Había esperado todo el año por ese momento. Sus amigas me lo habían confirmado, me diría que sí cuando le pidiera pololeo. La situación sería perfecta y volvería el lunes a clases con ella tomada de la mano. Tenía todo el día para descansar y prepararme para la fiesta de aniversario de nuestro colegio, arreglar algún detalle o sentarme a ver televisión todo el día sobre la camisa amasada para que se acentuaran sus arrugas. A medio censurar pasaban los clips por la pantalla mientras me la imaginaba bailando como hacían esos fetiches gringos. En eso estaba cuando mi abuela me llama a almorzar.
En la mesa me espera el plato del día, prietas con puré. Las devoré, con el goce ansioso de quien ha descubierto su sabor oxidado sólo un par de semanas atrás. Quedaba una prieta guacha en la olla y me la zampé sin preguntar si alguien quería compartirla. El festín surtió su efecto y saltándome el postre me fui a dormir.
Desperté cuando oscurecía. La fiesta empezaba a las 8, tenía aún un par de horas para prepararme. Me senté en la cama con algo de dificultad y ocurrió por primera vez. Un flato hediondo a prieta. Puta, se me está repitiendo la prieta, pensé. Esperé un poco. Antes de ponerme de pie, otro flato más hediondo que el primero, y con un pequeño chorrito de jugo gástrico quemándome la garganta. Mierda, definitivamente se me está repitiendo la prieta.
Sintiendo el peso en el estómago me preparé para salir. La camisa estaba perfecta, el cuero incrustado en los jeans iba a matar. Y claro, sin calcetines, aunque me cagara de frío. Agarré una tira de antiácidos del botiquín y me tragué uno. Poco después de las 8 estaba saliendo de casa camino al colegio. Pasé a recoger a Pez y nos fuimos caminando despacio entre los blocks de la villa.
La fiesta estaba fome. El gimnasio estaba medio vacío y los grupos caminaban de un lado a otro buscándose. Pez se fue a bailar con una compañera. Carlos Ruz me golpeo el hombro. Cáchate esta, me dijo. Lo miré avanzar hacia los parlantes y meter la cabeza en la salida de aire de uno. Aguantó unos segundos y la sacó con cara de enfermo. Apuesto que no puedes hacerlo, me dijo. No me interesaba tampoco. Sentí el flato que venía y lo retuve. Agarré otra tableta y la mastiqué.
Sobre una gradería estaba la Tere. Hablaba, si es que podía escuchar algo, con un grupo de amigas de su curso. Agarré a Carlos y le dije que fuéramos. Reclamó un poco pero fuimos hasta ellas. En el camino nos agarró Antonio Rozas. Nos mostró el cuello de la botella dentro de su chaqueta. Había entrado una de pisco. Nos desviamos para comprar tres vasos de bebida, botamos la mitad y preparamos la piscola. Las chicas seguían en el mismo lugar. Repartimos besos para saludar y ofrecimos el brebaje. Tere tomó un poco y sus amigas también. Estaba ansioso. Vamos a bailar. Salimos a la pista.
Faltaban 10 minutos para las doce. La primera tanda de lentos era a las doce en punto. Tenía dos canciones por delante antes de que pudiera abrazarla y besarla en la oscuridad. Ella sonríe todo el tiempo, sabe lo que planeo y está de acuerdo. Falta sólo una canción y siento el rumor en mi estómago. Debo ir urgente al baño o me cago en los pantalones. Le pido perdón y salgo corriendo hacia los camarines. Mientras el chorro maloliente no para de salir, escucho como pasa el último tema lento y con ello mi primera opción. Mientras digo adiós al pañuelo que llevaba al cuello pienso que no todo es tan malo, que tengo una nueva opción en una hora más.
Salgo del baño y las chicas siguen ahí, igual que Carlos y Antonio. Ya están medio borrachos y todos nos reímos con sus estupideces. Una chica regresa con dos vasos más de bebida, la repartimos entre los vasos vacíos y preparamos las piscolas. Alguien dice que tengamos cuidado, que anda un profesor cerca y nos van a suspender. No me importa, necesito valor para acercarme más a Tere y mantenerla entretenida todo este tiempo eterno. Ya estoy medio borracho cuando faltan diez minutos para la una. Es el momento, vamos de regreso a la pista. Se ríe, como antes, sabiendo lo que hago. Un silencio, se apagan las luces y sólo queda el giro de los espejos multiplicando el chorro de luz. La tomo de la cintura, ella se cuelga de mis hombros y bailamos un instante abrazados con las cabezas una junto a la otra. Me cuesta decidirme pero lo hago. Me pongo frente a ella mirando sus ojos pardo. La voy a besar pero siento el flato avanzando lentamente por el esófago. Se detiene en mi garganta y se queda ahí un instante, sólo un instante antes de pasar a mi boca. Aguanto la respiración pensando en que el olor se va a absorber de alguna manera en mis mucosas. Ella me mira ansiosa, esperando. Lentamente voy soltando la respiración por la nariz. Ella hace un gesto extraño, luego una mueca de asco y finalmente el giro de su cara y el alejarse veloz de su cuerpo. Con la mano en la boca me mira desconcertada negando con la cabeza ante de salir llorando hacia el baño.
Carlos y Antonio miraban la escena. Debía salvar mi honor de alguna manera. Se enojó porque le toqué el poto, les dije mientras me empinaba el último vaso de piscola.
