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De Cómo Facebook Arruinó mi Vida

Posted by admin on septiembre 12, 2009
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Cuando tenía unos 15 años, tuve la suerte de tener una novia de esas que todos desean tener. Ella no poseía una belleza tradicional, sino que sus rasgos eran más bien marcados, algo así como una “belleza exótica”. Su metro ochenta de estatura, sus tetas firmes y perfectas, su trasero moldeado bajo los jeans, pero por sobre todo, sus ojos verdes ligeramente orientales y su piel obscenamente blanca, me habían cautivado al punto de sentirme enamorado de ella desde el momento en que la conocí.

Con uno de mis amigos de la época bromeábamos sobre el cómo me había transformado yo en “el imbécil”, porque antes, cada vez que veíamos una chica guapa caminando por la calle junto a un hombre, no tardábamos en decir, o al menos, pensar, “¿cómo es posible que semejante belleza ande con ese imbécil?”. El caso es que gracias a afortunados acontecimientos, al menos en esa ocasión, el imbécil comencé a ser yo.

En el par de meses que duró nuestro romance fui todo lo lento que podía ir a pesar de mis hormonas salpicando por las orejas. Aún así, algunas veces que nos apasionamos un poco más y deslicé sugerentemente mi mano a su culo o insinué un camino hacia sus tetas, fueron excusa suficiente para que me cortara con un “he perdido la confianza en ti”. Era la forma en que se vivía nuestra pacata sexualidad quinceañera a mediados de los ochenta. Y me dejó. Y aunque tardé varios años, varios, en olvidarla, dejé de verla definitivamente a principios de los noventa, cuando yo tenía unos veinte años y ella se acercaba a los dieciocho.

Y así fue, nunca la volví a ver en persona, aunque en estos quince años de ausencia le he dedicado un centenar de pajas. Imaginaba su cuerpo revolcándose bajo el mío o su culo levantado recibiendo mis embistes mientras yo me extasiaba mirando su perfil perfecto con los ojos cerrados y la boca húmeda y jadeante ligeramente abierta. Cuánto placer me regaló el olor imaginario de su entrepierna pegándose a mis barbas, imborrable después de horas de excursión a su pubis cobrizo.

Y así fue, hasta la mañana infeliz en que aún con la taza de café en la mano presioné sobre la condena que sin saberlo aún sería aquel “Confirmar a Paulina Sobarzo como Amigo”. Ansioso, presioné sobre la foto, todavía ambigua, y una docena de latigazos destrozaron el recuerdo. Doce fotos, doce miniaturas que hicieron real el paso del tiempo, que transformaron el recuerdo de esa quinceañera perfecta en una señora gorda, con poco pelo, con la piel suelta por las alzas y bajas de peso. Una a una, doce fotos que me llevaron embriagado por la decadencia, por las estrías, por la grasa de más, por la mirada apagada del fracaso y el miedo.

Desde entonces, mis pajas ya no son las mismas.