Llegamos donde el Pelado junto a varios amigos. Recorrimos el largo camino que había entre la reja de calle y su casa, como siempre, riéndonos de cualquier estupidez. A diferencia de otras oportunidades, el Pelado no se reía con nosotros. Al llegar a su casa supimos por qué. En el patio, asoleándose, con una enorme mancha café en el centro, su colchón. Cuando lo vimos, bajó la cabeza y esperó las burlas. Llegaron de inmediato: ¡Te cagaste, Pelado!
Después que la tormenta se detuvo, el Pelado, con la mirada todavía baja, nos contó lo que le había pasado:
–Anoche me quedé con la Ale después de la fiesta–, nos dijo introductorio.
La Alejandra era su polola, a la que como a toda quinceañera de los ochenta, no había podido meter mano, ni otra cosa, aún. Llevaban varios meses juntos y a lo sumo había llegado a conquistar algo de sus tetas.
–Estaba medio curada y nos vinimos con su hermana a la casa. Cuando veníamos llegando pasaron unos locos en un auto y nos gritaron “échate una cacha con dos”.
La Alejandra, que es enferma de cuica, les gritó el peor insulto que pudo articular en ese momento: “rotos”. Llegaron a la casa y la hermana, casi cómplice, se acostó en otra habitación y los dejó compartir la cama. El Pelado, enfermo de caliente, empezó a meter mano a su polola, que a esta altura, estaba ya dañada por la borrachera. No importa, pensó. Soltó los botones de la blusa y descubrió bajo los sostenes los pezoncitos que varias veces había podido chupar. Con dificultad, por el peso muerto de la mina, logró separar el broche trasero del sostén. Liberó las tetas y las besó sin que su novia soltara gemido alguno. Aprovechándose de la circunstancia, soltó el botón del jeans. Nunca antes lo habían dejado llegar tan lejos. Con cuidado deslizó el cierre y con la misma o incluso más dificultad de la que tuvo con el sostén, pudo desplazar el pantalón, primero hasta las rodillas, y con un poco más de esfuerzo, hasta que pasara entre los pies. Se detuvo a mirarla sólo un instante. Faltaba quitarle el calzón. Quizás porque era más pequeño y flexible o porque en las maniobras anteriores se había expertizado, casi sin dificultad lo tuvo entre sus manos. Como un aprendiz de fetichista, buscó el lugar de la tela que se impregna con los jugos y lo olió. Sólo faltaba acometer el delito final.
El Pelado se puso sobre Alejandra y con el pene hinchado la penetró. Le dolió un poco porque, obviamente, ella no estaba preparada. De todas formas se dio cuenta que le había mentido: no era virgen.
La embistió una tiempo y otro más. Era la segunda vez que estaba dentro de una mina, pero la primera en que no tenía que pagar. La inexperiencia era absoluta. Sin darse cuenta acabó dentro de Alejandra y se derrumbó sobre ella. Intentó besarla pero ella no respondió. Se quedó así, quieto, inmóvil, hasta que ella lanzó un pequeño gemido.
El Pelado la miró esperando que despertara, pero nada. Luego otro pequeño gemido, y más tarde un peo. Él se rió. Luego otro peo y varios más. Hasta que el olor lo inundó todo. La mina se había cagado.
Cuando el Pelado se dio cuenta, era demasiado tarde. La pudridera casi líquida impregnaba las sábanas, el colchón, la ropa que se había desparramado por todas partes. El Pelado, todavía penetrándola con el pene fláccido, recibió también buena parte del churrete. Como pudo se limpió con la sábana y avergonzado fue a pedirle ayuda a la hermana.
Alejandra no ayudó en la limpieza porque seguía casi inconsciente. Por la mañana, muerta de vergüenza, partió con su hermana hacia su gueto precordillerano.
El Pelado terminó el relato. Nosotros estábamos mudos. El colchón seguía ahí intencionalmente. Era cierto. Se habían cagado en su cama y en su verga, pero más importante que eso era que se nos había adelantado a todos en tirarse a la polola.
