lanzó un pequeño gemido.

El Pelado la miró esperando que despertara, pero nada. Luego otro pequeño gemido, y más tarde un peo. Él se rió. Luego otro peo y varios más. Hasta que el olor lo inundó todo. La mina se había cagado.

Cuando el Pelado se dio cuenta, era demasiado tarde. La pudridera casi líquida impregnaba las sábanas, el colchón, la ropa que se había desparramado por todas partes. El Pelado, todavía penetrándola con el pene fláccido, recibió también buena parte del churrete. Como pudo se limpió con la sábana y avergonzado fue a pedirle ayuda a la hermana.

Alejandra no ayudó en la limpieza porque seguía casi inconsciente. Por la mañana, muerta de vergüenza, partió con su hermana hacia su gueto precordillerano.

El Pelado terminó el relato. Nosotros estábamos mudos. El colchón seguía ahí intencionalmente. Era cierto. Se habían cagado en su cama y en su verga, pero más importante que eso era que se nos había adelantado a todos en tirarse a la polola.

Espiritu Deportivo

Posted by admin on junio 01, 2010
La Primera Vez, Prosa / 2 Comments

Debo reconocer que a los 10 años era un gordito poco agraciado. No tanto como a los 6, cuando recién venía saliendo de aquel demencial tratamiento hormonal al que me sometió el matasanos en cuyas manos había caído. Aquel medicucho pensó que si me llenaba de testosterona intramuscular iba a lograr que mis cocos bajaran desde su ovárica posición al lugar donde todo macho los lleva bien puestos. No le resultó el experimento y aparte de dejarme transformado en un monstruo mórbido, me amenazó dos veces con su bisturí en el quirófano. Por suerte, esas veces si tuvo éxito, como pude comprobar años más tarde.

El caso es que a los 10, si bien había perdido gran parte del sobrepeso, aún no era, precisamente, un atleta. En esa oportunidad, mi profesor de educación física fue claro. Había un grupo que no era apto para la revista de gimnasia, aquella muestra militarizada del uniforme encubierto de los ochenta. Después de seleccionarnos y llevarnos al frente de la sala le dijo al curso como si emulara al dictador, ––Señores, este grupo de jóvenes ensuciaría la presentación de fin de año, así que hemos decidido eximirlos de la revista, si alguien cree que está en la misma condición que levante la mano, como premio a la honestidad le vamos a poner un siete este semestre–. No fue honesto, mi nota final fue un cuatro. Así, junto al puñado de quienes levantaron la mano por miedo o flojera y de un par de asmáticos o sobreprotegidos, nos transformamos ese semestre en los eximidos.

Todas las semanas, en las horas de educación física, estábamos obligados a cambiarnos la ropa aunque no tocáramos el bastoncito estúpido, émulo de la luma policial, con que nuestros compañeros hacían toda clase de gimnásticas figuras. Nos quedábamos aburridos en las gradas, combatiendo el aburrimiento mirando las piernas y las tetas que aún no crecían en nuestras compañeritas. Así, tedio tras tedio hasta que el guatón Eugenio lo dijo. –El bastón parece un pico–. Lo dijo y desde que lo hizo, algo cambió, cada figura, cada movimiento de las niñas era una incitación al placer. Lo dijo, y desde que lo hizo, la calentura creció en nuestra púber entrepierna. Hasta que volvió a decirlo. –Vamos a pajearnos a los camarines–.

Desde ese día y durante cada clase de educación física del año, mientras nuestros compañeros desarrollaban la destreza con el bastón, nosotros desarrollábamos la destreza con el falo. Al comienzo, una simple paja colectiva del variopinto grupo. Después, alguna apuesta nos llevó a la sofisticación. Primero, la distancia, 7, 8, 9 baldosas. Después, gracias al tubo milimetrado que nos robamos del laboratorio, la cantidad, 4, 5, 6 centímetros cúbicos de placer.

Así todo el semestre hasta que un día entró al camarín uno de los gordos que hacía de profesor. No dijo nada, pero la imagen debe haber quedado impregnada en su retina: media docena de gorditos tras la línea de tiza, un par de debiluchos escondidos tras los lentes, todos, desnudos eyaculando con fuerza para batir la antigua marca. El mismo Eugenio con un cuaderno registrando las distancias. Una celebración después de lograrlo. El más puro espíritu deportivo desplegado. El profe no dijo nada. Después de que lo vimos dio la vuelta y cagados de susto nos vestimos. No volvimos a reunirnos para competir congelados por el miedo a la sanción que se venía. Nunca llegó. Los profes estaban demasiado concentrados en su propia competencia.