Prosa

Introducción a Antología del Realismo Cuático

Posted by admin on abril 09, 2011
Antologia del Realismo Cuatico, Editoriales / 1 Comment

EL SURGIMIENTO DEL REALISMO CUÁTICO

En 1994, durante una conversación con Mauricio Valenzuela, pensamos en algunos acontecimientos que habían ocurrido durante la última semana. Divagamos sobre la posibilidad de contarlos a otros y llegamos a la conclusión que no era posible. ¿Qué era lo que había que ocultar, lo que había que proteger? Curiosamente, lo que estaba en juego era nuestra credibilidad. Aquello que había ocurrido estaba por encima de la lógica humana, partes de lo que podríamos contar haría, inmediatamente, que nos tacharan de cuenteros. Y aunque de alguna manera era cierto porque, particularmente, yo era cuentero mientras él era, preferentemente, versero, hicimos una especie de pacto para relatar los sucesos: había que suavizar las historias para que se hiciesen creíbles, aún en desmedro de la misma realidad. Bajo esa lógica comenzamos a contar y escribir lo sucedido.

Casi una década más tarde, a fines de 2001, navegando por la red encontré ciertos documentos fundacionales de cierto realismo cuántico chilensis. Como conocía al autor de esos textos y creía que la intención de un escritor al publicar era, además de ser leído, ser comentado, redacté una breve carta a la que llamé “el realismo cuático”. Lamentablemente, y como la mayoría de las cosas que ocurren en Chile, mi acto comunicativo falló. El texto fue entendido como una ofensa, un insulto para con quienes “se atreven a proponer algo”. En ese contexto escribí  el segundo de los textos, en el que intenté explicar mis dichos. Tuvo una mejor acogida que el primero, y, más tarde, después de algunos breves mensajes, dejamos de escribirnos.

Pasaron varios meses hasta que noté que, sin darme cuenta, había sido “protagonista” de la “querella entre los cuánticos y los cuáticos”. Aparte de la risa que eso me dio, decidí reestructurar el texto y volver a publicarlo bajo el nombre de “Primer Manifiesto del Realismo Cuático”, cosa que ocurrió finalmente en noviembre de 2003. Publiqué también el “Segundo Manifiesto”, que no era más que la larga carta que le había enviado a este amigo cuántico en respuesta a su enojo, carta que, de pasadita, corregí para que fuera más coherente con el concepto que ya comenzaba a vislumbrar: esa tensión entre la realidad y la verosimilitud que tiene por campo de batalla a nuestro cerebro. No contento con eso, decidí redactar el  “Tercer Manifiesto”, que estuvo listo y publicado una semana más tarde.

En ese tercer manifiesto, que surge, al igual que el concepto inicial, de una conversación, esta vez, con Alejandro Moreau, intento dejar más claro de qué se trata esta cosa, medio informe, del realismo cuático: “todo aquel que se aferra a la realidad porque siente que su vivencia, su cotidiano hacer se desgarra en lo que la lógica mercantil llama verdad, verosimilitud, coherencia, autenticidad, e incluso, con la soberbia desbordando por las orejas, realidad; ese, ha entrado en los dominios del realismo cuático”. “Queremos ser escritores realistas, nos gusta el mundo, creemos en la materia, afirmamos incluso que es la manifestación más pura del espíritu, por eso y porque no queremos que tu cerebro o el nuestro explote, le daremos una última oportunidad en el texto, haremos verosímil lo que para la lógica mundana no lo es, seremos cagones porque dejaremos el vuelo y las alas desplegados en nuestro recuerdo mientras te contamos sobre los aviones”.

Pasó otra media década hasta que conocí a Marcelo Valdés, el poeta rockstar. Esa vez, después de escuchar sus “hits” coreados por media audiencia, nos fuimos a recorrer la noche y de cerveza en cerveza, de perro muerto en perro muerto, nos fuimos enterando del insoportable paralelismo en que habían transcurrido nuestras vidas. Como escribí en el prólogo a su “Al revés de los Cristianos”: “Sin habernos topado previamente hemos estado en los mismos lugares, conocido a las mismas personas y entregado a los mismos delirios rockeros, poéticos y políticos, con igual pasión. Escribimos sobre los mismos temas y construimos una poética equivalente, al punto de haber escrito, simultáneamente, -insisto, sin habernos topado antes- nuestros “Manifiesto del Realismo Cuático”.

Las fechas de publicación eran, además, casi idénticas. El “Primer Manifiesto” yo lo publiqué, como tal, en noviembre de 2003, mientras que él lo había hecho un mes más tarde. Resultaba evidente, desde el otro lado, desde el cristal akásico, al otro lado de la hebra que habíamos agarrado, alguien nos sacaba la lengua.

Hemos querido hacer esta compilación de textos de amigos desde esa óptica, sin la pretensión de quien quiere fundarse –porque nos estamos fundando a diario, de lo contrario, en estos tiempos oscuros se hace imposible sobrevivir- sino con el interés de quien quiere sumar. Hicimos correr estos manifiestos de mano en mano y a quien quisiera sumarse, le abrimos las puertas. El resultado, creemos, está a la vista. Lo que eso signifique, ni cagando es nuestra responsabilidad.

 

Adrián Barahona D.
Santiago, 8 de abril de 2011

 

Orgías Amargas, por Patricia Espinosa

Posted by admin on febrero 11, 2011
Noticias, Relatos Biolentos / No Comments

Publicado en Las Ultimas Noticias, viernes 4 de febrero de 2011

Las Prietas

Posted by admin on enero 12, 2011
La Primera Vez, Prosa / No Comments

Había esperado todo el año por ese momento. Sus amigas me lo habían confirmado, me diría que sí cuando le pidiera pololeo. La situación sería perfecta y volvería el lunes a clases con ella tomada de la mano. Tenía todo el día para descansar y prepararme para la fiesta de aniversario de nuestro colegio, arreglar algún detalle o sentarme a ver televisión todo el día sobre la camisa amasada para que se acentuaran sus arrugas. A medio censurar pasaban los clips por la pantalla mientras me la imaginaba bailando como hacían esos fetiches gringos. En eso estaba cuando mi abuela me llama a almorzar.

En la mesa me espera el plato del día, prietas con puré. Las devoré, con el goce ansioso de quien ha descubierto su sabor oxidado sólo un par de semanas atrás. Quedaba una prieta guacha en la olla y me la zampé sin preguntar si alguien quería compartirla. El festín surtió su efecto y saltándome el postre me fui a dormir.

Desperté cuando oscurecía. La fiesta empezaba a las 8, tenía aún un par de horas para prepararme. Me senté en la cama con algo de dificultad y ocurrió por primera vez. Un flato  hediondo a prieta. Puta, se me está repitiendo la prieta, pensé. Esperé un poco. Antes de ponerme de pie, otro flato más hediondo que el primero, y con un pequeño chorrito de jugo gástrico quemándome la garganta. Mierda,  definitivamente se me está repitiendo la prieta.

Sintiendo el peso en el estómago me preparé para salir. La camisa estaba perfecta, el cuero incrustado en los jeans iba a matar. Y claro, sin calcetines, aunque me cagara de frío. Agarré una tira de antiácidos del botiquín y me tragué uno. Poco después de las 8 estaba saliendo de casa camino al colegio. Pasé a recoger a Pez y nos fuimos caminando despacio entre los blocks de la villa.

La fiesta estaba fome. El gimnasio estaba medio vacío y los grupos caminaban de un lado a otro buscándose. Pez se fue a bailar con una compañera. Carlos Ruz me golpeo el hombro. Cáchate esta, me dijo. Lo miré avanzar hacia los parlantes y meter la cabeza en la salida de aire de uno. Aguantó unos segundos y la sacó con cara de enfermo. Apuesto que no puedes hacerlo, me dijo. No me interesaba tampoco. Sentí el flato que venía y lo retuve. Agarré otra tableta y la mastiqué.

Sobre una gradería estaba la Tere. Hablaba, si es que podía escuchar algo, con un grupo de amigas de su curso. Agarré a Carlos y le dije que fuéramos. Reclamó un poco pero fuimos hasta ellas. En el camino nos agarró Antonio Rozas. Nos mostró el cuello de la botella dentro de su chaqueta. Había entrado una de pisco. Nos desviamos para comprar tres vasos de bebida, botamos la mitad y preparamos la piscola. Las chicas seguían en el mismo lugar. Repartimos besos para saludar y ofrecimos el brebaje. Tere tomó un poco y sus amigas también. Estaba ansioso. Vamos a bailar. Salimos a la pista.

Faltaban 10 minutos para las doce. La primera tanda de lentos era a las doce en punto. Tenía dos canciones por delante antes de que pudiera abrazarla y besarla en la oscuridad. Ella sonríe todo el tiempo, sabe lo que planeo y está de acuerdo. Falta sólo una canción y siento el rumor en mi estómago. Debo ir urgente al baño o me cago en los pantalones. Le pido perdón y salgo corriendo hacia los camarines. Mientras el chorro maloliente no para de salir, escucho como pasa el último tema lento y con ello mi primera opción. Mientras digo adiós al pañuelo que llevaba al cuello pienso que no todo es tan malo, que tengo una nueva opción en una hora más.

Salgo del baño y las chicas siguen ahí, igual que Carlos y Antonio. Ya están medio borrachos y todos nos reímos con sus estupideces. Una chica regresa con dos vasos más de bebida, la repartimos entre los vasos vacíos y preparamos las piscolas. Alguien dice que tengamos cuidado, que anda un profesor cerca y nos van a suspender. No me importa, necesito valor para acercarme más a Tere y mantenerla entretenida todo este tiempo eterno. Ya estoy medio borracho cuando faltan diez minutos para la una. Es el momento, vamos de regreso a la pista. Se ríe, como antes, sabiendo lo que hago. Un silencio, se apagan las luces y sólo queda el giro de los espejos multiplicando el chorro de luz. La tomo de la cintura, ella se cuelga de mis hombros y bailamos un instante abrazados con las cabezas una junto a la otra. Me cuesta decidirme pero lo hago. Me pongo frente a ella mirando sus ojos pardo. La voy a besar pero siento el flato avanzando lentamente por el esófago. Se detiene en mi garganta y se queda ahí un instante, sólo un instante antes de pasar a mi boca. Aguanto la respiración pensando en que el olor se va a absorber de alguna manera en mis mucosas. Ella me mira ansiosa, esperando. Lentamente voy soltando la respiración por la nariz. Ella hace un gesto extraño, luego una mueca de asco y finalmente el giro de su cara y el alejarse veloz de su cuerpo. Con la mano en la boca me mira desconcertada negando con la cabeza ante de salir llorando hacia el baño.

Carlos y Antonio miraban la escena. Debía salvar mi honor de alguna manera. Se enojó porque le toqué el poto, les dije mientras me empinaba el último vaso de piscola.

La Primera Vez

Posted by admin on diciembre 12, 2010
La Primera Vez / No Comments

Llegamos donde el Pelado junto a varios amigos. Recorrimos el largo camino que había entre la reja de calle y su casa, como siempre, riéndonos de cualquier estupidez. A diferencia de otras oportunidades, el Pelado no se reía con nosotros. Al llegar a su casa supimos por qué. En el patio, asoleándose,  con una enorme mancha café en el centro, su colchón. Cuando lo vimos, bajó la cabeza y esperó las burlas. Llegaron de inmediato: ¡Te cagaste, Pelado!

Después que la tormenta se detuvo, el Pelado, con la mirada todavía baja, nos contó lo que le había pasado:

–Anoche me quedé con la Ale después de la fiesta–, nos dijo introductorio.

La Alejandra era su polola, a la que como a toda quinceañera de los ochenta, no había podido meter mano, ni otra cosa, aún. Llevaban varios meses juntos y a lo sumo había llegado a conquistar algo de sus tetas.

–Estaba medio curada y nos vinimos con su hermana a la casa. Cuando veníamos llegando pasaron unos locos en un auto y nos gritaron “échate una cacha con dos”.

La Alejandra, que es enferma de cuica, les gritó el peor insulto que pudo articular en ese momento: “rotos”. Llegaron a la casa y la hermana, casi cómplice, se acostó en otra habitación y los dejó compartir la cama. El Pelado, enfermo de caliente, empezó a meter mano a su polola, que a esta altura, estaba ya dañada por la borrachera. No importa, pensó. Soltó los botones de la blusa y descubrió bajo los sostenes los pezoncitos que varias veces había podido chupar. Con dificultad, por el peso muerto de la mina, logró separar el broche trasero del sostén. Liberó las tetas y las besó sin que su novia soltara gemido alguno. Aprovechándose de la circunstancia, soltó el botón del jeans. Nunca antes lo habían dejado llegar tan lejos. Con cuidado deslizó el cierre y con la misma o incluso más dificultad de la que tuvo con el sostén, pudo desplazar el pantalón, primero hasta las rodillas, y con un poco más de esfuerzo, hasta que pasara entre los pies. Se detuvo a mirarla sólo un instante. Faltaba quitarle el calzón. Quizás porque era más pequeño y flexible o porque en las maniobras anteriores se había expertizado, casi sin dificultad lo tuvo entre sus manos. Como un aprendiz de fetichista, buscó el lugar de la tela que se impregna con los jugos y lo olió. Sólo faltaba acometer el delito final.

El Pelado se puso sobre Alejandra y con el pene hinchado la penetró. Le dolió un poco porque, obviamente, ella no estaba preparada.  De todas formas se dio cuenta que le había mentido: no era virgen.

La embistió una tiempo y otro más. Era la segunda vez que estaba dentro de una mina, pero la primera en que no tenía que pagar. La inexperiencia era absoluta. Sin darse cuenta acabó dentro de Alejandra y se derrumbó sobre ella. Intentó besarla pero ella no respondió. Se quedó así, quieto, inmóvil, hasta que ella lanzó un pequeño gemido.

El Pelado la miró esperando que despertara, pero nada. Luego otro pequeño gemido, y más tarde un peo. Él se rió. Luego otro peo y varios más. Hasta que el olor lo inundó todo. La mina se había cagado.

Cuando el Pelado se dio cuenta, era demasiado tarde. La pudridera casi líquida impregnaba las sábanas, el colchón, la ropa que se había desparramado por todas partes. El Pelado, todavía penetrándola con el pene fláccido, recibió también buena parte del churrete. Como pudo se limpió con la sábana y avergonzado fue a pedirle ayuda a la hermana.

Alejandra no ayudó en la limpieza porque seguía casi inconsciente. Por la mañana, muerta de vergüenza, partió con su hermana hacia su gueto precordillerano.

El Pelado terminó el relato. Nosotros estábamos mudos. El colchón seguía ahí intencionalmente. Era cierto. Se habían cagado en su cama y en su verga, pero más importante que eso era que se nos había adelantado a todos en tirarse a la polola.

Relatos Biolentos a la venta en Librerías

Posted by admin on octubre 01, 2010
Noticias, Relatos Biolentos / No Comments

Ya se encuentra a la venta el Bolumen 1 de Relatos Biolentos. Lo pueden encontrar en la Librería La Ciudad Letrada o en los eventos de la Polla Literaria o Radio Manini.

Lanzamiento de Relatos Biolentos

Posted by admin on septiembre 02, 2010
Eventos, Relatos Biolentos / No Comments

Como parte del Kabaret Demential organizado por la Compañía de Teatro Aéreo Dementia Praecox, La Polla Literaria estará lanzando el libro de Adrián Barahona, Relatos Biolentos, Bolumen 1. Habrá una intervención audiovisual con el texto “Inn Outt Hotel”, además de otras intervenciones de diversas compañías como Deliria, Bufo, Mendicantes y la misma Dementia Praecox.

La cita es en el Trolley, San Martín 841, este viernes 3 de septiembre a las 21 horas.

Espiritu Deportivo

Posted by admin on junio 01, 2010
La Primera Vez, Prosa / 2 Comments

Debo reconocer que a los 10 años era un gordito poco agraciado. No tanto como a los 6, cuando recién venía saliendo de aquel demencial tratamiento hormonal al que me sometió el matasanos en cuyas manos había caído. Aquel medicucho pensó que si me llenaba de testosterona intramuscular iba a lograr que mis cocos bajaran desde su ovárica posición al lugar donde todo macho los lleva bien puestos. No le resultó el experimento y aparte de dejarme transformado en un monstruo mórbido, me amenazó dos veces con su bisturí en el quirófano. Por suerte, esas veces si tuvo éxito, como pude comprobar años más tarde.

El caso es que a los 10, si bien había perdido gran parte del sobrepeso, aún no era, precisamente, un atleta. En esa oportunidad, mi profesor de educación física fue claro. Había un grupo que no era apto para la revista de gimnasia, aquella muestra militarizada del uniforme encubierto de los ochenta. Después de seleccionarnos y llevarnos al frente de la sala le dijo al curso como si emulara al dictador, ––Señores, este grupo de jóvenes ensuciaría la presentación de fin de año, así que hemos decidido eximirlos de la revista, si alguien cree que está en la misma condición que levante la mano, como premio a la honestidad le vamos a poner un siete este semestre–. No fue honesto, mi nota final fue un cuatro. Así, junto al puñado de quienes levantaron la mano por miedo o flojera y de un par de asmáticos o sobreprotegidos, nos transformamos ese semestre en los eximidos.

Todas las semanas, en las horas de educación física, estábamos obligados a cambiarnos la ropa aunque no tocáramos el bastoncito estúpido, émulo de la luma policial, con que nuestros compañeros hacían toda clase de gimnásticas figuras. Nos quedábamos aburridos en las gradas, combatiendo el aburrimiento mirando las piernas y las tetas que aún no crecían en nuestras compañeritas. Así, tedio tras tedio hasta que el guatón Eugenio lo dijo. –El bastón parece un pico–. Lo dijo y desde que lo hizo, algo cambió, cada figura, cada movimiento de las niñas era una incitación al placer. Lo dijo, y desde que lo hizo, la calentura creció en nuestra púber entrepierna. Hasta que volvió a decirlo. –Vamos a pajearnos a los camarines–.

Desde ese día y durante cada clase de educación física del año, mientras nuestros compañeros desarrollaban la destreza con el bastón, nosotros desarrollábamos la destreza con el falo. Al comienzo, una simple paja colectiva del variopinto grupo. Después, alguna apuesta nos llevó a la sofisticación. Primero, la distancia, 7, 8, 9 baldosas. Después, gracias al tubo milimetrado que nos robamos del laboratorio, la cantidad, 4, 5, 6 centímetros cúbicos de placer.

Así todo el semestre hasta que un día entró al camarín uno de los gordos que hacía de profesor. No dijo nada, pero la imagen debe haber quedado impregnada en su retina: media docena de gorditos tras la línea de tiza, un par de debiluchos escondidos tras los lentes, todos, desnudos eyaculando con fuerza para batir la antigua marca. El mismo Eugenio con un cuaderno registrando las distancias. Una celebración después de lograrlo. El más puro espíritu deportivo desplegado. El profe no dijo nada. Después de que lo vimos dio la vuelta y cagados de susto nos vestimos. No volvimos a reunirnos para competir congelados por el miedo a la sanción que se venía. Nunca llegó. Los profes estaban demasiado concentrados en su propia competencia.

Prólogo, El Bio-lento ritmo de Adrián Barahona, por Marcelo Valdés

Posted by admin on febrero 01, 2010
Prosa, Relatos Biolentos / No Comments

Relatos Bio-lentos, el nuevo libro de Adrián Barahona Diéguez, viene a profundizar, a mi entender, la estética de lo que algunos hemos denominado “realismo cuático”; existe un sabor, una textura e imágenes suficientemente ionizadas en estos relatos como para reivindicar la dinámica de un estilo que poco a poco hace su asomo, traspasando las cortinas subterráneas de la literatura chilena.

Los relatos que aquí aparecen en cierta forma y en buena hora vienen a entregar un aire de oxigenación al ordenamiento actual del género narrativo de nuestras criollas letras. Nombres como Simonetti, Lemebel, Franz, Fuguet, Contreras, Rivera Letelier, Zambra, entre algunos otros, son los mismos que vienen acaparando la audiencia del público lector desde ya hace varios años y es, asimismo, como dicha situación fue reiteradamente descrita por el crítico Ignacio Valente hace poco más de una década atrás. El actual escenario viene siendo el mismo y salvo unas pocas nuevas figuras que no han logrado mayor trascendencia son las que se han sumado timidamente al colectivo de este cosmos narrativo.

Es por esta razón que dentro de esta perspectiva los relatos bio-lentos resultan ser la conformación de un libro atractivo de conocer y descubrir para los lectores.

Los personajes que acá aparecen, y de los cuales muchos se van repitiendo a lo largo de este, son vehículos cargados de personalidades fuertes y definidas, llenos de magnetismo y pasión, constituyendo la formación, en definitiva, de un estilo narrativo sincopado, a ratos coloquial y repleto de intensidad.

Se suceden lugares y pequeños guiños a episodios históricos que forman parte de nuestro imaginario y, específicamente, de nuestro Santiago. Si bien (como afirma el propio autor en su presentación) muchos de estos relatos pudiesen parecernos ingenuos y predecibles, no resta méritos que su lectura fresca y rejuvenecedora nos pueda transportar en la lucidez de su trasmisión a poder representarla fácilmente en  guiones para cortometrajes o libretos para puestas en escenas teatrales, como en el ameno y audaz relato con el cual comienza el libro “INN-OUTT HOTEL”, en donde una pareja vive una peculiar situación junto al administrador y a los pasajeros de un motel de mala muerte, o en el erotismo desenfrenado de “LA PIZZA DE MARIA JOSÉ”, o la serie de situaciones vividas en el “ZAPPA..TO” juego de palabras perfecto para el incidente creado a partir de un zapato arrojado al techo del protagonista y la música de Frank Zappa.

En Barahona, abunda un estilo escuetamente sucio, metropolitano y moderno.Abunda el diseño, el rock, el teatro, el vértigo, cierto pop art, el beat. La fuerza constructiva de su obra me hace apreciar en ella a un escritor como Francisco Massiani, con esa arquitectura cruzada por el torbellino de los hombres.

Adrián Barahona, quien dice en “SPLEEN SANTIAGO” que “la poesía era su nueva militancia”; lleva intrínsecamente en sí una secreta y urbana poesía que hacen la mística y la alquimia de toda su obra y de su vida.

Desconozco ciertamente cuánto de realidad y de ficción habrá en los relatos, y cuánto de esa cuota de realidad pueda conformar la propia experiencia de su autor. También desconozco si debemos agradecerle al destino, en cierta, medida, la pérdida involuntaria de los escritos más recientes del autor, ya que de no haber sido por este accidente “cuático”, no podríamos sumergirnos hoy en la génesis de su literatura y su esencia. Asimismo, creo justo indicar que tenemos en nuestro amigo escritor, un ser mucho más complejo de lo que se nos muestra, y por esta razón es que, seguramente, tiene mucho más que enseñarnos en sus próximas publicaciones.

Relatos Bio-lentos probablemente sería el orgullo de otro escritor llamado Mauricio Valenzuela y que hoy no nos acompaña en los bares, nuestras radios locas y el frenesí de nuestra vanguardista editorial pero si esta de alguna forma presente a lo largo de estas paginas.

Kerouac dijo alguna vez: “Enamórate de tu existencia, escribe para ti mismo, recogido, asombrado, vive tu memoria y asómbrate”.

En nombre de la intensidad que vivirá en estas páginas, de esa magia, de gritos y bares, de amigos y amores, de cerveza y lujuria, de esa manía de vivir coléricamente, es que invito a todos sumergirse y caminar en la urbe de estas vehementes fiestas con la sola advertencia que, una vez dentro de ellas, difícilmente podrán volver a salir y a lo menos fuera de esos dominios misteriosos del realismo cuático.

Marcelo Valdés

Santiago de Chile, 20 de junio de 2010.

Introducción

Posted by admin on febrero 01, 2010
Prosa, Relatos Biolentos / No Comments

Pero el hombre que acecha con ojos de tigre aún no pierde esa libertad de soñar y de volar que no puede fundarse ni refundarse porque la llevamos en los huesos y en la genética misma y retorcida del desenfreno. Son esas las garras que rasgan los tapices y las pieles y aún beben directo la sangre de los corazones. Ellos son los que forjan la cultura transformándose en símbolo, en mito y aún en ritual desesperado.

Debe ser porque secretamente nunca creímos en la religión de la física y por cierto, nunca pensamos que volar debería de ser seguro.

Extracto del Primer Manifiesto del Realismo Cuático, junio 2003

Hay veces en que un accidente nos empuja a realizar actos sublimes, como en la historia del increíble Hulk, en la que la madre de un chico podía levantar sin problemas un vehículo que lo estaba aplastando. En este caso, la falla del disco duro que contenía la totalidad de mi producción literaria fue el equivalente a una sobredosis de rayos gamma. Al perder, espero que no definitivamente, casi todo el trabajo posterior al año 2002, empecé a releer estos escritos antiguos y decidí ordenarlos y presentarlos como la primera entrega del volumen que planifiqué cuando los escribí y que hoy, como un homenaje al libro que Mauricio Valenzuela no terminó, titulo Relatos Bio–Lentos.

Sé que son, en muchos casos, ingenuos y predecibles, ensayos de escritura. Aún así, algo de lo que encierran, aunque lo intente, no podré reproducir jamás. Fueron escritos en caliente, con el recuerdo vivo –en la mente y en el corazón– de los sucesos que relatan. Hay ficcionalización de algunos hechos… aunque si lo pienso mejor, dudo si esa ficcionalización se produjo al escribir o se produce ahora, al recordar. La respuesta no la conozco aunque he elegido creer que necesitamos modificar nuestros recuerdos para hacerlos más verosímiles con el modelo de persona que creemos ser en el presente, para darle un pequeño respiro a nuestra conciencia demasiado torturada por la inconsistencia de nuestro hacer cotidiano.

A pesar de lo anterior, he seguido escribiendo intentando mantener un cierto vínculo con la realidad, relación que se consuma sin problemas en la misma proporción en la que se consuma la verosimilitud de mi propia vida. Estoy seguro que esa posibilidad, cuática y no cuántica, está dada por el extraño cruce que se produce entre mi tiempo y mi espacio, bastante atípico gracias al caos–mos en que sumergí mi vida, la síntesis pagana entre la magia y la ciencia, los dominios del realismo cuático.

Si la intuición fuera, como lo piensa Bergson, el proceso a partir del cual encontramos las diferencias, como entre los colores, la distancia a la que convergen desde la luz blanca; y si el ciclo de la explosión creativa del universo fuese repetitivo, un eterno retorno; podríamos pensar que es la diferencia entre un ciclo y otro lo que gatilla el registro de intuición clarividente en nuestras vidas.

Si tenemos  acceso a un fragmento de la realidad, ampliado en el contacto con otros fragmentos que se comunican humanamente con nosotros; si  tengo un “recuerdo” de lo ocurrido; la frecuencia e intensidad de mis intuiciones clarividentes es proporcional al campo ampliado de mi conciencia intersectado con las diferencias entre este ciclo y su anterior.

Si soy “tomado” por la intuición tengo la posibilidad de modificar el curso de los acontecimientos, me encuentro en la frontera de la posibilidad, el punto preciso en que puedo desviar aquella milésima de grado la historia y transformar la cualidad de mi existencia y la de mi campo ampliado de existencia. Puedo ser “otro” en la medida en que mis “recuerdos del futuro”, mis predicciones, fracasen.

Agradezco, entonces, al accidente que me obligó a mirar hacia atrás y dar término a este proceso forjado entre 1991 y 1997, la última cuaterna de mi primera doble rota.

Adrián Barahona

  1. 3 de agosto de 2008

Inn Outt Hotel

Posted by admin on febrero 01, 2010
Prosa, Relatos Biolentos / No Comments

Habíamos llegado a la puerta del hotel. Una pareja se nos adelantó y tocó el timbre antes que nosotros. La puerta la abrió el mismo vejete de la semana anterior, cuando descubrimos el lugar: una noche en un motel por 990 pesos. No era lujoso, no era limpio, no estaba sanitizado ni desratizado y con suerte las sábanas eran cambiadas una vez por semana. Era sí, mejor que pasar la noche en la calle, hacer el amor en un parque y amanecer resfriado por el rocío de la mañana que te había empapado.

La primera pareja entró y el viejo nos miró con cierta desconfianza. –No quedan habitaciones–, dijo.

Yo me había acostumbrado a no aceptar respuestas negativas de ningún empleado de cualquier cosa. Todos te dirán que el trámite no se puede hacer si les representa un mínimo de esfuerzo adicional.

Queremos una habitación por la noche–, insistí.

La respuesta del viejo fue la misma, aunque menos tajante. Está cediendo, pensé.

Pero algo se podrá hacer–, aseguré con la certeza de que el tipo comprendería que seguir discutiendo conmigo le reportaría más trabajo que “hacer el trámite”.

Está bien. Pueden pasar a la sala y esperar a que se desocupe una habitación. Varias se desocupan en 1 hora más–, respondió resignado.

Entramos triunfales por el arco de la puerta. Sonreí cuando cruzábamos el pasillo rumbo al cuarto que el hombre llamaba sala. Nos invitó a sentarnos frente a la televisión y la encendió. Puso una cinta en el vídeo y nos quedamos mirando la porno.

A los dos minutos se puso de pie. Dijo algunas cosas graciosas y comprendí algo sobre su filiación sexual. Se fue y regresó en segundos.

Había olvidado que tengo una habitación desocupada atrás, pasen por acá–, indicó.

Corrimos una cortina gruesa y pesada, caminamos por un patio antiguo lleno de puertas y nos mostró la habitación.

Era peor que la última vez. La puerta medio caída, el water junto a la cama, una palangana oxidada para lavarse y por encima de todo un gran forado en medio del techo amenazaba con tirar encima de nosotros los restos que aún se sostenían inexplicablemente.

Aceptamos. Entregué al encargado los 1000 pesos, cerramos la puerta levantando un costado y pusimos las chaquetas y bolsos en una silla. Nos besamos un poco antes de que el tipo volviera con los 10 pesos de vuelto y una bandeja con dos minúsculos vasos de licor de menta. –Buenas noches–, dijimos todos cuando se fue.

Janis se tendió sobre la cama y comenzamos a acariciarnos y besarnos. Lentamente la ropa fue cayendo a los costados hasta que quedamos desnudos y moviéndonos con suavidad, frotándonos el cuerpo.

Pasé de besar su boca a besar su cuello, de ahí hasta sus pechos donde estuve mucho rato concentrado. Gemíamos cada vez con más fuerza y entrecortadamente, cada vez más excitados. Ardiendo.

Lentamente dejé sus pezones y comencé a dibujar un hilo de saliva… hasta el ombligo, un poco más abajo… otro poco más y estaba besando su vagina como nunca lo había hecho antes. Jugué con sus labios, los separé, descubrí su clítoris.

Pasaron varios minutos y me encontraba ensimismado en la labor. Ella pedía que siguiera haciéndolo, más fuerte, con más presión de la lengua. Entonces fue cuando gritó.

No escuché el grito la primera vez. No quise escucharlo o preferí pensar que se trataba de una expresión del placer en el que estábamos sumidos. Mi ilusión duró poco. Janis se sienta en la cama y me coge del pelo para que le preste atención.

Mira ahí, por favor, mira eso–, dijo sollozando.

Giré la cabeza, miré hacia arriba y lo vi. Justo en el forado del techo estaba el más grande de los ratones que había visto en mucho tiempo. Por lo menos 40 centímetros de cabeza a cola. Me puse de pie y me acerqué un poco. El ratón me miró a los ojos, puedo asegurar que me miró a los ojos, y de un salto se descolgó de su refugio hasta caer al suelo y esconderse ahora bajo la cama.

La cama no era precisamente una cama. Era más bien una construcción de madera y cemento empotrada en el piso, con muchas grietas y huecos por todos lados. Mi pareja estaba histérica sobre la silla. Levante el colchón y no encontré nada. Revisé por todos lados y no encontré nada.

Espera un poco aquí, voy a buscar al encargado–, le dije a Janis.

Ella asintió con un movimiento de cabeza. No creo que hubiese podido hacer algo más.

Encontré al tipo en la sala. Veía su porno tranquilamente mientras bebía algún elixir alcohólico. Sentí un olor extraño en el lugar, un olor muy penetrante que impregnaba los muros. Tuve una imagen terrorífica: un gran caldero lleno de semen en el que eran hervidos los clientes disconformes…

Oiga amigo, tenemos un huésped en nuestro cuarto–, bromeé.

No le entiendo–, dijo.

Hay una rata durmiendo en nuestra cama. Quiero que nos cambie el cuarto–.

Usted sabe que no tengo más piezas. En todo caso la situación me aterra. Tengo mucho miedo a las ratas, ¿sabe?–.

Mire. Tendremos que hacer algo porque ya es muy tarde y no podemos irnos. Vamos a matar al ratón. Usted me ayudará–.

Es que me dan mucho miedo… espere, voy a pedir algo de ayuda–.

El tipo no me permitió hacer nada, cuando ya había tocado a todas las puertas que daban al patio. En dos o tres minutos les había explicado a media docena de tipos semidesnudos que asesinaríamos la rata, aunque muchos de ellos lo habrían asesinado a él. Repartió escobas y palos mientras algunas mujeres salían de los cuartos a curiosear. Cubiertas con una sábana, una camisa o cualquier cosa empezaban a conversar entre ellas.

Nuestra legión avanzó hacia mi cuarto. Janis se unió al grupo de mujeres. Levantamos el colchón nuevamente sin obtener mejores resultados. Revisamos las grietas y las hendiduras y nuestro amigo no se asomaba. Entonces uno de los tipos llamó nuestra atención. Se trataba de un corte de 20 centímetros en el colchón. –Por ahí se introdujo el muy canalla–, dijo.

Lo que siguió debió ser filmado. Apaleamos el colchón con furia durante diez minutos. Con cada golpe saltaba un poco más del polvo acumulado en la lana durante quizás cuánto tiempo. Con cada golpe la habitación se transformaba más y más en un escenario de sueños. Casi no podíamos vernos las caras.

Parecía que el ratón nunca se había metido al colchón. Tal vez estaba entre las sábanas, acurrucado en medio de las frazadas disfrutando de la tibieza mientras nosotros nos acercábamos al surrealismo con nuestra paliza. El encargado se cansó de apalear. Tras él un tipo flaco de lentes lo imitó y se apoyó contra el muro. Más tarde un tercero y luego todos descansábamos. El polvo se disipaba del ambiente.

Conversábamos animadamente y nos reíamos de la estúpida situación. El viejo dueño de casa llegó con una bandejita cromada con varios vasos de licor de menta. Los bebimos de un trago sentados en el colchón que reposaba en el suelo. Reíamos cuando veloz, por entre nuestras piernas pasa el descarado ratón. Sube por una viga caída, se cuelga entre unos pedazos de cielo y se para a observarnos discretamente.

Un par de segundos y alguien reaccionó. No alcanzó a atacarlo cuando el ratón desapareció en la oscuridad. Todos volvieron a sus cuartos frustrados.

Janis y yo esperamos el amanecer despiertos. No hicimos el amor aquella noche y partimos rápidamente del hotel por la mañana. En la puerta nos cruzamos con una de las parejas de la noche anterior quienes se despidieron cordialmente.

Estoy seguro que antes de desaparecer el ratón me miró a los ojos. Puedo asegurar que me miró a los ojos… con lástima. Durante un tiempo, Janis y yo volvimos a disfrutar del rocío de la mañana.