Debo reconocer que a los 10 años era un gordito poco agraciado. No tanto como a los 6, cuando recién venía saliendo de aquel demencial tratamiento hormonal al que me sometió el matasanos en cuyas manos había caído. Aquel medicucho pensó que si me llenaba de testosterona intramuscular iba a lograr que mis cocos bajaran desde su ovárica posición al lugar donde todo macho los lleva bien puestos. No le resultó el experimento y aparte de dejarme transformado en un monstruo mórbido, me amenazó dos veces con su bisturí en el quirófano. Por suerte, esas veces si tuvo éxito, como pude comprobar años más tarde.
El caso es que a los 10, si bien había perdido gran parte del sobrepeso, aún no era, precisamente, un atleta. En esa oportunidad, mi profesor de educación física fue claro. Había un grupo que no era apto para la revista de gimnasia, aquella muestra militarizada del uniforme encubierto de los ochenta. Después de seleccionarnos y llevarnos al frente de la sala le dijo al curso como si emulara al dictador, ––Señores, este grupo de jóvenes ensuciaría la presentación de fin de año, así que hemos decidido eximirlos de la revista, si alguien cree que está en la misma condición que levante la mano, como premio a la honestidad le vamos a poner un siete este semestre–. No fue honesto, mi nota final fue un cuatro. Así, junto al puñado de quienes levantaron la mano por miedo o flojera y de un par de asmáticos o sobreprotegidos, nos transformamos ese semestre en los eximidos.
Todas las semanas, en las horas de educación física, estábamos obligados a cambiarnos la ropa aunque no tocáramos el bastoncito estúpido, émulo de la luma policial, con que nuestros compañeros hacían toda clase de gimnásticas figuras. Nos quedábamos aburridos en las gradas, combatiendo el aburrimiento mirando las piernas y las tetas que aún no crecían en nuestras compañeritas. Así, tedio tras tedio hasta que el guatón Eugenio lo dijo. –El bastón parece un pico–. Lo dijo y desde que lo hizo, algo cambió, cada figura, cada movimiento de las niñas era una incitación al placer. Lo dijo, y desde que lo hizo, la calentura creció en nuestra púber entrepierna. Hasta que volvió a decirlo. –Vamos a pajearnos a los camarines–.
Desde ese día y durante cada clase de educación física del año, mientras nuestros compañeros desarrollaban la destreza con el bastón, nosotros desarrollábamos la destreza con el falo. Al comienzo, una simple paja colectiva del variopinto grupo. Después, alguna apuesta nos llevó a la sofisticación. Primero, la distancia, 7, 8, 9 baldosas. Después, gracias al tubo milimetrado que nos robamos del laboratorio, la cantidad, 4, 5, 6 centímetros cúbicos de placer.
Así todo el semestre hasta que un día entró al camarín uno de los gordos que hacía de profesor. No dijo nada, pero la imagen debe haber quedado impregnada en su retina: media docena de gorditos tras la línea de tiza, un par de debiluchos escondidos tras los lentes, todos, desnudos eyaculando con fuerza para batir la antigua marca. El mismo Eugenio con un cuaderno registrando las distancias. Una celebración después de lograrlo. El más puro espíritu deportivo desplegado. El profe no dijo nada. Después de que lo vimos dio la vuelta y cagados de susto nos vestimos. No volvimos a reunirnos para competir congelados por el miedo a la sanción que se venía. Nunca llegó. Los profes estaban demasiado concentrados en su propia competencia.
