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Prólogo, El Bio-lento ritmo de Adrián Barahona, por Marcelo Valdés

Posted by admin on febrero 01, 2010
Prosa, Relatos Biolentos / No Comments

Relatos Bio-lentos, el nuevo libro de Adrián Barahona Diéguez, viene a profundizar, a mi entender, la estética de lo que algunos hemos denominado “realismo cuático”; existe un sabor, una textura e imágenes suficientemente ionizadas en estos relatos como para reivindicar la dinámica de un estilo que poco a poco hace su asomo, traspasando las cortinas subterráneas de la literatura chilena.

Los relatos que aquí aparecen en cierta forma y en buena hora vienen a entregar un aire de oxigenación al ordenamiento actual del género narrativo de nuestras criollas letras. Nombres como Simonetti, Lemebel, Franz, Fuguet, Contreras, Rivera Letelier, Zambra, entre algunos otros, son los mismos que vienen acaparando la audiencia del público lector desde ya hace varios años y es, asimismo, como dicha situación fue reiteradamente descrita por el crítico Ignacio Valente hace poco más de una década atrás. El actual escenario viene siendo el mismo y salvo unas pocas nuevas figuras que no han logrado mayor trascendencia son las que se han sumado timidamente al colectivo de este cosmos narrativo.

Es por esta razón que dentro de esta perspectiva los relatos bio-lentos resultan ser la conformación de un libro atractivo de conocer y descubrir para los lectores.

Los personajes que acá aparecen, y de los cuales muchos se van repitiendo a lo largo de este, son vehículos cargados de personalidades fuertes y definidas, llenos de magnetismo y pasión, constituyendo la formación, en definitiva, de un estilo narrativo sincopado, a ratos coloquial y repleto de intensidad.

Se suceden lugares y pequeños guiños a episodios históricos que forman parte de nuestro imaginario y, específicamente, de nuestro Santiago. Si bien (como afirma el propio autor en su presentación) muchos de estos relatos pudiesen parecernos ingenuos y predecibles, no resta méritos que su lectura fresca y rejuvenecedora nos pueda transportar en la lucidez de su trasmisión a poder representarla fácilmente en  guiones para cortometrajes o libretos para puestas en escenas teatrales, como en el ameno y audaz relato con el cual comienza el libro “INN-OUTT HOTEL”, en donde una pareja vive una peculiar situación junto al administrador y a los pasajeros de un motel de mala muerte, o en el erotismo desenfrenado de “LA PIZZA DE MARIA JOSÉ”, o la serie de situaciones vividas en el “ZAPPA..TO” juego de palabras perfecto para el incidente creado a partir de un zapato arrojado al techo del protagonista y la música de Frank Zappa.

En Barahona, abunda un estilo escuetamente sucio, metropolitano y moderno.Abunda el diseño, el rock, el teatro, el vértigo, cierto pop art, el beat. La fuerza constructiva de su obra me hace apreciar en ella a un escritor como Francisco Massiani, con esa arquitectura cruzada por el torbellino de los hombres.

Adrián Barahona, quien dice en “SPLEEN SANTIAGO” que “la poesía era su nueva militancia”; lleva intrínsecamente en sí una secreta y urbana poesía que hacen la mística y la alquimia de toda su obra y de su vida.

Desconozco ciertamente cuánto de realidad y de ficción habrá en los relatos, y cuánto de esa cuota de realidad pueda conformar la propia experiencia de su autor. También desconozco si debemos agradecerle al destino, en cierta, medida, la pérdida involuntaria de los escritos más recientes del autor, ya que de no haber sido por este accidente “cuático”, no podríamos sumergirnos hoy en la génesis de su literatura y su esencia. Asimismo, creo justo indicar que tenemos en nuestro amigo escritor, un ser mucho más complejo de lo que se nos muestra, y por esta razón es que, seguramente, tiene mucho más que enseñarnos en sus próximas publicaciones.

Relatos Bio-lentos probablemente sería el orgullo de otro escritor llamado Mauricio Valenzuela y que hoy no nos acompaña en los bares, nuestras radios locas y el frenesí de nuestra vanguardista editorial pero si esta de alguna forma presente a lo largo de estas paginas.

Kerouac dijo alguna vez: “Enamórate de tu existencia, escribe para ti mismo, recogido, asombrado, vive tu memoria y asómbrate”.

En nombre de la intensidad que vivirá en estas páginas, de esa magia, de gritos y bares, de amigos y amores, de cerveza y lujuria, de esa manía de vivir coléricamente, es que invito a todos sumergirse y caminar en la urbe de estas vehementes fiestas con la sola advertencia que, una vez dentro de ellas, difícilmente podrán volver a salir y a lo menos fuera de esos dominios misteriosos del realismo cuático.

Marcelo Valdés

Santiago de Chile, 20 de junio de 2010.

Introducción

Posted by admin on febrero 01, 2010
Prosa, Relatos Biolentos / No Comments

Pero el hombre que acecha con ojos de tigre aún no pierde esa libertad de soñar y de volar que no puede fundarse ni refundarse porque la llevamos en los huesos y en la genética misma y retorcida del desenfreno. Son esas las garras que rasgan los tapices y las pieles y aún beben directo la sangre de los corazones. Ellos son los que forjan la cultura transformándose en símbolo, en mito y aún en ritual desesperado.

Debe ser porque secretamente nunca creímos en la religión de la física y por cierto, nunca pensamos que volar debería de ser seguro.

Extracto del Primer Manifiesto del Realismo Cuático, junio 2003

Hay veces en que un accidente nos empuja a realizar actos sublimes, como en la historia del increíble Hulk, en la que la madre de un chico podía levantar sin problemas un vehículo que lo estaba aplastando. En este caso, la falla del disco duro que contenía la totalidad de mi producción literaria fue el equivalente a una sobredosis de rayos gamma. Al perder, espero que no definitivamente, casi todo el trabajo posterior al año 2002, empecé a releer estos escritos antiguos y decidí ordenarlos y presentarlos como la primera entrega del volumen que planifiqué cuando los escribí y que hoy, como un homenaje al libro que Mauricio Valenzuela no terminó, titulo Relatos Bio–Lentos.

Sé que son, en muchos casos, ingenuos y predecibles, ensayos de escritura. Aún así, algo de lo que encierran, aunque lo intente, no podré reproducir jamás. Fueron escritos en caliente, con el recuerdo vivo –en la mente y en el corazón– de los sucesos que relatan. Hay ficcionalización de algunos hechos… aunque si lo pienso mejor, dudo si esa ficcionalización se produjo al escribir o se produce ahora, al recordar. La respuesta no la conozco aunque he elegido creer que necesitamos modificar nuestros recuerdos para hacerlos más verosímiles con el modelo de persona que creemos ser en el presente, para darle un pequeño respiro a nuestra conciencia demasiado torturada por la inconsistencia de nuestro hacer cotidiano.

A pesar de lo anterior, he seguido escribiendo intentando mantener un cierto vínculo con la realidad, relación que se consuma sin problemas en la misma proporción en la que se consuma la verosimilitud de mi propia vida. Estoy seguro que esa posibilidad, cuática y no cuántica, está dada por el extraño cruce que se produce entre mi tiempo y mi espacio, bastante atípico gracias al caos–mos en que sumergí mi vida, la síntesis pagana entre la magia y la ciencia, los dominios del realismo cuático.

Si la intuición fuera, como lo piensa Bergson, el proceso a partir del cual encontramos las diferencias, como entre los colores, la distancia a la que convergen desde la luz blanca; y si el ciclo de la explosión creativa del universo fuese repetitivo, un eterno retorno; podríamos pensar que es la diferencia entre un ciclo y otro lo que gatilla el registro de intuición clarividente en nuestras vidas.

Si tenemos  acceso a un fragmento de la realidad, ampliado en el contacto con otros fragmentos que se comunican humanamente con nosotros; si  tengo un “recuerdo” de lo ocurrido; la frecuencia e intensidad de mis intuiciones clarividentes es proporcional al campo ampliado de mi conciencia intersectado con las diferencias entre este ciclo y su anterior.

Si soy “tomado” por la intuición tengo la posibilidad de modificar el curso de los acontecimientos, me encuentro en la frontera de la posibilidad, el punto preciso en que puedo desviar aquella milésima de grado la historia y transformar la cualidad de mi existencia y la de mi campo ampliado de existencia. Puedo ser “otro” en la medida en que mis “recuerdos del futuro”, mis predicciones, fracasen.

Agradezco, entonces, al accidente que me obligó a mirar hacia atrás y dar término a este proceso forjado entre 1991 y 1997, la última cuaterna de mi primera doble rota.

Adrián Barahona

  1. 3 de agosto de 2008

Inn Outt Hotel

Posted by admin on febrero 01, 2010
Prosa, Relatos Biolentos / No Comments

Habíamos llegado a la puerta del hotel. Una pareja se nos adelantó y tocó el timbre antes que nosotros. La puerta la abrió el mismo vejete de la semana anterior, cuando descubrimos el lugar: una noche en un motel por 990 pesos. No era lujoso, no era limpio, no estaba sanitizado ni desratizado y con suerte las sábanas eran cambiadas una vez por semana. Era sí, mejor que pasar la noche en la calle, hacer el amor en un parque y amanecer resfriado por el rocío de la mañana que te había empapado.

La primera pareja entró y el viejo nos miró con cierta desconfianza. –No quedan habitaciones–, dijo.

Yo me había acostumbrado a no aceptar respuestas negativas de ningún empleado de cualquier cosa. Todos te dirán que el trámite no se puede hacer si les representa un mínimo de esfuerzo adicional.

Queremos una habitación por la noche–, insistí.

La respuesta del viejo fue la misma, aunque menos tajante. Está cediendo, pensé.

Pero algo se podrá hacer–, aseguré con la certeza de que el tipo comprendería que seguir discutiendo conmigo le reportaría más trabajo que “hacer el trámite”.

Está bien. Pueden pasar a la sala y esperar a que se desocupe una habitación. Varias se desocupan en 1 hora más–, respondió resignado.

Entramos triunfales por el arco de la puerta. Sonreí cuando cruzábamos el pasillo rumbo al cuarto que el hombre llamaba sala. Nos invitó a sentarnos frente a la televisión y la encendió. Puso una cinta en el vídeo y nos quedamos mirando la porno.

A los dos minutos se puso de pie. Dijo algunas cosas graciosas y comprendí algo sobre su filiación sexual. Se fue y regresó en segundos.

Había olvidado que tengo una habitación desocupada atrás, pasen por acá–, indicó.

Corrimos una cortina gruesa y pesada, caminamos por un patio antiguo lleno de puertas y nos mostró la habitación.

Era peor que la última vez. La puerta medio caída, el water junto a la cama, una palangana oxidada para lavarse y por encima de todo un gran forado en medio del techo amenazaba con tirar encima de nosotros los restos que aún se sostenían inexplicablemente.

Aceptamos. Entregué al encargado los 1000 pesos, cerramos la puerta levantando un costado y pusimos las chaquetas y bolsos en una silla. Nos besamos un poco antes de que el tipo volviera con los 10 pesos de vuelto y una bandeja con dos minúsculos vasos de licor de menta. –Buenas noches–, dijimos todos cuando se fue.

Janis se tendió sobre la cama y comenzamos a acariciarnos y besarnos. Lentamente la ropa fue cayendo a los costados hasta que quedamos desnudos y moviéndonos con suavidad, frotándonos el cuerpo.

Pasé de besar su boca a besar su cuello, de ahí hasta sus pechos donde estuve mucho rato concentrado. Gemíamos cada vez con más fuerza y entrecortadamente, cada vez más excitados. Ardiendo.

Lentamente dejé sus pezones y comencé a dibujar un hilo de saliva… hasta el ombligo, un poco más abajo… otro poco más y estaba besando su vagina como nunca lo había hecho antes. Jugué con sus labios, los separé, descubrí su clítoris.

Pasaron varios minutos y me encontraba ensimismado en la labor. Ella pedía que siguiera haciéndolo, más fuerte, con más presión de la lengua. Entonces fue cuando gritó.

No escuché el grito la primera vez. No quise escucharlo o preferí pensar que se trataba de una expresión del placer en el que estábamos sumidos. Mi ilusión duró poco. Janis se sienta en la cama y me coge del pelo para que le preste atención.

Mira ahí, por favor, mira eso–, dijo sollozando.

Giré la cabeza, miré hacia arriba y lo vi. Justo en el forado del techo estaba el más grande de los ratones que había visto en mucho tiempo. Por lo menos 40 centímetros de cabeza a cola. Me puse de pie y me acerqué un poco. El ratón me miró a los ojos, puedo asegurar que me miró a los ojos, y de un salto se descolgó de su refugio hasta caer al suelo y esconderse ahora bajo la cama.

La cama no era precisamente una cama. Era más bien una construcción de madera y cemento empotrada en el piso, con muchas grietas y huecos por todos lados. Mi pareja estaba histérica sobre la silla. Levante el colchón y no encontré nada. Revisé por todos lados y no encontré nada.

Espera un poco aquí, voy a buscar al encargado–, le dije a Janis.

Ella asintió con un movimiento de cabeza. No creo que hubiese podido hacer algo más.

Encontré al tipo en la sala. Veía su porno tranquilamente mientras bebía algún elixir alcohólico. Sentí un olor extraño en el lugar, un olor muy penetrante que impregnaba los muros. Tuve una imagen terrorífica: un gran caldero lleno de semen en el que eran hervidos los clientes disconformes…

Oiga amigo, tenemos un huésped en nuestro cuarto–, bromeé.

No le entiendo–, dijo.

Hay una rata durmiendo en nuestra cama. Quiero que nos cambie el cuarto–.

Usted sabe que no tengo más piezas. En todo caso la situación me aterra. Tengo mucho miedo a las ratas, ¿sabe?–.

Mire. Tendremos que hacer algo porque ya es muy tarde y no podemos irnos. Vamos a matar al ratón. Usted me ayudará–.

Es que me dan mucho miedo… espere, voy a pedir algo de ayuda–.

El tipo no me permitió hacer nada, cuando ya había tocado a todas las puertas que daban al patio. En dos o tres minutos les había explicado a media docena de tipos semidesnudos que asesinaríamos la rata, aunque muchos de ellos lo habrían asesinado a él. Repartió escobas y palos mientras algunas mujeres salían de los cuartos a curiosear. Cubiertas con una sábana, una camisa o cualquier cosa empezaban a conversar entre ellas.

Nuestra legión avanzó hacia mi cuarto. Janis se unió al grupo de mujeres. Levantamos el colchón nuevamente sin obtener mejores resultados. Revisamos las grietas y las hendiduras y nuestro amigo no se asomaba. Entonces uno de los tipos llamó nuestra atención. Se trataba de un corte de 20 centímetros en el colchón. –Por ahí se introdujo el muy canalla–, dijo.

Lo que siguió debió ser filmado. Apaleamos el colchón con furia durante diez minutos. Con cada golpe saltaba un poco más del polvo acumulado en la lana durante quizás cuánto tiempo. Con cada golpe la habitación se transformaba más y más en un escenario de sueños. Casi no podíamos vernos las caras.

Parecía que el ratón nunca se había metido al colchón. Tal vez estaba entre las sábanas, acurrucado en medio de las frazadas disfrutando de la tibieza mientras nosotros nos acercábamos al surrealismo con nuestra paliza. El encargado se cansó de apalear. Tras él un tipo flaco de lentes lo imitó y se apoyó contra el muro. Más tarde un tercero y luego todos descansábamos. El polvo se disipaba del ambiente.

Conversábamos animadamente y nos reíamos de la estúpida situación. El viejo dueño de casa llegó con una bandejita cromada con varios vasos de licor de menta. Los bebimos de un trago sentados en el colchón que reposaba en el suelo. Reíamos cuando veloz, por entre nuestras piernas pasa el descarado ratón. Sube por una viga caída, se cuelga entre unos pedazos de cielo y se para a observarnos discretamente.

Un par de segundos y alguien reaccionó. No alcanzó a atacarlo cuando el ratón desapareció en la oscuridad. Todos volvieron a sus cuartos frustrados.

Janis y yo esperamos el amanecer despiertos. No hicimos el amor aquella noche y partimos rápidamente del hotel por la mañana. En la puerta nos cruzamos con una de las parejas de la noche anterior quienes se despidieron cordialmente.

Estoy seguro que antes de desaparecer el ratón me miró a los ojos. Puedo asegurar que me miró a los ojos… con lástima. Durante un tiempo, Janis y yo volvimos a disfrutar del rocío de la mañana.

El Spleen de Santiago

Posted by admin on febrero 01, 2010
Prosa, Relatos Biolentos / No Comments

El tedio del Santiago postdictadura nos estaba enloqueciendo poco a poco. Los que habíamos sido disciplinados militantes, ideologizados agitadores, ejemplares dirigentes, también habíamos sido dejados a un lado por el pacto entre la concertación y el dictador. Si querías seguir adelante con aquel futuro, si querías que tu nombre apareciera en la terna de negociación de las cuotas de poder, si querías tener un trabajo relajado en algún ministerio, debías olvidar –para siempre– la revolución para la que te habías preparado toda la vida. Muchos podían hacerlo. Yo no.

En ese trance conocí a Ernest Bolívar. Fue en una Spándex cuando Janis me lo presentó. Eran amigos desde hacía mucho tiempo y si bien no se veían tan a menudo, había una oscura complicidad entre ellos. Poco sabía yo de ese mundo. Había acompañado a mi novia a todos los lugares a los que me invitaba, había conocido la más completa zoografía, había comenzado a entender las mutilantes intervenciones de los performers, pero aún estaba “afuera”.

Una semana después, Ernest me llamó. –Es una sesión privada de performance–, me dijo. –En la puerta dices que vienes de parte mía… sólo hay un requisito, debes venir vestido completamente de negro–.

Cumplí con la instrucción y llegué algo atrasado al lugar. En la puerta, dos chicos de pelo oxigenado, ojos delineados y sexo indefinido me hicieron pasar. Era una especie de galpón del siglo xix, lo que quedaba de alguna fábrica, con los muros gruesos y llenos de elaboradas molduras. No había música. Tampoco mucha gente. El tiempo pasa lento. No conozco a nadie y tampoco me acerco a alguno de los grupos que conversan. El tiempo pasa lento. Se apagan los fluorescentes y todos se quedan casi inmediatamente en silencio. Un único foco se enciende. Alguien lo tiene en sus manos y apunta hacia un lugar que no alcanzo a ver. Me acerco. Un hombre y una mujer desnudos y con el cuerpo pintado de rojo cargan sobre sus espaldas un muñeco blanco. Lo cargan con dificultad como si pesara toneladas. A medida que avanzan la gente se va cerrando sobre ellos formando un círculo. Cuando llegan al centro del galpón se detienen. En el lugar hay una especie de trípode con una vara hacia arriba. El muñeco es empalado sin mucha dificultad. Noto que está hecho o al menos recubierto de cera de vela. La mujer roja está de rodillas a un costado. Algo hace pero no alcanzó a ver. Se pone de pie. Tiene un soplete encendido entre las manos y comienza a incendiar el muñeco. Primero la cabeza se desarma, luego el torso. Agujerea el pecho con la llama. Derrite los brazos y luego todo el cuerpo es una poza inflamada en el piso. El soplete se apaga. El hombre rojo carga a la mujer en su espalda y la saca del lugar. Nadie aplaude. Las luces se encienden y los grupos vuelven a conversar.

Algo me ha ocurrido. Mi estado de ánimo ha mutado por completo después de la escena. Si alguien me preguntara, no podría responder. Es como si los límites de la realidad se hubiesen difuminado, como si el muñeco de cera hubiese pedido, como última voluntad, que yo lo presenciara al desintegrarse. No suena música pero una chica pasa bailando. La reconozco y la sigo. Es Marcela, la novia de Ernest.

En la esquina, el grupo de Ernest conversa sobre la performance. Un hombre algo mayor que la mayoría dice algunas cosas. Alguien intenta discutir con él pero se calla. –Es Vicente–, me dice Marcela. Escucho poco de lo que dicen. Tampoco –por suerte– me piden la opinión.

Se escuchan gritos en la puerta. Por el pasillo entra media docena de pacos. El gordito que los lidera habla fuerte –Esta es una fiesta no autorizada, tienen que retirarse de inmediato–. Ja! Fiesta… Ja! No autorizada… Ja! Democracia… Nadie reclama. La mayoría camina en silencio hacia la puerta y deja el lugar. Yo siento ganas de escupir al paco. No lo hago. La caminata hacia la calle me trae la misma sensación de ganado al matadero que tenía cuando el furgón de los pacos se estacionaba marcha atrás y con las puertas abiertas a la entrada del Galindo y nos llevaba a la comisaría por sospecha, acusados de estar ahí.

Sigo a Ernest y al grupo hasta su casa. Desde el galpón caminamos sólo un par de cuadras por Mapocho, hacemos una parada en la botillería para comprar una botella de tequila –y robar otra– y entramos.

La casa de Ernest es una panadería. Ya no funciona como tal pero tiene aún las instalaciones para hacer el pan. No se me ocurre como alguien puede arrendar una panadería como lugar para vivir. Lo imagino mirando los avisos del día domingo… ferretería, no… verdulería, no… carnicería, menos… panadería, mmm… panadería… buenos días, lo estoy llamando por el aviso de la panadería en arriendo… ¿cuántos dormitorios… perdón… cuentos hornos tiene?

Las horas pasan y nos hemos bebido todo el tequila y no paramos de hablar en medio de la habitación y en el radiocaset no paran de sonar los Smiths. No hacemos otra cosa sino hablar y beber de pie, como si estuviésemos en una plaza amurallada a salvo de la policía. Es de madrugada y aunque no sentimos el rocío, el frío, el cansancio y el alcohol nos derrotan y vamos cayendo amontonados sobre una pila de cojines. Por la mañana me levanto y me largo sin despedirme y sin resaca.

Algunos días más tarde me llama uno de los Primos. No son realmente primos, pero usan la chapa para ocultar su homosexualidad a los vecinos. Probablemente no les creen y la gente comenta cosas a su espalda, pero no pueden probarles nada. Si supieran que son pareja, de seguro harían algo para expulsarlos del edificio en que viven. Uno de los primos me llama –hay que hacer algo contra la guerra–, me propone. –La gente se olvidó de los bombardeos–. Nos juntamos frente a su edificio en Portugal. –Digamos este poema en el metro… Bajo los autos blindados, y su teatro macabro, la tierra hambrienta, el hambre ladran, cruje el orden policial, como la galería apolillada de un viejo circo muerto, que se derrumba… es de Pablo de Rokha–, me dice, –podemos leerlos en el metro a la hora en que está más lleno–. No estoy seguro pero acepto, me quedo con una copia del poema e intento memorizarlo –la policía teatral, exaltada a la altura de un régimen, perdiendo su aserrín oscuro en el callejón de la matanza alucinada… el explotado matando al explotado, el hambriento al hambriento… el pobre al pobre, por el rico…

Por la mañana nos encontramos poco antes de las siete en la estatua de Bello. Ahí están ambos, enfundados en largos abrigos negros. El metro está repleto, esperamos en el andén y nos colamos en un vagón. No hay señal ni plan. Tengo a un oficinista a veinte centímetros de mi cara. El primo comienza. Declama fuerte, se detiene un instante, sin pensarlo continuo el poema en la cara del oficinista. Llegamos a la estación siguiente. Nos bajamos al unísono. Siento un shock de adrenalina más fuerte que cuando repartía instructivos de protesta un par de años atrás. Entramos al vagón contiguo antes de que se cierren las puertas. Aquí vamos de nuevo, otra estación y otro vagón, una y otra vez hasta Tobalaba. Las puertas del tren se abren y tres pacos nos caen encima y nos reducen con facilidad. Nos llevan al furgón y de ahí a la comisaría. –A ver, ¿qué estaban haciendo estos weones? –, pregunta el teniente. –Estaban recitando poesía en el metro, señor–, responde uno de los pacos. –Jajaja… ya, déjenlos hasta mañana en el calabozo y los pasan al juzgado por mendicidad–, ordena sin dejar de reírse. Y ahí nos quedamos, entre algunos borrachos que dormían desde la noche anterior y un par de lanzas que conocían al carcelero por el nombre. –No se preocupen, a lo más nos van a pasar una multa–, les digo a los primos que se veían más nerviosos. –No es por eso–, me responde uno de ellos al oído, –es que si cachan que somos maricones nos van a sacar la chucha–. No lo había pensado. Pero las horas pasaron y aparte de los borrachos que salían y de los lanzas que entraban nadie más se acercó al calabozo. Por la mañana, muy temprano, nos dejaron salir, sin citación al tribunal y sin relojes. En la calle, después de que nos separamos rumbo a nuestras casas, un esbozo de sonrisa se dibujó en mi rostro. Lo había decidido. La poesía era mi nueva militancia.

Bailando con Marijane

Posted by admin on febrero 01, 2010
Prosa, Relatos Biolentos / No Comments

Las reuniones en su casa eran cosa habitual y placentera. Esa noche sería sólo el preámbulo porque celebraríamos en otro sitio el lanzamiento de nuestra exposición. No habíamos trabajado mucho en ella ni habíamos tenido gran éxito ni mucho menos habíamos ganado algún dinero, pero era mi primera salida a la calle, el primer golpe que creíamos le dábamos al aburrimiento. El preámbulo sería donde siempre, donde Marcela y Ernest, cerca del Mercado, rodeados de topless baratos, vagabundos y vendedores de pescado. Teníamos tres botellas de tequila, equivalente tónica, y éramos sólo un pequeño puñado sediento. Estaban por supuesto nuestros anfitriones, Ernest Bolívar y Marcela René; Janis; Natividad, una lesbi enamorada hasta la locura de Marcela junto a una chica que era su novia; el primo de Ernest, Sebastián; Cristián, el hermano de uno de mis amigos y algunos otros que no recuerdo. Con la mezcla alucinógena entre Smiths y Cecilia como banda sonora, uno tras otro corrían garganta adentro los Betty Blue, como llamábamos al tequila golpeado después de ver la película. También corrían los pitos, gruesos, bien gruesos y aromáticos, tan aromáticos como nunca más los he olido. Y la adrenalina subía y el alcohol nos hacía sentir el mundo a nuestros pies –tal como estaba con esos recién cumplidos dieciocho años– y todos nos poníamos locos y reíamos llenos de certezas. Así, en cualquier momento, cualquiera de nosotros comenzaba su espectáculo, siempre irreverentes y bellos, pero nunca tan hermosos como los de Marcela. Esa noche ella estaba más linda que nunca. Ceñida en bordados negros y transparencias, una boina roja, muy roja, que sólo cubría un poco de su cabeza y su pelo tomado atrás. Me alucinaba pensar el efecto que conseguía gastando doscientos pesos en la ropa usada de Bandera. Ella se pasaba ahí tardes enteras hasta que encontraba lo que necesitaba para su próxima performance. Esta noche nos sentó a todos en círculo y uno a uno nos fue besando con la misma pasión incendiaria que acumulaba en los labios. A Janis, a Ernest, a Cristián, a los primos, a Bonnie, a Natividad. No sé si cuando pasó por mi boca se quedó un instante más o para mí ese beso fue eterno. Luego, ya satisfecha, sabiéndose dueña del juego, se sentó en medio de nosotros y junto al macetero que contenía su planta de marihuana, comenzó a bailar.

Al principio fue una danza simple, algunos círculos en torno a la planta, algunas contorsiones y vaivenes, pero pronto y lentamente aquella danza desnuda se transformó en el más hermoso y monumental acto de amor. Ella hacía el amor con su planta y en su planta estábamos todos ardiendo mientras su jadeo se escuchaba como susurro en nuestros oídos, al tiempo que nuestras respiraciones la alimentaban y la temperatura del lugar subía tanto que era imposible no sentirse en llamas cada vez que las miradas se cruzaban cómplices.

El espectáculo terminó con algo muy parecido a un orgasmo colectivo y concluyó esa noche para siempre. Nada podía ser igual después de lo que había pasado. Comimos algo de la pizza que se quemaba en alguno de los hornos y luego caminamos en silencio hacia la casa donde nos esperaban para celebrar el lanzamiento. Aún no era la una de la mañana pero sabíamos que la noche había terminado.

Onli Guan Kis

Posted by admin on febrero 01, 2010
Prosa, Relatos Biolentos / No Comments

Hacía ya unos meses de que nos habíamos separado con Janis. No pude resistir los encantos de Carla Narváez y como decía el Loro Ruz, al encanto de sus jugos derramándose en mi boca. Una tarde, a pesar de la misma Carla, decidí dejar a Janis, indiferente, diciéndole que ya no la amaba. No le mentí, le dije que otra mujer me había cautivado y que ella estaría siempre en un lugar privilegiado de mi corazón y de mis recuerdos. Menos no podía obtener la mujer con quien perdí la virginidad de cuerpo y alma. Habían pasado algunos meses después de ese crudo incidente. Nos habíamos echado algunos polvos entre medio, algunos memorables, nos habíamos besado casi todas las veces que nos encontramos al borde de la inconciencia etílica en el Jaque Mate, pero por sobre todo, habíamos vuelto a ser amigos. Ella tenía un nuevo amante y yo seguía empapándome en los fluidos de Carla.

Después de pasar aquella tarde con Gabriel Cid, Morris y yo compramos varias botellas de cerveza y decidimos visitar a Janis. Ella estaba cuidando la casa de la hermana de Wendy Virgo, una psicóloga egresada en los tiempos en que los psicólogos no sobraban. Podía darse esos lujos, tener una casa para ella sola, mientras nosotros apenas podíamos compartir un alquiler entre media docena. En la casa había otro grupo de huéspedes, unos amigos norteamericanos de la dueña de casa: Steve, su pareja Donna, y otro gringo, Michael.

Compartimos las cervezas que nos quedaban y convencimos a los gringos para que compraran un par de botellas de pisco. Steve y Donna partieron a la botillería. Claramente no conocían la proporción porque regresaron con siete botellas para siete personas.

Con Morris, desde hacía un tiempo veníamos perfeccionando el juego que nos hermanaba al superar el instinto más intenso del hombre, la posesión. Cada vez que una mujer nos gustaba, cosa que ocurría casi a diario, era una misión irrenunciable hacer todo lo posible para que ella, el objeto del propio deseo, se fuese esa noche precisamente con el otro. Era una verdadera locura, considerando que no pocas veces ellas, mujeres hermosas, jóvenes y deseables, sentían que de alguna extraña manera estaban siendo rechazadas por el galán al que intentaban seducir. Mayor era el pecado, pues no sólo nos negábamos a cualquier acercamiento sino que nos deshacíamos en extraños halagos para con nuestro amigo.

Ella era una gringa típica, bastante blanca, bastante rubia, de nariz aguileña, ojos claros, algo delgada pero de formas gruesas. No era el tipo de mujer que me gusta, así que decidí ayudar a Morris de otra forma. Me acerqué a Steve y Michael, que hablaban apoyados en una especie de bar instalado en una esquina, y después de explorar sus intereses inventé una acalorada discusión en la que se vieron obligados a intervenir, no tanto por el peso de mis argumentos sino por la insolencia con la que yo hablaba de temas de los que no tenía idea. Me instalé al interior del barcito para poder mirar a Morris y obligar a los muchachos a dar la espalda a la escena. Y hablé, hablé y hablé huevadas sin parar logrando mantener la atención de los muchachos mientras veía como Janis desaparecía con su amante, y más tarde, la misma Donna desaparecía tambaleándose hacia las habitaciones. Morris se quedó mirándome un rato mientras sonreía agradeciendo mi estrategia. Dejó pasar un par de minutos, me cerró un ojo, se puso de pie y desapareció por el pasillo. Era el momento más riesgoso.

–*–

Morris entra a la pieza donde dormía Donna. Está todo oscuro y sólo por la silueta abultada de la cama se puede suponer que ella está dentro, posiblemente desnuda o con el mínimo de ropa. Sin decir palabra, Morris se desviste cuidadosamente y como acostumbra a hacer, deja el pantalón de lino blanco colgado en una silla, la camisa de seda y la chaqueta del mismo lino cubriendo el respaldo, los zapatos ordenados uno junto al otro al costado de la cama conteniendo los calcetines, delicadamente enrollados. Es un extraño ritual de orden en medio del desorden de nuestras vidas. Levanta las sábanas y se desliza dentro de la cama. Donna presiente el cuerpo caliente a su espalda. Morris se acerca lentamente hasta la piel de la gringa, se acerca a su cuello y con sus enormes labios, comienza a besarla.

Steve?

Morris no responde. Busca su boca. Ella se gira y en la penumbra sospecha que no es su hombre el que se acostó semidesnudo a su lado.

Steve? You are not Steve!!

Onli guan kis, le replica Morris en su tarzanesco inglés.

No! Go out!

Onli guan kis, Onli guan kis, insiste Morris.

No! STEEEEEEEEVE!!!

–*–

Escucho un grito que proviene de las habitaciones. Los gringos lo han escuchado y logro distraerlos un instante más con mi idiotez.

STEEEEEEEEVE!!! se vuelve a escuchar. Ya nada puedo hacer y sólo consigo seguirlos cuando parten hacia la habitación de Donna. Al fondo del pasillo, veo a Morris pasar corriendo desnudo, con sus ropas en las manos. Cruza velozmente y se encierra en el baño.

Pasan algunos minutos. Se escuchan discusiones en la habitación. Janis y su amante han oído el escándalo y salen a ver qué ocurre. El regresa a acostarse mientras ella hace de mediadora. Morris mientras tanto, encerrado en el baño, debe estar pensando como escapar por la ventana enrejada. Yo, desde el living escucho a Steve diciendo que debe llamar a la policía. Lo imagino rosado de rabia mientras recupero algunos casetes que Janis me había robado antes. Steve se está calmando, no vuelve a salir de la habitación. Janis está junto a la puerta del baño pero dice algo que no alcanzo a entender. Morris sale, ya vestido, digno en su traje blanco. Janis me mira, se ríe con una lejana complicidad y me dice aquella frase que he escuchado demasiadas veces: será mejor que se vayan de aquí.

¿Podemos llevarnos esto? pregunta Morris aludiendo a un par de botellas de pisco cerradas. Janis se ríe sin responder. Morris las toma y salimos a la calle en silencio. Afuera nos espera mi leal Lada Samara. Entramos al auto, pongo las llaves en el contacto pero no lo giro. Escucho el clac característico de la rosca del pisco rompiéndose. Veo el brazo que me extiende la botella, giro la cabeza hasta que nuestras miradas se cruzan y explota la carcajada.

Los Inmortales

Posted by admin on febrero 01, 2010
Prosa, Relatos Biolentos / No Comments

Morris ha muerto. Acaba de llamarme Joan por teléfono y me lo dijo. En principio no lo creí y llamé a su casa para preguntar de qué se trataba. Me contestó una amiga de Lis porque ella no podía hablar. –Tuvo un accidente, está muerto–, me dijo.

Caigo derrotado en la cama y lloro sin pensar. RK Krickberg está en Santiago. Lo llamo. Tampoco él lo puede creer, –Qué hijo de puta–, me dice dando cuenta de su forma de mirar el mundo. Cuelgo y sigo llorando en la cama, ahogado, boca abajo. Tengo veinte años, Morris un par más y hasta hace unos minutos atrás, éramos inmortales.

Recuerdo.

Es uno de los tantos viajes entre Santiago y la costa que hacemos. Voy al volante del Lada. No he dormido en toda la noche y los ojos me pesan. Me duermo en la carretera. Abro los ojos, viene una curva. La tomo. Me vuelvo a dormir. Entre tanto Morris sale del letargo y se percata que voy roncando al volante y a diferencia de lo que haría cualquier otro –despertarme– se acomoda y vuelve a cerrar los ojos. Sabe que nada nos pasará, que –tenemos los gastos pagados–, piensa.

Recuerdo.

Un grupo de cadetes de la escuela militar viaja en la parte de atrás de una camioneta. Es invierno y tienen frío. Lo comentamos. Se dan cuenta. Uno de ellos saca de entre sus ropas una pistola y nos amenaza. Morris hace un ángulo entre su pulgar y su índice y les “dispara” mientras yo piso el acelerador y los pierdo. Sabemos que nada nos pasará, que –tenemos los gastos pagados–, pensamos.

Recuerdo.

Vamos camino al eclipse de sol en Putre. Faltan pocas horas para el eclipse y estamos recién en Chañaral. No tenemos un centavo y nadie nos quiere llevar. En la gasolinera se detiene un bus a cargar. El auxiliar abre el portamaletas, acomoda algunas cosas y deja la puerta abierta. Sin decir una palabra sabemos lo que ambos pensamos. Nos colamos en silencio entre los bultos. Alguien cierra la puerta desde afuera y viajamos toda la noche, justo para llegar a destino un par de horas antes de lo necesario. Mientras comemos las meriendas que alguien echará de menos por la mañana sabemos que nada nos pasará, que –tenemos los gastos pagados–.

Recuerdo.

Durante una redada en un bar nos fumamos un hachís y el rati se despide “cuídado, este lugar es malo”. Mientras él duerme le metemos mano a la mina de nuestro trafica. Sacando la mitad del cuerpo por la ventana del auto le gritamos al paco “estoy volado” y él responde con una sonrisa ingenua el saludo. Convencemos al asaltante que no es buena idea que nos robe, sólo mencionando con fe al “tío”. Sin dinero viajamos, comemos, bebemos, fumamos, amamos, escribimos… está claro, –tenemos los gastos pagados–.

Recojo a RK en casa de su cuñada y parto con él a casa de Morris. Hablamos. Intenta consolarme, ayudarme a comprender. Me pregunta detalles. Mucho no sé. En casa de su novia se ha cortado el gas mientras se duchaba y se ha ahogado. –¿Estás enojado con él? –, me pregunta. Lo pienso. Sí, un poco. Se ha bajado del tren en marcha.

En casa de Morris hay un caos importante. Nadie llora, salvo Cristina, Lis, Miriam y yo, aparte de las lloronas que su abuela ha traído del campo y a quienes se les paga por adelantado para que se larguen. Todos conversan como lo hacen siempre, con una distancia cálida, casi humana. Karina Ponce me detiene en la puerta y con una sonrisa en la boca me pregunta –¿cómo está el yunta? –. Hago algún gesto con las cejas y ella me abraza con sus ciento veinte kilos de humanidad. Siento un calor en el pecho y le agradezco el abrazo que hasta ese momento no había recibido. El día pasa y yo quiero regresar a mi casa. Marcela me pregunta si quiero quedarme con ella. –Gracias, estoy bien, prefiero estar solo–. Javiera hace lo mismo y lo mismo le digo, igual que a María José.

Estoy en mi cuarto. Apago las luces y me meto a la cama. Recuerdo, recuerdo y sigo recordando sin pensar. Las venas de mis sienes están por reventar. Escucho el zumbido del silencio interrumpido por mis latidos. La habitación se ilumina por un resplandor que me enceguece por el instante único en que dura. En voz alta me despido de Morris. Me duermo.

No sé lo que he soñado. Sé que ha sido intenso, pero no podría contarlo porque no lo recuerdo. Tomo mi libreta de apuntes y leo. Dos de junio de 1995, estamos en el Bahal. Hay un instante de silencio en el bar. Morris se entristece. Partimos juntos al baño. –He tenido un satori–, me dice. –Moriré un mes después de mi cumpleaños, el siete de julio–. Al ver en nuestros ojos sabemos que es verdad. –Pasamos a otra etapa, hermano–, –no me voy a despedir de ti en todo caso–, –coincido–, –coincido–. Hasta ahí pude entender lo que había escrito en la libreta garrapateada. Morris ha muerto el diez. Lo había olvidado. Me siento al computador y escribo. Es hora de ir al funeral.

Han llegado unas 500 personas al lugar. A todos los conozco. Es tiempo de despedirme, me acerco al féretro y no reconozco el cadáver. Lo que Morris fue no está ahí. Miriam me hace una señal, es mi turno de hablar. Saco el papel que escribí por la mañana y lo leo:

Un guerrero no teme a la muerte. Un guerrero sabe que la muerte se sienta a su lado izquierdo y lo acaricia a diario sin tocarlo. El guerrero sabe que la muerte sigue sus pasos a la distancia porque a veces ella enciende sus luces.

Hace dos meses la muerte se mostró a Morris y él me lo dijo. Hace dos meses mi hermano anunció que moriría el 7 de julio, un mes después de su cumpleaños. La muerte siente especial predilección por los guerreros. Por eso antes de invitarlos a seguirla les concede un último baile. Dependiendo de su poder personal o de la unidad interna o como queramos llamarlo, los guerreros danzan algunos minutos y otros algunas horas. Mi hermano, como guerrero impecable, danzó 3 días completos.

Hoy te has burlado nuevamente del absurdo como lo hicimos tantas veces. Por eso quiero decirte: Morris, con la más sincera de las alegrías, adiós mi big hermano, te deseo la más grande de las suertes en esta nueva aventura, hasta que nos volvamos a encontrar.

Boto algunas lágrimas y acompaño a todos al crematorio. Camino con Javiera y RK por el cementerio. Por la noche partiremos a Concepción. Siento algo nuevo en el pecho. Poco me importa si a Morris lo mataron por meter demasiado las narices en el negocio sucio de alguien. Poco me importa si decidió largarse y se metió un par de pastillas antes de entrar a la ducha. Poco me importa si tuvo la mala raja de estar en el lugar equivocado el momento inoportuno. Sólo siento que tengo poco tiempo para corregir sus textos y publicarlos. Sólo siento que tengo poco tiempo para vivir y escribir lo que he vivido.

Lo he decidido. Desde ahora, soy mortal.

La Niebla

Posted by admin on febrero 01, 2010
Prosa, Relatos Biolentos / No Comments

Mis expectativas con Marcela se habían visto disminuidas de modo dramático después de que vi algunas fotos de ella haciendo ciertas cosas que antes había jurado jamás iba a hacer. Se justificó, como correspondía hacerlo, con la fuerte necesidad de calzar entre sus nuevos amigos. Aun así, a mí me parecía que vivir una vida equivocada, de uniformes apariencias, no era lo que me deparaba el destino. Por eso, cuando aquella tarde recibí una llamada telefónica de Teresa Nigredo, además de iluminárseme los ojos, no dudé en invitarla a salir esa misma noche.

El motivo de la llamada de Teresa era, por decir lo menos, curioso. Hacía algunos días que veía cierta ondulación en los muros y a figuras antropomorfas salir de éstos. No sé por qué, pero ella supuso que yo sabía de estas cosas y quiso que la aconsejara. Creo que ella se sintió al borde de la locura y yo, en ese tiempo, estaba algo loco.

Nos juntamos y con Gonzalo González fuimos a beber cervezas importadas en el Manifesto. Me contó lo que ocurría, le dije lo que yo pensaba, dejamos a Gonzalo hablando solo con quién sabe qué personaje y nos largamos de ahí, a caminar por la ciudad. Había una niebla maravillosa y espesa que construía un escenario perfecto para los sueños. La iglesia de los Sacramentinos, el Parque Forestal, Plaza Italia, mi auto estacionado a las cinco de la mañana en la puerta de su casa en el barrio Franklin, ella ronroneando entre mis brazos y un primer beso devastador que luego fue cientos al día siguiente y miles esa primera semana en que nos vimos a diario.

Dejé a Marcela con sus nuevos amigos y me embarqué en esta aventura intensa que representaba Teresa. Decidimos, de inmediato, vivir juntos. Exactamente en ese instante, en el momento preciso de aquella decisión, algo comenzó a ir mal. Primero, desapareció algunos días, luego algunos otros y todo el tiempo que tardé en pintar el apartamento en el que viviríamos. La misma noche en que invitando a algunos amigos comenzaríamos ritualmente nuestra vida juntos, ella decidió no estar ahí. Recibí solitario los regalos que nos hacían inventando alguna excusa estúpida. Mientras tanto, ella bebía en un bar cercano. A la madrugada, cuando todos se habían ido, la encontré durmiendo en la puerta de entrada, con el pelo lleno de vómito y la lengua incapaz de reproducir sonidos en castellano.

Y así fue. Un día tras otro y otro más en que regresaba alcoholizada cuando el sol comenzaba a salir, justo antes de que yo me levantase para ir a perder el tiempo trabajando, justo antes de que no existiese posibilidad alguna de encontrarnos, de vernos a la cara, de saber algo del otro.

Y así fue, hasta que sin muchas palabras de por medio, se fue.

II

No sé si fue algún ruido o simplemente la sensación de que algo andaba mal lo que me despertó. De un instante a otro, de estar completamente dormido pasaba a la lucidez absoluta, inmóvil en la cama, ligeramente sobresaltado y con los ojos bien abiertos. Eran las tres de la mañana y la luz de la calle entraba anaranjada por el ventanal. En la puerta vidriada, una silueta. La reconozco y me quedo inmóvil. Reconozco también, en su mano, uno de los cuchillos que Hernán Luna nos regaló el día de la inauguración de nuestro departamento. Abre la puerta con cuidado. La luz de la calle se refleja en la hoja del cuchillo al igual como ocurriría si esto fuese una escena de un thriller B. Tengo la certeza de que viene por mí. Espero en la cama cubierto sólo por la frazada hindú que nos regaló mi abuela. Se acerca más. Está a los pies de la cama. Levanta el cuchillo.

Sin pensarlo me lanzo sobre ella. Forcejeamos. Me muerde. El arma cae y con ella nosotros rodamos por el suelo. Estoy a su espalda, rodeándola con mis brazos, inmovilizándola. Sé que como otras veces intentará engañarme dejando de luchar para que yo la suelte. Es lo que está haciendo pero no pierdo la atención. Pasa un minuto eterno, una hora infinita. Creo que se ha dormido. Me duermo con ella.

En algún momento, entre sueños, la he soltado. Ella está ahora sobre mí. Me lame el rostro y el cuello. Nos besamos y hacemos el amor. Cuando la mañana ha llegado, ella se larga nuevamente y no la vuelvo a ver.

III

Recibo una nueva llamada. Han sido decenas de mensajes en mi contestador, todos violentos, dramáticos, suicidas. Este último decía amigo mío, sólo quería despedirme, adios. Loca de mierda, pienso al escucharlo.

Llego por la mañana a mi casa. Necesito cambiarme de ropa para ir de un trabajo a otro. Abro la puerta del closet, reviso entre los trajes y de entre el terno negro y el gris cae ella. Loca de mierda, pienso al verla en el suelo. No se le ocurrió nada mejor que venir a suicidarse a mi closet. Pienso en que tendré que llamar a la policía, que me harán preguntas, que tendré pesadillas recordando su palidez. Le tomo el pulso. Los latidos están ahí. La respiración sigue ahí. Golpeo sus mejillas y nada. La sacudo y nada. Le lanzo un poco de agua en el rostro y… ah, me había quedado dormida… es que hacía frío y dentro del closet estaba más calentito.

IV

Tengo un inquilino en casa. Es el ex novio de Joan Casanova que buscó refugio en estos lugares. Me viene bien. Paga la mitad del alquiler y me ayuda a mantener alejado a cierto personaje.

Es de madrugada y como tantas veces regreso a casa después de trabajar toda la noche. Paso por la habitación de Hernán, mi inquilino, y ahí está. Dos siluetas acurrucadas en la cama. La de él, duerme plácidamente. La de ella, se levanta un poco para saludarme. Hola, amigo, me dice sonriente.

Es el momento de huir de mi casa.

Crash

Posted by admin on febrero 01, 2010
Prosa, Relatos Biolentos / No Comments

Habíamos decidido juntarnos con Joan Casanova después de su trabajo. No teníamos un plan específico, sólo conversar, beber un par de botellas de vino y luego decidir qué hacer. Llegué al punto de encuentro algunos minutos tarde pero ella aún no aparecía. Compré una lata de cerveza y me senté a mirar como cambiaban los números verdes del reloj de la Sony que está sobre uno de los edificios de la remodelación. Uno tras otro avanzaban los minutos. Se me terminó la cerveza. Joan no aparecía. Pensé en contar las micros. Si la 45 pasa la tomaré. Joan viene caminando rápido. Está hermosa, con el pelo crespo, brillante y suelto. No se ha cambiado la ropa con la que trabaja, parece una elegante ejecutiva. Besa mi mejilla, me da un largo abrazo con su pelvis presionando sobre mi muslo. Se excusa: conoció a una chica que le gustó y se quedó conversando con ella todo lo que pudo. Me pareció bien.

Mientras la esperaba había pensado en que podríamos entrar al cine. Estaban pasando Crash y antes habíamos intentado entrar a verla sin éxito. Yo había leído algunas críticas que destrozaban la película con adjetivos del tipo pervertida o enajenada. Eran adjetivos que me gustaban. Se lo propuse. Compramos la entrada y nos dispusimos a esperar los cuarenta y cinco minutos que faltaban, botella de vino mediante. Así comprenderíamos mejor la película.

El Castillo era la única opción. Yo conocía bien los gustos de Joan y sin preguntarle pedí la botella de vino blanco. Conversamos como lo hacíamos siempre, con el cuerpo echado hacia adelante de la mesa, como susurrando pero con la voz en cuello pasando de la caricia al rugido. Hacía ya un tiempo en que una fuerte complicidad nos había unido. Muchos creían que éramos amantes. Su pareja lo creía pero jamás se habría atrevido a confesar que sentía celos de mí, aunque su actitud, irreprochable, era obvia.

Nuestra complicidad había surgido un par de años atrás, justo después de la muerte de Morris. En ese momento, ella era su amante y sólo un par de personas lo sabíamos. Mientras yo recibía el cariño y la comprensión de los amigos, la cercanía que me consolaba la primera vez que me rozó la muerte, ella estaba sola, sin poder pedir ayuda, sin poder llorar más que a solas. Aquella vez me acerqué a ella para compartir todo lo bueno que había recibido. Ahora ocurría algo similar. Un velo misterioso y mágico nos cubría.

El vino se acabó justo a tiempo para entrar al cine. Lo hicimos. La película comenzó intensa. Escucho a Joan susurrar algo en mi oído. Vuelvo la vista al frente. Una pareja haciendo el amor en un hangar, otra pareja en un estudio. Digo algo en su oído, nos derretimos en las butacas. Ella está tan excitada como yo. Van tres minutos de película. Seguimos hundiéndonos en las sillas de la tercera fila.

Las escenas se suceden. Un accidente de automóviles da pie para que los involucrados terminen cogiendo en un estacionamiento. El esposo de la mujer ha muerto en el accidente, su amante conducía el otro coche. Un experto en accidentes se divierte reproduciendo la muerte de los famosos. Dos mujeres hacen el amor en el asiento trasero de un auto. El protagonista y su pareja hacen el amor y se imaginan siendo penetrados por el experto. Los cuerpos se mutilan, la reconstrucción de la ortopedia los excita. A mí también. Y a Joan.

Estoy al límite del orgasmo. Pienso en meterle mano pero prefiero seguir con la película. Puedo escuchar la excitación en el público y en el tono de los susurros que son nuestros comentarios.

El protagonista y el experto se besan en un coche. El primero recorre todo el cuerpo lleno de cicatrices. Cuando va más abajo de la cintura, la cámara se congela. Pienso en la censura. Están en un cementerio de automóviles. El experto choca con su auto al vehículo en que se refugia el protagonista. Con cada embestida se masturban más fuerte, sin piedad. Un choque más y ambos acaban.

Sigo diciendo cosas a Joan. Ella sigue susurrando en mi oído. Sé que más tarde haremos el amor.

El experto muere en un accidente al tratar de volcar a la mujer del protagonista. Están en busca de una modificación del cuerpo, de una prótesis sobre la prótesis que es el cuerpo mismo. El protagonista vuelca a su mujer en una carretera. Ella está tendida al costado del auto humeante. –Estás bien–, pregunta él. –Creo que sí–, responde ella. –Maybe next time, maybe next time, se dicen en la última escena.

El público se ha puesto rápidamente de pie. Escucho a alguien compartir la crítica que leí en alguna parte. –Qué mala película–. Los créditos corren con la sala a media luz. Quedamos seis personas, dos parejas y dos solitarios. –Parece que les falto beber algo de vino blanco antes de entrar–, me dice Joan. Asiento con una sonrisa. No han comprendido al director.

Paso por el baño a refrescarme. Sin mediar palabra vamos al Castillo por otra de vino. Mil ideas sobre la mesa. Mil locuras sobre la mesa. Le propongo que llame a Hernán Luna, su ex esposo. Ella quisiera ser su amante pero él sólo aceptaría una relación formal. En la barra hay un teléfono. Llama. Él le corta. Bajo la mesa nos acariciamos con las piernas. El vino se acaba lentamente y nos vamos de ahí.

El Samara está estacionado al otro lado de la calle, justo frente a una botillería. Paso a comprar algo. –¿Tiene Dentyne canela? – El mejor antídoto contra el aliento alcohólico. –Dame uno–, me dice Joan. –¿Cómo lo quieres, puede ser de varias maneras? – No entiende mi pregunta. –Así es más peligroso–, digo, y poniendo el chicle entre mis dientes se lo ofrezco. Ella lo toma con cuidado. Los labios apenas se rozan pero una gota de su humedad ha quedado como una marca en mi labio. Puedo sentir el aroma de su saliva

Subimos al auto y sin excusa nos besamos continuando la escena del vino y el cine. –¿Dónde vamos? Ella no responde. Bajamos por Merced, tomamos Santo Domingo y nos detenemos en la puerta del Catacumbas. Ella se baja, negocia con el portero pero queda sólo una hora hasta que cierren y nos echen del lugar. Seguimos por Santo Domingo, pasamos la carretera y bajamos por Rozas. En la esquina de Cummings un motel. Es una buena opción pero no tengo dinero. Ella paga con un cheque. Nos dejan solos en la habitación.

Joan entra al baño. Yo me quito los zapatos y recibo la botella de champaña incluida en el valor. Tengo la botella en la mano cuando ella sale y me besa. La ropa cae velozmente. Llegamos desnudos a la cama, la estoy besando, recorro su piel en extremo suave. Me detengo en su vagina disfrutando su rosada dulzura. Hemos perdido la razón. –Hagamos Crash–, digo. Ella responde que sí.

Me acomodo detrás y la penetro con suavidad. Es un momento que me gusta disfrutar con lentitud. Me muevo rítmicamente durante mucho rato. Ella tiene un orgasmo justo mientras nos susurramos el cómo hacemos el amor con nuestras parejas. Cambiamos de lugar. Sobre mí tiene un nuevo orgasmo. Me besa, baja del cuello al torso y directo al pene. Se queda ahí sólo unos instantes y sube nuevamente.

¿A Teresa le gusta que le chupen las tetas cuando está sobre ti? – me pregunta. –Sí, le encanta que lo haga, respondo. –Házmelo entonces, chúpame las tetas con fuerza, sí, así, más fuerte. Ardemos. Me pongo sobre ella y derramo el champagne en sus tetas. Bebo lo que no alcanza a caer a la cama. Tenemos un nuevo orgasmo. Esta vez, mi semen se derrama en su vagina y lo inunda todo. Ahora gime diferente, más despacio. La estoy conociendo, está satisfecha.

Son las siete de la mañana. Ella debe estar en su trabajo en una hora más. En casa la esperan y no sabemos cómo justificarlo todo. La dejo en la puerta de su departamento. Nos besamos un poco antes de que se baje.

El motor del Lada se esfuerza cuando viajo sobrerrevolucionado por Providencia camino a mi casa. Doblo en Holanda para ver si están aún las putas en la esquina. Intento seguir derecho luchando contra el sueño. Pienso en Joan y en el largo día que le espera. Estoy a punto de dormirme. Los ojos me pesan demasiado y no puedo sostener el volante. Me desvío hacia la izquierda y la rueda golpea el canto de la cuneta. Sin frenar logro controlar el auto. Avanzo unas cuadras más. Los párpados se cierran. El auto se sube a la vereda rápidamente. Cuando me doy cuenta estoy girando, las ruedas chirrean, el auto se detiene a un par de metros de un poste.

Habría sido el final perfecto para esta historia. Una llamada al trabajo de Joan contando que había muerto en un accidente de tránsito.